Editorial

La culpa es de la realidad

En defensa de los atavismos ideológicos, el discurso ahora dice que si la aplicación práctica de las ideas del gobierno resulta ineficaz, la culpa no es de dichas ideas, sino de la realidad que, tozudamente, insiste en no adaptarse a ellas.

En la edición de ayer del semanario Búsqueda aparece una de las mejores definiciones del fundamentalismo ideológico con que opera la autodenominada izquierda en el poder. La ministra y precandidata Carolina Cosse declaró que la "seguridad no es un punto débil de estos gobiernos (del Frente Amplio), sino de la realidad".

Una de las premisas básicas del método científico (reformular la hipótesis toda vez que es desmentida por la evidencia empírica) se invierte olímpicamente cuando se trata de defender los atavismos ideológicos: si la aplicación práctica de las ideas del gobierno resulta ineficaz, la culpa no es de dichas ideas, sino de la realidad que, tozudamente, insiste en no adaptarse a ellas.

Como ironizaba John Kennedy, "el éxito tiene muchos padres, pero el fracaso es huérfano". Estos gobiernos, consolidados a caballo de sucesivas mayorías parlamentarias y de un núcleo duro de militantes de fanatismo sectario, nunca cejan en atribuir a otros la responsabilidad de sus propios desaciertos.

Un vicepresidente que debe renunciar por corrupción comprobada, alega que existe un Plan Atlanta en su contra.

La escandalosa inseguridad pública no es culpa de un Estado que posee los recursos humanos y materiales suficientes para combatirla con éxito, pero ya se ha demostrado incapaz de hacerlo, no. La culpa es de tendencias sociológicas internacionales, o de la distorsión intencionada de los "medios de la derecha" o blablablá.

Y el paso siguiente consiste en generar un relato demagógico y autocomplaciente, paralelo a la realidad y absolutamente contradictorio con ella.

Dijeron que estos gobiernos abatieron la pobreza y llevaron la indigencia casi a cero, pero nunca se había visto como ahora tantas personas alimentándose de los contenedores de residuos y pernoctando en la calle.

Hicieron una enérgica campaña de rechazo a la baja de la edad de imputabilidad, pero permanecen insensibles a los maltratos que reciben los adolescentes privados de libertad en el Inisa y a las ratas que pululan en sus instalaciones.

Advirtieron que estatizarían la venta de marihuana para combatir el narcotráfico, pero nunca en la historia del país hubo tanta violencia narco como ahora.

Prometieron cambiar el ADN de la educación, pero la investigación más reciente del Instituto Nacional de Evaluación Educativa revela que siete de cada diez escolares de las zonas más vulnerables no alcanzan a tener comprensión lectora y que solo un tres por ciento de los centros educativos de dichas zonas cuentan con sala de informática.

Gastan millones de dólares en unos camiones equipados para lavar contenedores, pero los dejan arrumbados durante seis años a la intemperie. Y cuando un ciudadano lo filma y lo difunde a través de las redes sociales, aclaran que esos vehículos se habían sacado de circulación porque funcionaban mal y que habían perdido los datos del fabricante habilitado para repararlos. Pero por suerte justo ahora los encontraron, qué casualidad, así que se contactarán con él y los pondrán en marcha en tres meses.

Cuando la realidad que desmiente su ideología se hace demasiado evidente, tratan de no morir con las botas puestas. Entonces, salvo algunos fundamentalistas del Partido Comunista y sus amigos, ya han dejado de cantar loas a Maduro, aunque no por eso se atreven a cruzar la línea de la responsabilidad democrática. Y asistimos hace unas semanas con asombro a la declaración del vicecanciller Ariel Bergamino en el sentido de que "no tenemos claro ni estamos en condiciones de afirmar" que en Venezuela se cometen crímenes de lesa humanidad. Es que a veces manifiestan que es la realidad la que se equivoca, pero otras veces optan por ignorarla olímpicamente.

También apelan al expediente de asumir explícitamente que deben callarla y agitan la amenaza de revelarla, para chantajearse entre ellos. Tal fue el caso de la diputada de la lista 711 Susana Andrade, que en un tuit de rechazo al coro frentista que reclama que Sendic se baje de la carrera electoral, dijo textualmente: "creo que ha llegado la hora de Raúl de hablar. Total ya se les fue la moto".

Las sospechas de Esteban Valenti quedan así confirmadas: la carta en la manga que tiene el exvicepresidente para mantenerse arriba del barco (a esta altura, un Titanic) es que "sabe demasiado" y hay temor de que abra la boca.

La verdad es que sería muy bueno que hiciera caso a la diputada y, por fin, hablara. Así acallamos un poco el relato edulcorado que nos venden cada día con ilimitada hipocresía, y nos enteramos por fin de la cruda y repugnante realidad.

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