Un trabajo añorado

¿Por qué miles de personas quieren entrar a la Policía?

Los últimos llamados del Ministerio del Interior rompieron el récord de aspirantes. ¿Qué explica el éxito de las convocatorias y cuál es el perfil de los nuevos policías?

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Hoy es día de examen en la Escuela Nacional de Policía. Los alumnos del módulo uno, que se preparan para convertirse en agentes, entregan sus pruebas de redacción de documento demostrando que saben cómo dejar registro de una denuncia. Durante seis meses se formarán aquí, un centro de estudios con instalaciones modernas que tiene estatus de universidad. Luce como una, pero hay algo en el comportamiento de los estudiantes que recuerda al ambiente de un estricto liceo privado.

Los alumnos salen del aula, conversan brevemente en los pasillos y se aprontan para dirigirse a la siguiente materia. Suben la escalera en grupo, formados en dos filas, con sus movimientos acompasados. En esa coordinación se atisba la disciplina que les están inculcando. También en su estética. Visten un planchadísimo uniforme de jean y remera azul marino; las mujeres llevan el pelo recogido en un moño y lo recubren con una malla; en lugar de mochila cada uno carga con una carpeta, también azul, que sostienen con ambas manos frente al cuerpo.

Desde la Dirección Nacional de Educación Policial aseguran que menos del 10% de los postulantes a policías deserta. En los últimos meses, tras los recientes llamados del Ministerio del Interior para ocupar vacantes, 30.000 personas se inscribieron en el sitio web para ser agentes; 50.000 para convertirse en policías eventuales —trabajan para entes públicos o intendencias— y 1.500 se registraron 24 horas después de que se solicitaran 50 cupos de oficiales. ¿Por qué hay tanto entusiasmo por ejercer una función que parece ser más riesgosa que nunca?

Ya en clase, los alumnos esperan al docente. No hay casi bullicio. El que hace las presentaciones es el subcomisario Mauricio González. Tiene el porte recio de un marine norteamericano, pero la simpatía de un joven al que le gusta hacer amistades. Les dice: “La señora es periodista y les va a hacer algunas preguntas”. Y bromea: “Cuidado con lo que le dicen”. Les pregunto: “¿Están de acuerdo?”.

—¡Sí, señora! —responden al unísono. Pero luego les dará timidez. Los rostros serios se fruncen en una sonrisa contenida y las miradas bajan al suelo. Ninguno levanta la mano.

Solo los mejores.

La Dirección Nacional de la Educación Policial tiene escuelas en 16 departamentos, mientras que los postulantes de San José y Canelones cursan en la de Montevideo. Algunos docentes la definen como “la casa madre a la que el policía siempre está volviendo”.

Entre los alumnos en proceso de formación de agentes —6 meses—, de oficiales —tres años, o cuatro si quieren la licenciatura en Ciencias Policiales— y aquellos que están en cursos de pasajes de grado de las diferentes jerarquías, son unos 4.000 los que hoy estudian.

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En todo el país actualmente hay unos 4.000 alumnos. Foto: F. Ponzetto.

Al frente de esta dirección están el comisario general y licenciado en Política y Gestión de la Educación Henry De León, y la subdirectora Belén Camejo, que es la única mujer comisario y general. De León tiene fama de conocer de memoria hasta la ubicación de las llaves de luz en este instituto, pero evita la exposición siguiendo un lema de cabecera que indica que “el mejor trabajo se hace en silencio”.

Comprendió durante un curso en el FBI que como “engranaje de una maquinaria” lo mejor es que sea el vocero del ministerio el que hable. Por eso él y Camejo explican, pero no declaran.

Ellos son dos de los artífices de la actualización del plan de estudios que se concretó en 2016. Tras este viraje, se adquirió la condición universitaria —sin necesidad de mantener un convenio con la Universidad de la República—; se eliminaron grados y se aceleró el pasaje de uno hacia el otro —lo que rejuveneció la plantilla, dicen algunos que debido a que Eduardo Bonomi quería así sacar de circulación a los veteranos que arrastraban malos vicios—; se equiparó el conocimiento entre la carrera de agente y la de oficial —ambos deben cursar el módulo uno de forma obligatoria—; y se implementaron las prácticas de patrullaje.

Es un programa que piensa en los policías del futuro: en una década los imagina mucho más profesionales. Todos los agentes —y los que estudian para oficiales— pasan los últimos dos meses de formación patrullando seis horas al día, cumpliendo las mismas tareas que un policía en servicio, con la salvedad de que son supervisados a lo largo de la jornada. “De esta manera se terminó el shock que implicaba salir de la escuela a la calle sin haberla vivido”, plantean las autoridades.

Desde los distintos sindicatos hay un reconocimiento positivo hacia el cambio. Robert da Luz, presidente del sindicato Unipolma, de Maldonado, opina que “están saliendo policías mejor preparados en el manejo de leyes y procedimientos”.

Sin embargo, reclama que en el interior no siempre se cumplen los seis meses de formación para los agentes (el escalafón más bajo del servicio, y el de primer contacto con la ciudadanía) porque los docentes suelen ser policías en servicio que, ante la escasez de personal que afecta a varias jefaturas departamentales, a veces no logran cumplir las dos funciones.

Pero, ¿por qué hay tanto interés por entrar a la Policía? En octubre pasado, una semana antes de las elecciones nacionales, el Ministerio del Interior difundió un spot en el que alentaban a los jóvenes a alistarse. La iniciativa fue criticada por la oposición. Jorge Larrañaga —futuro ministro del Interior— la calificó de “abuso de poder” porque entendió que tenía fines electorales, y la tildó de “superproducción hollywoodense que falta a la realidad”.

Como sea, tras su lanzamiento el número de inscripciones en la web para un llamado de agentes alcanzó un volumen récord, que multiplicó por 15 los postulantes en 2016.

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Programa de Luis Lacalle Pou prevé cambios en la formación policial

El programa de gobierno del presidente electo dedica varias carillas a presentar los cambios que prevé hacer para fortalecer jurídica y simbólicamente a la Policía y mejorar la articulación entre el aparato de seguridad del Estado y la sociedad civil. Entre decenas de propuestas, menciona que será necesario revisar los programas de formación. Algunos de los cambios son: ajustar los llamados para el ingreso y la permanencia en la Policía, elevando los requisitos de escolaridad y ponderando los conocimientos previamente adquiridos por el aspirante; establecer un régimen progresivo de capacitación en el Instituto Universitario Policial, llevando el tiempo de instrucción a cuatro años; instrumentar el régimen de internado para cadetes por un mínimo de dos años efectivos; incrementar las opciones en las distintas especialidades, así como rediseñar el régimen de praxis, “balanceando el tiempo de calidad, la protección tutorial, la producción de informes y el análisis posterior a la acción en el aula”;certificar anualmente el estado físico y la idoneidad del personal que utiliza armas.

De los 30.000 que se registraron, en una segunda etapa, tras descartar a los que no cumplían con los requisitos —18 a 35 años de edad, no tener antecedentes penales, ciclo básico completo—, la cifra se redujo a 18.287 (6.012 en área metropolitana y 12.275 en el resto del país). Ellos deberán presentar un certificado psicológico que les avale el porte de armas y pasar por una serie de pruebas culturales y físicas que los habilite a ingresar.

Durante el curso podrán ser cesados en caso de no cumplir las exigencias y, a los cuatro meses, enfrentarán un test psicológico que será la prueba de fuego —lo pierden entre el 30% y 45%— para recién entonces hacer las prácticas obligatorias y luego, únicamente los que obtengan los mejores resultados, accederán a algunos de los puestos disponibles. Se desconoce todavía cuántos cupos se abrirán para el llamado que resultó masivo.

Desde la dirección de este centro de estudios se estima que si ingresan unos 10.000, apenas 1.100 llegarán a la etapa final. Y entre ellos solo los mejores obtendrán el trabajo. Los que queden afuera podrán presentarse a los llamados que surjan durante ese mismo año. Así de competitivo es llegar a ser un agente.

Los nuevos policías.

La academia está formada a imagen y semejanza del servicio: al llegar registran la huella en un sensor, tienen clases en la mañana, en la tarde y en la noche, un entrenamiento total en el que realizan unos 700 tiros, y todos los días patrullaje. “Esto no es una burbuja, esto es la vida”, señala la cúpula del centro de estudios.

Junto a los 19 móviles y ocho motos de los que dispone la escuela en Montevideo para que cada aspirante cumpla con el mínimo de 1.500 horas de práctica, descansan cuatro perros. Los nombraron con los grados de la carrera policial.

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Los alumnos deben cumplir con un mínimo de 1.500 horas de prácticas de patrullaje. Foto: F. Ponzetto.

El comisario Farly Antúnez, encargado de la praxis, acaricia a Sargento —llamado así porque siempre duerme en la guardia— mientras Mónica, alumna de la carrera de oficial, se apronta para salir.

La praxis involucra la supervisión de docentes, instructores y tutores, que son los destinatarios naturales que deben evaluar la calidad del producto. El producto es el alumno. El producto “debe funcionar en el sistema”. Será aggiornado antes de que egrese, o quedará afuera. El producto llega al aula y confronta al docente con lo que vivió en la calle y eso, dicen desde la dirección, se llama “despacho saneador”, porque purifica el proceso. ¿Cómo se saca al mejor producto? Antúnez dice que es fruto de la “competencia sana”. Por eso él casi nunca ha puesto un 10 a sus alumnos. A Mónica sí.

Antes, en los tiempos en que la subdirectora Camejo estudió para ser oficial —ingresó en 1997—, había una cuota femenina: no más de 10 mujeres por llamado. Ahora ese límite no existe y se estima que el 33% de los postulantes son femeninos.

A Mónica le llevó cinco intentos y 12 años llegar a donde está ahora. Hija y nieta de policías, desde que cumplió 18 quiso ingresar, pero su padre se lo prohibió: “No es lugar para mujeres, decía;no hubo caso”. Se dedicó a criar a su primer hijo. Un par de años después lo volvió a intentar, pero esta vez fue su pareja quien se opuso: “Le daba celos que estuviera rodeada de tantos hombres”. Tuvo otro hijo. La tercera vez se presentó, pero perdió la prueba de natación, así que al día siguiente se anotó en clases para aprender a nadar. La cuarta, la misma pareja que se había opuesto antes, le volvió a decir que no. Siguió criando a sus dos hijos. La quinta vez fue cuando cumplió 30. Se convirtió en agente y fue por más: está terminando el curso para ser oficial.

Empieza la práctica. Durante las siguientes horas, el supervisor Antúnez maneja y Mónica lo asiste. Se tratan de usted. Escuchan la radio, comentan los casos. Recorren las patrullas desplegadas bajo dos órdenes de operación: la patrulla turística en el Centro y la patrulla de Zona 3, un área conflictiva.

Allí hay grupos de alumnos que hacen control de vehículos y personas, y lo que llaman “pie a tierra”, es decir caminar un perímetro. Todos usan tablet para controlar si las personas interceptadas están requeridas. Los móviles son los preferidos por los estudiantes porque responden a lo que es prioridad uno: accidente de tránsito, rapiña, hurto, violencia doméstica. En cada caso, llaman a un supervisor que los orienta en cómo actuar.

El agente Eduardo tiene 22 años y estudia para oficial. Es el primer policía en su familia. Eligió esta carrera porque le ofrece “la oportunidad de progresar a través de sus ramas de especialización”. Pretende llegar al grado máximo, estudiar relaciones internacionales y trabajar, por ese medio, para el ministerio.

Dice:

—Nosotros nos preparamos para lo peor, pero siempre esperamos que no suceda. Uno no sabe lo que puede pasar en cada llamado. Uno tiene que ir. Uno tiene que estar y estar atento. Y para hacerlo bien te tiene que gustar, porque el que viene a cumplir las ocho horas por un sueldo no sirve para esto.

El anzuelo económico.

El sueldo nominal de un agente en servicio es de $ 36.893. Mientras completan el módulo uno, todos los aspirantes cobran una beca que equivale a un salario mínimo nacional ($ 15.650). Los que siguen avanzando en la carrera (y cursan para oficiales) pasan a cobrar el salario de agente, hasta egresar.

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Mónica, alumna de la carrera de oficial. Foto: F. Ponzetto.

Si un agente tiene un buen desempeño, tras seis meses de formación logra el trabajo. Y el nuevo plan de estudios permite subir de grado —y de sueldo— con mayor facilidad. “Esto es una motivación para atraer postulantes”, admiten las autoridades educativas.

¿Por qué tantos quieren ser policías? Luis Clavijo, secretario de organización del Sindicato Único de Policías del Uruguay (SUPU), es claro: “Sobre todo en el interior hay una desesperación porque no hay trabajo, y aunque nosotros creemos que el salario debe mejorar, si uno lo compara con otros, es atractivo”.

En tanto, Alejandro Álvarez, dirigente de SUPU, cree que el ciudadano lo ve como una opción laboral “digna, estable y segura”.

¿De dónde vienen los nuevos policías? En la escuela dicen que la mayoría ingresa por tradición familiar: son parientes de los 23.917 policías ejecutivos en servicio o los más de 100.000 en retiro. Otros son militares que piden la cesantía en Defensa y se pasan a Interior para mejorar sus ingresos. Y están los que lo ven como un sostén económico para estudiar una carrera universitaria. “Los nuevos llegan mejor preparados”, reconoce Álvarez.

Entre los oficiales, a los que se les exige el bachillerato para inscribirse en la carrera, se apuntan cada vez más universitarios. Últimamente egresaron abogados, escribanos y un médico.

Antúnez, el supervisor de las patrullas, es uno de los casos raros que ingresó por vocación. Entre policías se dice que ese sentimiento llega con el uniforme y no antes, pero siempre hay excepciones. Hoy se cumplen 24 años de su egreso de esta casa de estudios y lo anuncia con orgullo. Sus padres esperaban que fuera abogado y lo juzgaron durante los tres años que estudió para convertirse en oficial, que dos décadas atrás, cuando se formó, implicaba un régimen de internado.

—Es una carrera que no les sugiero a mis hijas. Es muy sufrida. La delincuencia es diferente, las situaciones son diferentes. El policía tiene que estar firme, tiene que decir que no cuando podría decir sí, y mediar en una sociedad que por el mínimo malentendido se agarra a las trompadas. El policía tiene que transportar a un niño moribundo respetando las reglas de tránsito y comunicándose con sus compañeros y no se puede quebrar. Se quiebra después de terminar el turno. Se quiebra en su casa, y por eso hay tanto policía que tiene problemas familiares.

Su discípula, Mónica, dice:

—A la calle tenés que salir sin emociones.

Y agrega Antúnez:

—Les digo a los alumnos que tienen que aprender a templar su carácter.

Para algunos policías experientes, como Clavijo, del sindicato SUPU, la formación actual “descuida el carácter”. A su modo de ver, la informalidad instalada en el relacionamiento entre los nuevos superiores y la escala básica, su “desconocimiento de cómo ejercer el mando”, generó “una Policía endeble”.

El comisario mayor retirado, psicólogo y asesor de seguridad del Partido de la Gente, Robert Parrado, coincide. Cree que el “debilitamiento de las comisarías” y la “desvalorización de los funcionarios más añosos” provocaron que se perdiera “el liderazgo firme”, “la experiencia acumulada” y “el trabajo de campo”.

Dice: “Se nota en el trato con el personal subalterno: las personas al mando no transmiten autoridad y respeto; se ignoran varias modalidades de investigación y se afianza sobre todo la tecnología. La adaptación al trabajo con la Fiscalía parece ser una zona gris donde no se sabe quién hace qué y quién espera por el otro. Se valora mucho el reciclado que propone esta dirección de educación, pero uno siente que todavía falta la enseñanza de investigación criminal”.

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La Escuela Nacional de Policía de Montevideo cuenta con 19 móviles y ocho motos para prácticas. Foto: F. Ponzetto.

Es que el policía debe aprender a “ser chusma”, a conectar con los referentes barriales y de esa manera estar al tanto de las pequeñas novedades que luego podrán ayudarlo a resolver un conflicto. Antes era común que visitaran bares o burdeles en busca de información, cuentan algunos que no quieren ser identificados, pero eso no va con la imagen del nuevo policía que trabaja con la tecnología.

Matías era militar, pero se pasó a la Policía por el sueldo. En el año que lleva en la calle, aprendió a valorar el poder de la comunicación. Unos meses atrás, haciendo “pie a tierra”, fue alertado de una rapiña con toma de rehenes en un supermercado. Fue con su compañera y mientras esperaba al supervisor y la llegada de apoyo para actuar, reconoció al guardia de seguridad con el que ya había estado conversando en jornadas anteriores de patrullaje. Se entendieron con señas. El guardia le indicó que tres delincuentes armados estaban en el fondo del local. Junto a la agente que lo acompañaba, logró sacar a tres rehenes.

Su compañera se bloqueó y no logró desenfundar el arma. Esto podría haber sido un problema de haber tenido que actuar, porque las duplas deben cuidarse las espaldas y responder con su vida para salvar la de los civiles.

—Es un trabajo muy difícil. Te escupen, te tiran piedras, te gritan. Pero cuando estuve ahí interactuando con las víctimas me vino algo muy positivo de sentir que las puede ayudar. Estuve muy emocionado ese día. Traté de calmarme y de terminar el turno, pero fue difícil.

Demoró en contarle a su familia.

—Me llevó varias semanas. Les conté y se asustaron. Me dijeron que pensara si quería seguir, porque no querían verme en un cajón a los 26 años.

pedidos vigentes

Los reclamos que persisten en los sindicatos

Luis Clavijo, secretario de organización del Sindicato Único de Policías del Uruguay (SUPU), cuenta que unos meses atrás presentaron un documento a los candidatos a la Presidencia reclamando que se mejore el aspecto disciplinario, ya que les preocupa la “carencia de mando”. Comenta que a pesar de que una normativa de 2012 indica que todos los jefes están obligados a actualizar la formación de su personal y que estos deben pasar por una prueba sanitaria, no se cumple (bajo riesgo de recibir sanciones). Robert da Luz, de Unipolma, opina que la formación debe ser “más inflexible” para que en el interior se cumplan con los seis meses de curso, e ir más a fondo, “porque requiere más tiempo que los agentes comprendan el Nuevo Código de Proceso Penal”. También respalda que se retome el proyecto de ley de legítima defensa presunta —que figura en el programa de gobierno de Luis Lacalle Pou— para darles más garantías a los policías, aunque tal y como él lo ve, el artículo 28 del Código Penal ya respaldaría el accionar policial. Alejandro Álvarez, secretario de SUPU, dice que planteó a los candidatos la necesidad de generar un plan de seguridad a 15 años que involucre a todas las instituciones y no sea visto solo con un fin electoral. También reformar algunos puntos del nuevo CPP para que se trabaje mejor con los fiscales; que se agilice la demorada construcción de viviendas para policías por parte del Ministerio del Interior. Además solicitaron un aumento salarial, así como tener voz y voto para participar en la compra de equipamiento y armamento.

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