Editorial

El cantegril es nuestro

Otra vez, las divisiones internas en el Frente Amplio sepultan un proyecto que revalorizaba una zona clave de la franja costera. Ahora, la mugre y el abandono seguirán marcando el dique Mauá. Pero, eso sí, será todo “nuestro”.

Parte del imaginario colectivo impuesto por el Frente Amplio y otros sectores ideológicos en la sociedad uruguaya implica que la privati-zación es algo malo. Muy malo. Pero hay muchos tipos de privatización. Y a la que se ha condenado al espacio de la vieja Compañía del Gas, tras el rechazo de-bido a divisiones internas del proyecto de Buquebus, es mucho peor que cualquier otra.

El Frente Amplio gobierna la ciudad de Montevideo desde hace casi 30 años, y el país, casi 15. En todo ese tiempo, la zona de la Compañía del Gas y el Dique Mauá, uno de los lugares más bellos y pintorescos de la capital, ha sido un monumento al abandono, a la mugre y a la desidia. Y si el lector tiene alguna duda, se la puede sacar tranquilamente acercándose allí cualquier domingo, y verá la acumulación de basura, edificios semiderruidos, y vagabundos (perdón, "gente en situación de calle") que se han apropiado del lugar y cocinan, defecan o duermen la mona, a vista y paciencia de todos. Incluso de los niños que intentan usufructuar de los pobremente mantenidos espacios públicos del entorno.

Hace unos meses, el empresario Juan Carlos López Mena planteó un proyecto interesante. Por un lado, salía del recinto portuario que ocupa hoy, y que es problemático ya que implica la coexistencia del turista que llega en sus naves desde Argentina, con la parte comercial y pesquera. Por otro, se revitalizaba la zona del Mauá, mudando allí sus operaciones en el marco de un proyecto diseñado por uno de los mejores arquitectos del mundo. Quien haya viajado a ciudades como Bilbao, Londres o Nueva York, sabe de cómo este tipo de proyectos cambian para bien la cara de una ciudad.

El empresario reclamaba como contrapartida, poder comprar unos terrenos que hoy están en primera línea costera, pero que una vez concretado el proyecto, ya no lo estarían más. Y a cambio, ofrecía una obra de 200 millones de dólares, y un puerto que quedaría para siempre en manos de los uruguayos.

Ahí empezó a funcionar la máquina de impedir. Un grupo de activistas, de esos que nunca han abierto la boca para denunciar que esa zona costera hoy está privatizada de hecho en manos de pastabásicos y ratas, pusieron el grito en el cielo de que un empresario se quisiera quedar con lo que "es nuestro". Otros agitaron el fantasma de la corrupción y del vínculo del empresario con episodios tristes de la historia reciente. Y, por último, expertos como el exintendente Arana, que nada hizo por el lugar en sus 10 años de gestión, recorrió todos los programas de TV hablando de vaguedades y sugiriendo que a la primera "sudestada", los barcos terminarían en Plaza Independencia. Ahora hemos descubierto que Arana es experto marinero.

La cuestión es que todo este debate estéril impactó en la interna del oficialismo, que ya se encuentra caliente por decenas de episodios complicados. Entonces, para evitar nuevos choques, primó lo que siempre ha unido al FA: hacer funcionar la máquina de impedir.

Como no se pudieron poner de acuerdo, como el intendente Martínez está más preocupado por su carrera presidencial que por su trabajo de mejorar la ciudad, y como muchos timoratos temen comprometerse en algo que luego pueda servir para recordar cosas como Pluna o al "señor de la derecha", la cuenta la vamos a pagar todos los montevideanos. El proyecto no prosperó, y la vieja Compañía del Gas seguirá siendo un monumento a la decadencia.

No se trata de defender a capa y espada el proyecto de un privado, que tendrá sus intereses comerciales legítimos y querrá negociar lo mejor para él. Pero cualquier dirigente político con un mínimo de decencia, al sepultar la única propuesta realista para revitalizar esa zona, debería salir al otro día con una alternativa. O encerrarse con el empresario hasta encontrar un camino medio que permita concretar algo. O proponer otra cosa para mejorar esa área.

¿Usted cree que eso va a pasar? Claro que no. Como viene la cosa, por 15 o 20 años más, las ratas y los pastabásicos seguirán señores de esa parte privilegiada de la ciudad. Y una mayoría silenciosa de montevideanos se verá perjudicada por el activismo púber de unos pocos.

En 1961 Juan Carlos Onetti publicaba El Astillero. Una novela opresiva donde el protagonista, Larsen, acepta un trabajo imposible en un entorno decadente muy similar al que muestra hoy el dique Mauá. La historia solo se hace más sórdida a medida que a la decadencia física y edilicia del entorno, se va sumando la moral del propio protagonista.

Más de medio siglo después, Onetti sigue siendo el mejor reflejo de la idiosincrasia nacional.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos