Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Perplejidad informada

Poco antes de que terminara el siglo XX, el español Manuel Castells escribió un libro titulado “Fin de milenio” en el cual predecía que el siglo XXI no sería una era tenebrosa, pero que tampoco prodigaría las maravillas que la revolución tecnológica promete. “Más bien se caracterizará por una perplejidad informada”. Así, efectivamente, me siento y no porque la violencia sea nueva en la historia, obviamente.

Poco antes de que terminara el siglo XX, el español Manuel Castells escribió un libro titulado “Fin de milenio” en el cual predecía que el siglo XXI no sería una era tenebrosa, pero que tampoco prodigaría las maravillas que la revolución tecnológica promete. “Más bien se caracterizará por una perplejidad informada”. Así, efectivamente, me siento y no porque la violencia sea nueva en la historia, obviamente.

Comenzamos el siglo XXI con la Intifada de Al-Aqsa; seguimos con los ataques del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas; los atentados del 11 M de 2004 en Madrid; las varias masacres en escuelas y universidades norteamericanas; los barrios de París incendiados en 2005, cuyas lenguas de fuego alcanzaron recientemente a los dibujantes de Charlie Hebdo; las terroríficas modalidades de asesinato en las luchas del y contra el narcotráfico en México; los escalofriantes conflictos tribales sudaneses; la Primavera Árabe que se desató a partir de 2010 como un invierno destinado a quedarse; los conflictos tristemente renovados en la Franja de Gaza; la crueldad sin límite experimentada en la guerra civil siria. La lista puede ser mucho más amplia aun, pero alcanza con recordar algunas de esas imágenes que no se borran de la memoria una vez que se las ha visto: sangre de estudiantes salpicando las pizarras de un aula; el cadáver de Muammar Khadafi, el todopoderoso hombre de Libia, expuesto en una cámara frigorífica de un centro comercial; las expresiones de las cabezas decapitadas, sostenidas en alto por sus victimarios.

La perplejidad, que va en contra sentido del estado de casi indiferencia en que nos deja la lluvia de acontecimientos que caen a diario desde los informativos, proviene -en mi caso y en este verano uruguayo-, de sentir la red cual pegajosa telaraña. ¿Cuál red? La de la “conexión perversa”, de la que también habla Manuel Castells. La de los poderes alternativos a los estados nacionales, que vinculan guerras y ganancias a lo largo y ancho de todo el planeta. La que le otorga escala transnacional a los delitos, aprovechando la globalización de la economía y de las tecnologías de la comunicación y el transporte. Esa red, que siempre parece propia de otras realidades y ajena a nosotros, ahora se torna presente y escalofriantemente cercana.

Porque puede llegar o está llegando o quizás ya hace rato que está entre nosotros. Quizás conspiraron en la calle Rivera, a la sombra fresca del bonito barrio Malvín, para efectuar el atentado contra la Amia en Buenos Aires; quizás tomaron el mismo sol que baña a los turistas en Punta del Este, mientras filtraban información de diversos servicios secretos internacionales; quizás blanquearon dinero del narcotráfico mientras compraban ladrillos en la promisoria costa balnearia; quizás se aplicaron prácticas de sujeción y maltrato femenino que aquí están condenadas social y jurídicamente. Quizás. No sabemos a ciencia cierta. Sospechamos, decimos, repetimos, presuponemos.

Algunos no declaran, otros sí, algunos convocan, otros fustigan a los medios, que multiplican las versiones y las dudas, mientras se cumple la vieja ley de Gresham: la noticia “mala” desplaza a la “buena”, la nueva a la vieja, en una cansina noria que suele desembocar en el olvido.

Mi perplejidad deriva de la información, de la que informa y de la que no informa del todo. Perplejidad informada.

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