LA BITÁCORA

Argentina: del odio a la emboscada

El presidente argentino Mauricio Macri debió repudiar públicamente el ataque que padeció el exjerarca kirchnerista Carlos Zannini. El jefe de Estado y las principales figuras del gobierno debieron, con el rigor de la formalidad, denunciar la emboscada en el avión como lo que fue: una modalidad de violencia cobarde y esencialmente fascista.

En una escena que muestra el envilecimiento que causa el odio político, un grupo de pasajeros expuso uno de los peores instintos de la especie humana.

El jefe de un gobierno que prometió terminar con el odio que divide horriblemente a los argentinos, debió actuar en consecuencia de su prédica. Pero, como en otros ámbitos, reaccionó con los reflejos y la velocidad de las babosas.

A la diferencia la hizo el periodismo que atravesó la década kirchnerista cuestionado al gobierno anterior. No hubo quien justificara la cobarde brutalidad de la aero-patota. Todo el periodismo y la intelectualidad que criticaban el gobierno de Cristina Kirchner, repudió esa postal tan o más violenta que las que tienen trompadas.

Hubo quienes encabezaron sus comentarios con la crítica y luego se explayaron en denostar a Zannini. En esos pocos casos, la crítica a los linchadores fue el maquillaje obligado para lo que, en definitiva, terminaba explicando la reacción que tuvieron como algo natural tratándose de semejante personaje.

Pero todos estos casos fueron la excepción que confirma que también del lado antikirchnerista de la grieta existe un odio tan viscoso y deleznable como el que inoculó el liderazgo anterior.

Ahí está la diferencia. Si un grupo de pasajeros se convierte en espontánea patota y agrede cobardemente a un hombre que no puede defenderse, quienes criticaban al kirchnerismo reaccionan con la misma indignación que les provocaban los linchamientos verbales perpetrados desde medios públicos y medios privados sostenidos con fondos públicos, por el aparato mediático kirchnerista y, en las calles, por la militancia K.

Una década de linchamientos en televisión, con programas que fueron emblema de difamación y demonización de opositores y críticos, y jamás hubo oficialistas notables que denunciaran y repudiaran esas formas de censura y también de violencia fascista.

Ahora, a los cobardes que agreden verbalmente a funcionarios y simpatizantes de la gestión anterior, el periodismo en pleno los denuncia y repudia.

Sólo faltó el repudio del propio presidente Mauricio Macri. Seguramente, en su fuero íntimo no se gratifica por el hecho de que las figuras paradigmáticas del kirchnerismo sean blanco de estos ataques deplorables. Pero no alcanza con lo que ocurra en su fuero íntimo. Lo tiene que expresar públicamente.

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