Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Desastre anunciado

En Uruguay, todos los indicadores de consumo de cannabis han aumentado, incluso entre los adolescentes", sintetiza una investigación realizada por dos organismos franceses, según informó El Observador el viernes pasado. Se trata de un trabajo desarrollado por el Instituto de Altos Estudios de Seguridad y Justicia y el Observatorio Francés de Drogas y Toxicomanía, que analiza los resultados de esta medida en nuestro país y en los estados norteamericanos de Washington y Colorado.

Las conclusiones son tan obvias como desalentadores: la llamada "regularización" uruguaya impactó en un aumento del consumo, tanto en jóvenes como en adultos. Paralelamente, no impide que perduren los circuitos ilegales, porque la producción lícita abastece apenas entre un 10 y un 20% de la demanda.

Es la crónica de un desastre anunciado, perpetrado por un gobierno que por un lado empuja a la bancarización obligatoria y, por el otro, se afana en incorporar dealers que la evadan.

Al día siguiente de la publicación de este bochorno, El País de Madrid informó sobre la aplicación de una estrategia que bajó de manera significativa las adicciones al alcohol, tabaco, cannabis y otras drogas entre los jóvenes islandeses. Más allá de algunas medidas resueltamente restrictivas, la transformación de esa realidad se dio a partir del aporte de un psicólogo estadounidense, Harvey Milkman, quien entiende que las adicciones nacen de la necesidad de los jóvenes de lidiar con su propio estrés. Milkman se preguntó: "¿Por qué no organizar un movimiento social basado en la embriaguez natural, en que la gente se coloque con la química de su cerebro —porque es evidente que lo que quiere es cambiar su estado de consciencia— sin los efectos perjudiciales de las drogas?"

La respuesta fue sencilla. Según el informe, "se aumentó la financiación estatal de los clubs deportivos, musicales, artísticos, de danza y demás actividades, con el fin de ofrecer a los chicos otras maneras de sentirse parte de un grupo y de encontrarse a gusto, que no fuesen consumiendo alcohol y drogas. Y los hijos de familias con menos ingresos recibieron ayuda para participar en ellas. En Reikiavik, donde vive una tercera parte de la población del país, una tarjeta de ocio facilita un generoso monto anual por hijo, para pagar las actividades recreativas". Son medidas tan obvias, que uno se pregunta si la incapacidad de aplicarlas aquí es producto de la ineptitud, la ignorancia o la mala fe.

Pasan los años y la cultura sigue siendo en este país el último orejón del tarro. Dos por tres se escucha decir que la mejor política cultural es la que no existe, como si esto fuera en verdad posible. Como si ante la inacción del Estado, no se dejara vía libre a estímulos culturales regresivos, intencionadamente formulados para embrutecer, domesticar y vender.

Existen notables recursos creativos en el país, algunos en el sector público —la mayoría mal o subutilizados— y muchos en el privado, peleando siempre contra viento y marea. Urge una coordinación eficiente de estos agentes, con la finalidad de incluir a los olvidados de siempre: los jóvenes que desertan del sistema educativo y a los que les están adormeciendo la conciencia con porros, en lugar de despertarla y encenderla con conocimiento, arte, ciencia y deporte. ¿A cuánto asciende la inversión estatal en el disparate cannábico? ¿Cuándo se dará el destino correcto a esos recursos?

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