Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Oparei

La noticia pasó como esos delfines que emergen fugazmente, provocan sonrisas de aprobación entre los veraneantes que llegaron a verlos y vuelven a desaparecer en el agua. Me refiero al lugar otorgado a Uruguay en el Índice Democracia 2015 que elabora el grupo The Economist, en el cual fuimos calificados como la única democracia plena en América Latina y la número 19 en el top 20 mundial.

La noticia pasó como esos delfines que emergen fugazmente, provocan sonrisas de aprobación entre los veraneantes que llegaron a verlos y vuelven a desaparecer en el agua. Me refiero al lugar otorgado a Uruguay en el Índice Democracia 2015 que elabora el grupo The Economist, en el cual fuimos calificados como la única democracia plena en América Latina y la número 19 en el top 20 mundial.

El mismo se elabora en base a mediciones de los procesos electorales, el grado de pluralismo, el funcionamiento de los gobiernos, la participación y la cultura política ciudadana y el grado de las libertades civiles. La publicación señala “falta de progreso” en un continente en el que las democracias, populismos y dinastías familiares coexisten, así como lo hacen los centros, derechas e izquierdas; los partidos, los movimientos, las guerrillas, los ejércitos, el narcotráfico, las mafias, las maras y las organizaciones civiles.

Es de todos sabido que gran parte de la acción política se nutre de la voluntad de dominar como alternativa a ser dominado. Ese ímpetu, que está en la base de la ciudadanía moderna, puede ser aplacado de dos maneras. Una es por el miedo: aislar, quebrar ese “estar juntos” que es propio de la pluralidad humana, ha sido siempre el método clave de los gobiernos de mano dura. Otra, es la desconfianza mutua: exacerbar, insistir en la descalificación del otro (y por ende, quebrar todo diálogo) ha sido siempre menoscabar la calidad de la democracia.

De la noticia de que Uruguay es una democracia plena, se deduce que esos métodos no tienen fuerza entre nosotros. Pero este enero me atrevo a pensar que hay un tercer factor que debilita la acción política. No encuentro una palabra en español para describir adecuadamente el efecto del verano sobre la ciudadanía de los uruguayos, por lo cual tomaré una prestada del guaraní. En esa lengua aglutinante, que nomina ampliamente nuestros ríos y parajes, la palabra “oparei” sintetiza el lento desvanecerse de las cosas en el tiempo: lo que se sabe que orada, borra, olvida.

En nuestros veranos el sol calcina la impotencia que sentimos frente a cosas mal hechas, esas que parece que nos atañen en tanto ciudadanos, pero que terminamos renunciando a solucionar porque no nos da la fuerza o no sabemos cómo protestar, exigir, efectuar. En nuestros veranos el consumo parece convertirse -más que en otras estaciones- en la única vara con la cual se mide el bienestar individual y los bienes del común. Como si en las puestas de sol se fusionaran el sentido de la política (los contenidos permanentes logrados por medio de acciones colectivas) con los fines de la política (generalmente individuales o corporativos, vinculados a apetitos de poder). Como si todo el 2015, con sus titulares, sus repetitivos protagonistas y sus índice macroeconómicos, se hundiera en el horizonte.

¿Los veranos son un factor de debilidad de nuestra democracia plena o una necesidad provocada por la misma? Me inclino por esto último. Estar en guardia frente a la corrupción y la inseguridad; informarse para tener opinión fundamentada; defenderla; soportar los impuestos, las carencias de un estado que querríamos fuera de bienestar y amparo; renovar esperanzas en partidos y candidatos… no es una tarea fácil. Ser ciudadanos agobia. El oparei estival es funcional a nuestra democracia plena. 

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