EDITORIAL

El comienzo de un cambio político

También sorprende que de modo tan extendido para un concepto complejo, se coincida por parte de tantos, en que el país no puede gastar 2000 millones de dólares más por año.

Es muy probable que todo el tema del campo, que ya se extendió mucho más allá del sector agropecuario, esté alumbrando un nuevo tiempo de cambios políticos. En efecto y aunque algunos intenten fragmentarlo, se trata de un movimiento uniformemente dirigido contra el gobierno actual, contra sus principios básicos. Y si bien las ideas que lo sostienen no pertenecen a ningún partido en particular, se recogerán desde ahora probablemente en todos los partidos de oposición. Por eso, es posible que haya comenzado un cambio en la sociedad, con repercusiones que van mucho más allá de la peripecia económica de un sector específico en un momento dado.

En primer lugar, hay un agobio respecto del peso del estado en la actividad privada, con dos componentes. Por una parte el de su peso absoluto, el que se recoge en ese ominoso 37% del PIB gastado por el gobierno; pero por otro lado, a este insoportable peso se le suma la conciencia de derroche, de mala gestión, de abuso de poder. En efecto, lo ocurrido en Pluna, en Ancap, en Alur, en Asse, en las tarjetas corporativas, genera cansancio general respecto del gasto público y del peso del estado. Y a la vez, como síntoma de la misma enfermedad, los auto convocados al igual que tantos uruguayos han manifestado su desagrado por tantos trámites que no agregan valor, por intervenciones detalladas del gobierno en sus vidas. Esto último que es apoteósico en el agro, lo es también en la vida cotidiana de todos. Por eso parece alumbrar un nuevo concepto en esta sociedad, consistente en el rescate del esfuerzo individual como generador de riqueza, del sector privado como paradigma de esfuerzo, de la defensa de la empresa como motor de la sociedad, precisamente una defensa que se ejerce contra la intervención detallada del estado.

Si se profundiza en este cambio que se insinúa, se llega fácilmente a una transformación de tipo cultural y hasta ético, que significa un nuevo compromiso con el esfuerzo personal, con la cultura del trabajo que nos legaron nuestros antepasados inmigrantes, con el premio a la excelencia derivado del esfuerzo individual. Y este sistema de valores es posible que empiece a sustituir a la cultura de la dádiva, al creerse con derecho a que el estado resuelva los problemas propios, todo lo cual encuentra su apoteosis en los 70 mil empleados públicos más, o en la salarización de la pobreza del Mides y otros mecanismos que son un agravio a esa cultura del trabajo. Y por eso no está mal que se revisen, como se pidió en un principio, las políticas sociales. ¿Quién dijo que quien ha administrado tan mal, resulta intocable en la valoración de cómo reparte plata a los débiles? ¿Quién dijo que no se puede racionalizar nada?

Ojalá que este cambio cultural que se insinúa subraye la excelencia y el derecho a la libertad empresarial, al derecho indiscutible de emprender, comprar, vender, criar, plantar, exportar, importar.

También sorprende que de modo tan extendido para un concepto complejo, se coincida por parte de tantos en que el país no puede gastar 2000 millones de dólares más por año: que éste es el mayor problema económico que tiene el país, y que si seguimos así, este modelo de sociedad colapsa. Y sobre los entes y sus monopolios, verdaderas vacas sagradas del Olimpo nacional, parece estar llegando una nueva hora que los pone en tela de juicio a todos y a sus sindicatos.

Finalmente, en un país con tendencia al encierro económico puede significar un cambio alineado con lo que pasa en el mundo, el reclamo de más tratados de libre comercio hacia un gobierno que desde que asumió no firmó ninguno, no bajó ningún arancel, y nos dice por boca de Mujica que prefiere otro tipo de acuerdo (él sabrá cuál)…

Un nuevo modo de entender el contrato social podría estar extendiéndose en los partidos políticos que no son el de gobierno, recogiendo una propuesta electoral diferente: una propuesta que probablemente parta de la base que el poder del estado lo es solo por delegación de la sociedad; que no es el ciudadano el que recibe del estado el permiso de hacer sino al revés; que el gobierno debe ser humilde, austero, eficaz, que debe rendir cuentas de todo a sus empleadores que somos todos, y que no tiene derecho ilimitado a establecer cargas a través de precios, tarifas o exigencias de cualquier índole. Si esta nueva cultura de excelencia se instala en los partidos de oposición como alternativa al discurso de hace 15 años da para abrigar esperanzas de un tiempo nuevo.

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