TRASTORNOS ALIMENTARIOS

La historia de Marisol, una pesadilla que se detuvo a los 36 kilos

Cada vez hay más consultas e ingresos por desórdenes alimentarios, pero el acceso a los tratamientos es desigual. A las patologías tradicionales se les suman nuevas, como la ortorexia.

Marisol Pepe lleva tres semanas de tratamiento. Foto: Francisco Flores
Marisol Pepe lleva tres semanas de tratamiento.

Marisol Pepe recorre con ligereza las únicas tres cuadras que le tienen permitido caminar. En su estado, una distancia mayor podría ser contraproducente para la salud. Lleva el rostro maquillado; decidió usar su nombre real en este informe y también ponerle el cuerpo a las fotografías que lo ilustran. Quiere que los otros vean cómo lucen los 36 kilos que está pesando para que puedan comprender su historia, porque el secreto en estos relatos -dice Marisol- es entender.

Se explica así:

-Los trastornos alimentarios son una enfermedad difícil porque nadie los entiende, ni siquiera yo los lograba entender. Yo quería estar flaca y nada más, no les creía que estaba enferma.

Empezó el verano, y con el calor los casos que estuvieron ocultos todo el año bajo la ropa empiezan a mostrarse. Por eso en las clínicas que tratan estas patologías dicen que ahora arranca “la zafra”.

Aunque no existen cifras oficiales, ni una estadística nacional que los estudie, debido al incremento de las consultas y a la cantidad de ingresos, los especialistas aseguran que cada vez hay más pacientes, y que llegan a edades más tempranas: algunos son apenas niños.

Otros arrastran estas conductas obsesivas con la alimentación durante años; se convierte en una enfermedad crónica y recién comienzan a atenderla en la adultez, cuando el cuerpo les da una alerta. Así le sucedió a Marisol: llevaba más de una década perdiendo peso mes a mes, pero recién ahora, a los 27 años, se comprometió a hacer un tratamiento.

Durante este tiempo su vida giró en torno a la comida. Si recibía una invitación para un cumpleaños era todavía peor, porque el objetivo pasaba a ser adelgazar aún más para ese evento, y después cranear durante jornadas enteras qué injeriría frente a sus amigos. Mejor era quedarse sola en casa para sentir hambre y lidiar con la culpa de esa sensación sin espectadores. Una de las características más comunes de esta enfermedad es, justamente, el aislamiento social.

-En ese tiempo no sentí ningún tipo de gratificación. Me daba cuenta de que había adelgazado, pero siempre quería más. No te sirve ningún objetivo, no te alcanza cumplir con ninguna meta.

Para ser todavía más flaca, Marisol empezó a entrenar. Pasaba dos horas diarias en el gimnasio haciendo las clases más exigentes de spinning y crossfit. Y, como nunca era suficiente ejercicio, caminaba de ida y de vuelta a su hogar.

Un par de meses atrás la enfermedad se intensificó. Se pesaba todos los días en una balanza. “La cabeza se me puso peor”, dice Marisol. La lata de atún que solía dividir entre dos comidas le empezó a parecer demasiado; comer media pechuga de pollo a lo largo de dos días se convirtió en un exceso; el omelette hecho con una clara de huevo debía ser un lujo excepcional. Para alimentarse le bastaba lechuga, tomate, frutas y mucho café.

Dejó de dormir porque el hambre es enemigo del sueño, pero nunca, ni una sola vez, se levantó para comer. En cambio, lloraba. Al día siguiente la invadía el malhumor.

A pesar de todo, venía ganando la batalla contra la comida hasta que un hormigueo en un brazo la llevó a la emergencia. Los médicos la pesaron. Los 36 kilos arrojaron números rojos en varias vitaminas y minerales, en glóbulos blancos, sodio, potasio, hierro, glicemia, y además deshidratación. Le dijeron que debían internarla, y que si seguía adelgazando en unos días podría estar muerta. En las dos semanas que pasó en el sanatorio le recetaron medicación psiquiátrica, que al principio se negó a tomar porque temía que las pastillas la hicieran engordar.

-Me asusté. Si hubiera sido por mí seguía bajando de peso, porque nunca me sentí conforme. Pero me dije: Marisol, hasta acá llegaste.

Un tratamiento lejano.

Las clínicas especializadas en trastornos alimentarios se cuentan con los dedos de una mano y están concentradas en Montevideo. Funcionan en base a equipos conformados por psicólogos, psiquiatras, médicos y nutricionistas, aunque hay algunas que incorporan un asistente social.

La metodología del tratamiento puede variar. Aluba y Vitalis, por ejemplo, prefieren la terapia grupal ya que consideran que al igual que el tabaquismo y el alcoholismo estos trastornos son una adicción y se necesita “el espejo del otro” para sostener una rehabilitación. Además, de acuerdo a la etapa que atraviese el paciente, debe asistir a desayunar y a almorzar a la clínica varios días a la semana.

Otras clínicas, como Manantiales, optan por un proceso personalizado que combina distintos tipos de terapias y no necesariamente incluye la ingesta de alimentos en el lugar.

Pero, más allá de estas diferencias, ¿cómo es el acceso a estos tratamientos? Marisol Delgado, psicóloga del equipo de Vitalis, opina que es “desigual”. Cuenta que algunos pacientes no logran que sus mutualistas los deriven a un psicólogo porque este trastorno no está incluido en la Ley de Salud Mental. “Son patologías con poca conciencia de enfermedad aunque están muy relacionadas con los intentos de suicidio. Dentro de las enfermedades mentales, estas son las que más intentos de autoeliminación tienen. Son más mortales porque son comórbidas con patologías como la depresión, entre otras”, explica.

Las psicólogas Viviana Cotelo y Marisol Delgado. Foto: El País
Las psicólogas Viviana Cotelo y Marisol Delgado. Foto: El País

Por esta razón distintos psicólogos se han reunido con las autoridades del Ministerio de Salud Púbica para reclamar por una población que se está quedando en la sombra. Según Delgado, el ministerio admitió que está en deuda; se intentó hacer la consulta para este informe, pero no se obtuvo respuesta.

Desde la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) detallan que estos pacientes son abordados en forma conjunta por el equipo de salud y el equipo especializado en salud mental.

Con respecto a las mutualistas, tras una internación, algunas habilitan el servicio de un acompañante terapéutico. Otras tienen un protocolo de atención, pero según relatan distintos pacientes no suelen ser de tipo integral y los médicos no tienen un perfil especializado en estos desórdenes. Esto los puede llevar a cometer errores como comunicarles el peso a los pacientes, o indicarles que se cocinen determinadas porciones cuando en una primera etapa no deberían estar en contacto con la preparación de los alimentos que van a comer, ni pensar en porciones.

Cuando a Marisol le dieron el alta, sacó hora para psicólogo, psiquiatra, nutricionista y médico general, pero debía esperar por lo menos un mes hasta la primera consulta. “¿Qué iba a hacer yo todos esos días a la deriva?”, plantea.

En conclusión, si bien últimamente algunas mutualistas hicieron convenios con clínicas privadas, todavía son muy pocas. El resto de los pacientes llegan a la consulta de forma particular. En el pasado, pagar el tratamiento le era inviable a Marisol. Reconoce que el factor económico incidió en que “la enfermedad se convirtiera en un estilo de vida”.

Según un relevamiento realizado para este informe, el costo puede variar entre $ 4.000 y $ 17.000, aunque las clínicas aplican descuentos y becas para que el paciente no deje de asistir. La duración de un tratamiento es variable, pero Julia Alderette, psicóloga de Aluba, estima que el promedio es de entre tres y cuatro años.

Explica:

-Salir es posible, pero cuesta mucho. Son enfermedades mentales que tienen un trasfondo en vivencias que en su momento no fueron puestas en palabras, cosas que se guardaron y no se enfrentaron, que salen a través de esta expresión con la comida y con el cuerpo, y están tan bloqueadas que sin un proceso de terapia no se logra contactar con lo que está detrás.

La psicóloga Julia Alderette cuenta que no se les revela el peso a pacientes. Foto: Francisco Flores
La psicóloga Julia Alderette cuenta que no se les revela el peso a pacientes. Foto: Francisco Flores

Un repaso de los trastornos y sus malos efectos en la salud

Los trastornos alimentarios pueden tener muchas presentaciones. La más común es la bulimia. La psicóloga Viviana Cotelo lo explica diciendo “que es mucho más fácil perder el control, que controlarse”, como hacen los pacientes con anorexia. Pero además de estos existen patologías como la vigorexia, que es la obsesión por el ejercicio físico ; la ortorexia, que se basa en alimentarse únicamente con productos sanos; la diabulimia, que afecta a personas con diabetes tipo 1 que usan una insulina que podría provocar un aumento de peso; la alcohorexia, que remplaza las calorías de una comida por el consumo de alcohol; o la pregorexia, que afecta a las embarazadas que quieren mantener su peso. Las consecuencias para la salud son dañinas en todos los casos. La médica Andrea Adamoli indica que en el caso de la ortorexia, los efectos suelen ser anemia, arritmia, disminución del calcio en los huesos y eventual osteoporosis, y en las mujeres la amenorrea puede causar infertilidad. La psicóloga Julia Alderette cuenta que la imposibilidad de ser madres se vive “con mucha culpa”.

Otro nombre, el mismo mal.

Además de la anorexia y la bulimia -la segunda mucho más común que la primera- están surgiendo nuevos desórdenes que son algo así como primos hermanos de los tradicionales. Según la psicóloga Alderette, “son expresiones de la enfermedad que se van aggiornando” a las tendencias sociales.

El último grito es la moda “fit”, que busca la mejor versión de uno mismo basándose en una alimentación saludable, el descanso, y el ejercicio sostenido en el tiempo. Alderette explica que el ejercicio y la comida sana, siendo algo bueno, pueden convertirse en “puertas de entrada” para que algunas personas deriven en trastornos como vigorexia y ortorexia.

Este estilo de vida se replica en redes sociales como Instagram, donde cada vez más personalidades llevan adelante un culto a los cuerpos y comparten sus propias dietas “clean” o “healthy”, que se basan en la condena a ciertos alimentos y su sustitución indiscriminada.

“El asunto es determinar cuándo el gusto por ir al gimnasio y comer mejor deja de ser algo positivo, sobre todo cuando se trata de adolescentes”, advierte Viviana Cotelo, psicóloga de Vitalis.

La nutricionista Florencia Köncke reconoce que se está dando una “explosión de dietas milagrosas” que tienen “más de riesgos que de milagros”, porque en muchas ocasiones terminan por recargar el funcionamiento del hígado y de los riñones. En su afán por vivir de forma más saludable hay personas que “pierden el sentido común de la alimentación”, opina, y convierten a la comida en una obsesión al punto de “autodiagnosticarse enfermedades” que les habiliten la supresión de alimentos “sin pensar en las consecuencias que puede ocasionarle al metabolismo”.

Foto: Pexels
Además de la anorexia y la bulimia -la segunda mucho más común que la primera- están surgiendo nuevos desórdenes. Foto: Pexels

Cada vez más personas argumentan ser celíacas para dejar la harina de trigo y evitar la proteína del gluten, pero sin tener este diagnóstico. “Es una de nuestras principales fuentes de hidrato de carbono, es decir que tiene nutrientes, vitaminas y minerales que son diferentes a los que encontrás en frutas y verduras”, dice la nutricionista Valeria Berrondo para explicar que no siempre hay un sustituto.

En las consultas de Vitalis se está dando un contagio: el 70% de los pacientes adolescentes que ingresan no comen carne. “Estamos encontrándonos con un problema nuevo, porque no sabemos si son adolescentes que tienen puesta la camiseta de la ecología o si este comportamiento debe ser tomado como una restricción alimentaria, y no nos queda otra que desconfiar”, plantea Berrondo.

La guía para dejar algunos alimentos se convirtió en un ejercicio arbitrario basado en la popularidad de algunas figuras seguidas en redes. “Los pacientes que nos llegan siguen las dietas excéntricas de los famosos o consejos que algún conocido les dio, nunca profesionales”, dice esta nutricionista. Pero no es lo mismo dejar la carne a los 15 años que a los 48. “Algunas proteínas animales se pueden sustituir, pero otros beneficios como la vitamina B12 solo se encuentran en animales y la única opción para sustituirlos es tomar medicamentos”, plantea Köncke.

En países más desarrollados, donde la población vegetariana y vegana está en aumento, se adoptaron políticas de salud como fortificar con hierro distintos alimentos. Aquí los productos fortificados son dos: harina y leche, y ambos están en la lista de los castigados.

La trampa de comer sano.

Los especialistas definen a la ortorexia como una anorexia disfrazada, porque lleva una presentación saludable aunque tiene conductas asimilables con otros trastornos alimentarios. “La complejidad se basa en la paradoja de que comer estrictamente bien puede convertirse en un atentado contra la salud”, plantea Cotelo.

Esta enfermedad se está dando sobre todo en mujeres jóvenes, incluso niñas que empiezan a obsesionarse por únicamente ingerir alimentos que consideran sanos, “porque imitan a sus padres”, cuenta Nancy Alonso, psicóloga de Manantiales, y agrega: “Hay una preocupación cada vez mayor por vivir más y mejor, que en un principio no es malo, hasta que se empieza a distorsionar y termina derivando en un único pensamiento de qué tienen permitido comer y sienten culpa si no cumplen con su cometido”.

Por lo general, esta patología se manifiesta por seguir dietas monótonas en las que se van dejando de consumir ciertos alimentos considerados nocivos, aunque no lo sean necesariamente. Eso lleva a un desbalance que es perjudicial para la salud, ya que terminan sin remplazarlos por otros. Estas personas adquieren rutinas cada vez más estrictas que las van aislando de su entorno familiar y social. Para la psicóloga Cotelo, detrás de esta enfermedad hay “una necesidad de control, una búsqueda de identidad y de valores”.

¿Qué la diferencia de la anorexia? “La anorexia limita la comida, se preocupa por la cantidad; la ortorexia, en cambio, se preocupa por alimentarse únicamente con cosas sanas (de acuerdo a sus criterios), es decir que se obsesionan pero no dejan de alimentarse. Sucede también de pacientes que empiezan con un trastorno de anorexia y luego se van limitando a la ortorexia”, explica la psicóloga Alderette.

Sin embargo, aunque no aparezca a simple vista ni en un primer discurso, en la terapia empieza a aflorar que detrás de esa selección y sustitución alimentaria hay una intención de mantener el peso o de bajarlo. “En definitiva, surge el pánico a engordar”, dice la experta.

Pero la ortorexia es interesante porque deja en evidencia el momento de intensidad que están atravesando los hábitos alimentarios. Por un lado se escucha la alerta del Ministerio de Salud Pública advirtiendo que el 65% de los adultos y casi el 40% de los niños tienen sobrepeso u obesidad. Por otro lado hay una tormenta de información -no siempre profesional- de cómo mejorar la nutrición y dietas aparentemente saludables para perder kilos. A la par, algunos abandonan ciertos alimentos para acompañar las decisiones de figuras con muchos seguidores a las que admiran, y otros por cuestiones morales. Pero también hay factores culturales, religiosos e ideológicos que están atravesando nuestra forma de comer.

A través de sus pacientes, la psicóloga Cotelo lo visualiza así: “Estamos pasando por un momento histórico en el que hay pocos líderes y los movimientos sociales que atraen a los jóvenes son de tipo medioambiental. Se convierten en decisiones que marcan un estilo de vida y mueven muchas cosas. Esto es algo bueno, pero hay que ver el patrón de cada persona y cuánto esto aporta a una construcción positiva. Lo que vemos es que hay muchas personas que para cortar con el hambre se agarran de distintas posturas ideológicas que las convierten en bastiones morales. Para nosotros como profesionales esto nos genera una dificultad, porque no cuestionamos valores de ideología, ni de moral: aceptamos”.

A unos pasos de su consultorio un grupo de 12 pacientes adolescentes, en su mayoría mujeres, está reunido para celebrar el cierre del año. Se sientan a la mesa donde hay un muffin de chocolate para cada uno, junto a un vaso de licuado multifrutal. Llevaron regalos y escribieron sus deseos. Pellizcan la comida.

Una chica rompe el silencio:

-Yo quiero agradecerles a todos por aguantarme, y les pido que me tengan paciencia el año que viene.

A esta misma hora, en la clínica Aluba, Marisol junta fuerzas para comer un postre. Está en su tercera semana de tratamiento, pero todavía le cuesta. La culpa sigue ahí, aunque sabe que tiene un grupo que la apoya y sale al rescate si no tiene fuerzas para cumplir con las cuatro comidas y las dos colaciones diarias.

El principal desafío es no mentirle al resto ni a ella misma, porque para mantener la anorexia “uno tiene que mentir tanto, tanto”, confiesa.

Dice:

-Necesito darme la chance de recuperarme. Necesito tener libertad mental y que desaparezca esta lucha en mi cabeza por la comida. Necesito recuperar mi independencia y poder a los 27 años caminar más de tres cuadras sin pensar que pueden ser un peligro para mi salud.

En primera persona: cómo intentar salir de la anorexia
Marisol Pepe lleva tres semanas de tratamiento. Foto: Francisco Flores

“Vengo de una familia de padres separados, me criaron mis abuelos. Siempre fui gordita, pero nunca se burlaron de mi cuerpo. Al fallecer mi abuelo, que era como mi padre, entré en una especie de depresión y lo único que hacía era comer. Pesaba casi 80 kilos y medía menos de 1,60 metros, me comía cuatro o cinco alfajores al día por rebeldía; no hacía ejercicio, no estudiaba, ni trabajaba. Hasta que a los 15 años la cabeza me hizo un click. Quería ir a la playa y no iba por vergüenza, quería comprarme un short y todo me quedaba horrible, así que arranqué con las ensaladas y a suplantar comidas y me dio resultado: en un verano bajé 10 kilos. Después empecé a entrenar en un gimnasio. Me daba cuenta de que había bajado de peso, pero siempre quería más. No sentía ninguna gratificación. Lo que sí me gustaba era la sensación de hambre en el estómago porque eso significaba que no iba a engordar. Pasé muchos años con el mismo trastorno y cada vez empeoró más. Dos veces intenté hacer un tratamiento, pero o no funcionaba, o no podía pagarlo, o yo mentía. Me quedaba en mi casa para no comer, y pensaba, ¿por qué no puedo ser como el resto y tomar una cerveza con mis amigos? Todo en mi vida giraba en torno a la comida. No dormía, estaba cansada, de malhumor, pero igual seguía entrenándome, no había cansancio que valiera. Me acostumbré a vivir así y no me veía como una persona enferma, por más que en mi cabeza había una continua batalla entre dos voces: una que me decía que la comida era buena, y la otra que era mala. No tenía paz. Ahora estoy intentando ganarle a esa parte mala”.

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