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Meditar en una fiesta

La fusión de espiritualidad con música electrónica encuentra adeptos en Uruguay. Son jóvenes sin afiliación religiosa concreta.

Hay música, es aquí. Al abrir el portón, un largo túnel formado por pinos invita a pasar. Los organizadores tiran cuerdas sobre las ramas para colgar unas lámparas, otros preparan la barra de tragos. A un costado, debajo de un árbol, hay una chica. Viste de violeta, luego dirá que es por "el tercer ojo". Está con las piernas cruzadas, en posición de indio, y su espalda parece estar tensada por una piola hacia el cenit. No emite ruidos. En una mano tiene el libro Muchas vidas, muchos maestros sobre una de las terapias con regresiones que realizó el psiquiatra estadounidense Brian Weiss. En la otra, lleva unos lentes de sol con patillas fluorescentes, típicas de la movida electrónica. En eso está, en la previa de una fiesta.

Melina De León (26) se enteró de esta velada por un amigo. Ella, que está acostumbrada a "experimentar" y que acaba de regresar a Uruguay luego de cinco años en los que se fue "a conocer las montañas por el mundo", no lo dudó. Era su oportunidad de vivir, en su propio país, una práctica cada vez más extendida en occidente: la fusión de la espiritualidad con música electrónica.

Relajarse con el punchi-punchi puede parecer un tanto extraño. Sin embargo, es otra forma en la que el público deseoso de una conexión espiritual encuentra su espacio de expresión, como sucede con la alimentación o las terapias alternativas, dice Néstor Da Costa, sociólogo especializado en asuntos religiosos.

"Lo esperable, hoy, es que la búsqueda de trascendencia no se dé en instituciones formales", explica este docente de la Universidad Católica y del Claeh.

Pero, ¿por qué una fiesta electrónica? "La música electrónica vendría a ser como los nuevos mantras de occidente", opina Mike Hinkediker, percusionista en la Orquesta Sinfónica del Sodre y uno de los músicos que actúa en esta fiesta que tiene lugar en una chacra cercana a José Ignacio. "Es un estilo basado en la repetición y muy minimalista, similar al efecto de los instrumentos ancestrales utilizados para los rituales, en donde una pequeña modificación genera un gran cambio en la mente", agrega.

No en vano es común ver a parte del público de las fiestas electrónicas entrar en trance, un estado que se alcanza luego de varias horas de baile. "Ese es otro aporte de la electrificación —puntualiza Mike—. Es imposible que un músico pase doce horas seguidas tocando. En cambio, ahora eso lo logran las máquinas".

Es así que en la última década esta tendencia de fusión entre espiritualidad y juerga tomó fuerza en países anglosajones y occidentalizados de Medio Oriente, como Israel. La versiones van cambiando: a veces son una simple fiesta que empieza con una meditación en vivo (como esta que se convoca cerca de José Ignacio) y otras tienen su origen en rituales de India o Japón, por más que fueron aggiornadas a los requisitos comerciales de hoy (ver recuadro).

No es extraño que el fenómeno comience a imponerse también en Uruguay, el país en América Latina con más creyentes que no están vinculados a una religión institucionalizada. El 24% de la población declara profesar una fe sin una afiliación determinada, según la encuesta de Pew Research Center publicada el pasado noviembre. Una cifra que, sumada a la cantidad de ateos y agnósticos, le hace sombra al número de católicos (42%).

El show

La luz del sol próximo al ocaso se cuela entre la vegetación y genera un ambiente más místico aún. Algunos rayos rebotan en los gongs, esos platillos gigantes típicos del Lejano Oriente, que cuelgan de unas sogas. Sobre unas alfombras repletas de cables, consolas e instrumentos ancestrales, están los músicos ultimando detalles. Mike y Carlos, quienes tienen experiencia en guiar meditaciones con música, son los encargados de hacer sonar los cuencos tibetanos, el didgeridoo, la flauta, las campanas, los tambores chamánicos y otras rarezas que tienen a su alrededor. Y Joaquín está a cargo del Electribe, un sintetizador analógico que permite imitar sonidos de la naturaleza y pasar de lo acústico a lo electrónico con una base rítmica similar.

Melina, quien ya ha dejado el árbol sobre el que reposaba, enciende un palo santo (o madera sagrada) cuyo olor se mezcla con el de los pinos y los chorizos que Federico Zeta —encargado de armar los equipos— prepara a pocos metros.

Los músicos fueron convocados por Damián Santa Cruz, un reconocido DJ y productor de esta fiesta, titulada We are house sweet techno. El objetivo de ellos es hacer la entrada en calor (warm up, como le dicen en la jerga) para luego dar paso a los DJs invitados y que la música suba en intensidad hasta media mañana.

Santa Cruz trabaja en una empresa informática, aunque su sueño siempre fue vivir de la música. En busca de esa ilusión fue que en un viaje a México conoció un chamán y tuvo una experiencia de temazcal (un baño de vapor que constituye ritual de sanación). Le gustó, lo vinculó con el estado de liberación que siente cada vez que "pincha" los discos y es por eso que buscó darle el toque de espiritualidad a esta cuarta fiesta que organiza.

Esta vez la chacra devenida en boliche por una noche es La Tapera, según el nombre que reza el cartel de la entrada. Es un lugar alejado, pero de fácil acceso. Los participantes conocieron el evento, en su mayoría, por Facebook; como sucede en casi todos los casos de la movida electrónica. Un mapa que posteó el organizador daba las pautas del camino a seguir. Es a un costado del camino que une José Ignacio con la ruta 9.

Quienes acuden son jóvenes de niveles socioeconómicos medios y altos. "Los jóvenes son un grupo más desprendido del peso de las instituciones —explica Da Costa—. Y el fenómeno es típico de los sectores más favorecidos". De a poco los autos ingresan por el túnel de árboles, llamando la atención por las luces de sus faroles que encandilan a esta hora en que ya entra la noche. Salvo por quienes optaron por alquilar una camioneta que los trajo desde José Ignacio, el resto elige por quedarse "haciendo tiempo" y muy lentamente se asoman a la zona delimitada como pista de baile.

En eso Mike toma entre sus manos un shofar, un instrumento musical fabricado con el cuerno de una cabra, y Carlos, una caracola. Hacen sonar los instrumentos al mismo tiempo. El ruido llama la atención y el público se acomoda de a poco, tímido. Comienza la función.

"En Uruguay, al ser algo innovador, la gente aún no sabe cómo responder", cuenta Mike. Hay quienes se quedan parados y sacan fotos con el celular, un muchacho cierra los ojos y por el movimiento del tórax parece ir dominando la respiración. Un grupo de amigos se sienta y pasa de boca en boca una mezcla de whisky y jugo de manzana que trajeron en una botella de plástico. Y por más que algunos hablan de drogas y dos o tres cuchichean sobre "la pastillita", no es ese el denominador común. Sí se nota que es un público que tiene noche y quiere experimentar sensaciones nuevas, como meditar.

Vibración

"Pensamos que escuchamos un sonido pero, en realidad, lo sentimos en el cuerpo", dice Mike. El ser humano está compuesto por un 70% de agua y ésta es una gran transmisora de las ondas, añade. De ahí que existen frecuencias muy bajas o muy altas que el oído no capta, pero sí tienen resonancia física. "Cuando uno hace sonar cerca de una persona los gongs (sonido extremadamente grave) percibe una capa de protección y la mente se calma inmediatamente", asegura este percusionista que comenzó con esta fusión rítmica "en busca de un sonido propio, sin tener que rendir examen a nadie" poco después de egresar de la Escuela Municipal de Música, donde es docente.

La combinación de los diferentes instrumentos, cada uno con su sonido, va generando sensaciones distintas. Uno de los participantes dirá luego del show que los tambores le hicieron recordar el latir del corazón y que una pandereta con semillas le rememoró las olas del mar.

En otras fiestas, cuenta Melina, "hay meditaciones visuales, con imágenes que te llevan a focalizar en los pensamientos".

Poco a poco la música se hace más electrónica y los instrumentos ancestrales quedan a un costado. El público no tiene claro si hay que aplaudir o bailar. Pero, quienes ya tienen conocimiento de estas fiestas recalcan que "no hay recetas". Se trata de dejarse llevar. Es que también es viable meditar en una fiesta.

Colorido ritual hindú

Este verano una enorme celebración de colores llama la atención en el Este. En dos semanas La Paloma será el escenario de la primera We Color en Uruguay. Se trata de una fiesta al aire libre, de una marca registrada que ya hace dos años está en Argentina, en donde los participantes se lanzan polvo de colores. Está basada, al igual que otros festivales que se hacen en los balnearios de la costa, en el ritual hindú Holi. Celebra la llegada de la primavera y el amor. En los países con fuerte presencia hinduista los niños se pintan las caras y la población se regala flores de colores. Es símbolo de la libertad y un día de reflexión sobre los errores cometidos durante el año, por los que se pide perdón. En Braj, al Norte de la India, el ritual dura 16 días en referencia al amor divino y simboliza el triunfo del bien sobre el mal. We Color se desprende, en parte, de la cuestión más espiritual aunque, según sus organizadores, mantiene la idea del festejo y romper con la rutina. Como en todas estas fiestas de origen religioso, algunos van por creencia y otros para "enfiestar".

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