Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

El drama es cultural

Desde los albores de nuestra vida institucional, el modo nacional de hacer política fue luchar por cargos: Presidente, intendente, diputado, edil o cualquier cosa con apariencia de poder.

Desde los albores de nuestra vida institucional, el modo nacional de hacer política fue luchar por cargos: Presidente, intendente, diputado, edil o cualquier cosa con apariencia de poder.

Desde esa inveterada costumbre, hoy -con los silencios complacientes en retirada y la perplejidad y la indignación a flor de piel-, es natural que ya se perfilen nombres y precandidaturas.

Es natural, pero no es suficiente.

Todos sentimos que hace falta algo más. Por eso, abrió expectativas el planteo del senador Larrañaga, convocando a construir un programa común entre los partidos que van a disputarle el poder al continuismo de lo que en 2019 van a ser ¡15 años de gobierno nacional y 30 años de Intendencia de Montevideo! Tiene razón el senador blanco: no basta estar en contra. Además -y sobre todo- hace falta que los que se sientan afines se comprometan a servir metas comunes.

Pero tampoco es suficiente.

Es que el drama que tenacea al Uruguay es mucho más que una discordia político- partidaria y un entrevero de herramientas. Nuestro drama es cultural. No le temamos a las palabras: nuestra tragedia es cultural. Por eso no puede resolverse con el solo vuelco electoral de la ciudadanía.

El tema nacional no debe reducirse a quién vaya a ser candidato en cada partido ni a cómo construir mayorías en el Parlamento, porque lo principal es con qué principios y desde qué ideas queremos, como pueblo, edificar lo que vendrá. Lo importante es la clase de cultura que haya de inspirarnos en la calle, en los servicios, en el encuentro con el otro, en la vida que le da carne a las instituciones.

En un mundo ensangrentado, cuyas atrocidades agreden los sentimientos más elementales y cuyos impersonalismos llevan a que lo robótico arrincone lo humano, nosotros nos inscribimos como una nación que olvidó el hábito republicano de discutir en voz alta y que tiene una gran masa de ciudadanos entrenados en no pensar y resignarse, esperando afuera y no luchando desde adentro.

Esta desgracia cultural le puso techo bajo a nuestra recuperación democrática tras la dictadura. No llegamos a asumir las exigencias del hombre ante sí mismo y del ciudadano frente a las instituciones. No formulamos visiones orgánicas sobre la criatura humana. Bajamos los brazos ante la grosería encaramada en el poder. Abandonamos los hábitos de comprensión en que nos educó Vaz Ferreira y aceptamos que unos pocos se acantonen en sus dogmas ideológicos, otros pocos se acoracen en su chabacanería, unos cuantos tengan cargos sin saber, y unos muchos suframos destinos regulados e intervenidos por la cruza de todos ellos.

A más de 30 años de recuperada la libertad, la estamos viviendo como un permiso residual de un Estado interventor y no como la proyección fuerte de nosotros mismos para crear, escucharnos y crecer.

La principal debilidad no es, pues, la de unos elencos transitorios que se hacen llamar -mal- “el sistema político”.

La debilidad mayor radica en la pobreza cultural en que nos sumió habernos distraído frente a los avances del materialismo socializante y el materialismo consumista, la degradación patética de la educación y la caída de las fuerzas de la inteligencia y la voluntad.

Con lo cual, por jugar al achique, se nos eclipsó el espíritu.

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