Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Nuevos “hábitos del corazón”

En medio de la aspereza de los montes de Caraguatá, el 6 de mayo de 1897, Aparicio Saravia escribió una de las más bellas apologías del buen gobierno que termina con la conocida oración: “la patria es el conjunto de todos los partidos en el amplio y pleno uso de sus derechos; La patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo”.

En medio de la aspereza de los montes de Caraguatá, el 6 de mayo de 1897, Aparicio Saravia escribió una de las más bellas apologías del buen gobierno que termina con la conocida oración: “la patria es el conjunto de todos los partidos en el amplio y pleno uso de sus derechos; La patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo”.

José Batlle y Ordóñez, luego de la muerte del caudillo, emprendió un proceso de reformas y modernización del Uruguay al que difícilmente pueda negársele la exigencia saravista: “dignidad arriba y el regocijo abajo.”

Sin embargo, aún se vivía bajo un gobierno de partido, de ciudadanía restringida y una notoria “influencia directriz”, que impedía el juego de “los partidos en el amplio y pleno uso de sus derechos.”

Los “Apuntes” para una nueva Constitución que Batlle y Ordóñez publicó el 4 de marzo de 1913 poco innovaban en los referidos problemas. El presidente pretendía evitar la tiranía personal mediante el Colegiado y asegurar la continuidad “sine die” de su partido en el poder.

Las resistencias fueron inmediatas. No se trataba de una respuesta de intereses concertados, únicos y reaccionarios, como pretende la historiografía hegemónica, sino muy diferentes en cada caso. Claro que las clases conservadores querían bloquear el camino a las reformas sociales del batllismo, pero no es menos cierto que los anticolegialistas colorados tenían diferencias doctrinarias y los blancos levantaban sus banderas históricas: garantías del sufragio, representación proporcional y coparticipación.

Juan Andrés Ramírez observó, además, que la oposición enfrentaría la casi imposible tarea de ganar cinco elecciones anuales sucesivas para obtener mayoría en el nuevo cuerpo colegiado. Por otro lado se reforzaba el Poder Ejecutivo que por 2/3 de votos podía destituir a sus miembros o apelar al plebiscito contra la Asamblea General. Las cámaras serían simples consejos consultivos del Poder Ejecutivo. El propio Batlle en respuesta a cuestionamientos de Washington Beltrán lo sostuvo, en términos bien elocuentes: las Cámaras están para deliberar, por eso son plurales; pero el Ejecutivo debe ser de partido, sin coparticipación ni conciliación.

El país se puso en guardia; todos jugaban fuerte y las amenazas recíprocas eran para tomar en cuenta, sobre todo cuando la mayoría de sus hombres políticos habían empuñado las armas en el pasado reciente.

Sin embargo, ochenta y siete años pasados bajo una constitución avasallada y la sangre derramada, habían dejado sus enseñanzas. En la sesión parlamentaria del 23 de agosto de 1915 Juan Andrés Ramírez expresó: “No es la unanimidad sobre la reforma lo que yo espero: es sencillamente que se haga en términos que no abran un abismo entre las diversas fracciones de la opinión pública.”

Comienza, entonces un proceso formidable que sentará las bases de la excepcional democracia uruguaya.

Hubo un primer acuerdo: los constituyentes, serían elegidos mediante voto secreto y representación casi proporcional. Batlle esperaba confiado los resultados, tanto que declaró que el gobierno sería derrotado tan solo en las circunscripciones a donde no llegara el ferrocarril. Sin embargo, el 30 de julio de 1916 cerca de 90.000 votantes sobre 148.000 eligieron candidatos opuestos a la reforma, con mayoría nacionalista. El batllismo solo triunfó en el departamento de Artigas.

El 27 de octubre de 1916 se abrieron las sesiones de la Asamblea constituyente en el Paraninfo de la Universidad de la República y allí se encontraron las figuras más brillantes del país, representando a colorados, nacionalistas, cívicos y socialistas. Las discusiones fueron eruditas y brillantes; pausadamente se avanzaba en logros y acuerdos.

Al mismo tiempo, en la arena, a lo largo del proceso que corre entre 1913 y 1918, se jugó sucio y se jugó limpio. Para las siguientes elecciones parlamentarias el oficialismo impidió el voto secreto y “en medio de grandes fraudes” (Lindhal) los batllistas recuperaron terreno. Luego tentaron un proyecto “que consistía en contar como votos negativos en el plebiscito las abstenciones”; con un registro deficiente sumado a los indiferentes, “y los que sienten temor a votar contra el gobierno, el éxito del plan oficialista era seguro”. (Ramírez). En medio del bloqueo se amenazó con una nueva candidatura de Batlle y Ordóñez.

No faltaron los que veían en el horizonte una nueva guerra civil, pero se impusieron el pragmatismo y la grandeza de los hombres que refundarían el Uruguay.

Juan Andrés Ramírez -un acabado ejemplo de esa grandeza- recordó a Franklin: “Cuando se reúne un conjunto de hombres en una asamblea para aprovechar los destellos de su sabiduría es necesario pensar que con su sabiduría traen a las deliberaciones todos sus prejuicios, todos sus intereses políticos, todas sus pasiones y, que por eso mismo, del conjunto de tales elementos, nunca se puede esperar una obra perfecta”.

Esta nacerá de un acuerdo entre batllistas y nacionalistas, a través de la “Comisión de Acuerdo Constitucional” el grupo de los ocho.

Batlle y Ordóñez siguió silenciosamente el proceso, tal como lo explicó en “El Día” el 28 de noviembre de 1917, pero sin dejar de discutir los asuntos con sus representantes en el grupo de los ocho: Domingo Arena -cuya influencia fue singularmente beneficiosa-, Ricardo Areco, Juan Antonio Buero y Baltasar Brum. Terminó por aceptar la nueva carta e incluso sugirió quedar fuera del primer ejecutivo bicéfalo.

A los representantes blancos se les reprochó haber aceptado el Colegiado. Martín C. Martínez respondió: “El régimen era la nuez, el Colegiado no era más que la cáscara” (24 de julio de 1917). Washington Beltrán enumeró 18 conquistas de la nueva constitución, entre las que se destacan las nuevas atribuciones del Parlamento, la representación proporcional y el voto secreto, universal masculino y la rebaja a 18 años para obtener el derecho. Se incluía que por ley y 2/3 de la Asamblea General podría incluirse el voto femenino.

Carlos Pareja en el bien llamado texto “La encrucijada refundacional de 1916” (inédito) elogia “la consolidación de la autoridad institucional a partir del progresivo afianzamiento de arraigos cívicos tan profundos como robustos, a los nuevos «hábitos del corazón» (Alexis de Tocqueville) que en el mediano plazo fueron cultivándose y reforzándose”.

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