Editorial

Un cambio de régimen

El cambio no es entre un modelo de un poco más o un poco menos de estado, un poco más o un poco menos de gasto público, o de deuda. La discusión es más honda.

En las próximas elecciones no está en juego solo la eventual alternancia de partidos en el poder. En estas elecciones se va a plebiscitar mucho más que un juego de partidos; lo que se va a plebiscitar es un cambio de régimen, que parece algo mucho más trascendente, que supone abandonar aquello en lo que nos hemos convertido en múltiples temas.

Empecemos por la política exterior. Lo que está en juego no es simplemente la elección de una mayor o menor apertura comercial, va mucho más allá. Qué países son hoy amigos de Uruguay, cuáles se sienten cada vez más lejos de nosotros, con cuáles compartimos afinidades culturales, identidades democráticas y por supuesto negocios. Y la realidad es muy dura: en 15 años no hemos logrado nuevos acuerdos de libre comercio de importancia, no hemos estado dispuestos a bajar aranceles propios en nada (y por tanto no hay acuerdos con nadie), y estamos cada vez peor que nuestros directos competidores, que han logrado importantes acuerdos en acceso a mercado. Asimismo estamos más lejos de países amigos como Paraguay, al que ofendimos por honrar la ideología, o Estados Unidos, y nos inclinamos por otro tipo de relaciones. La vergonzosa prevalencia de lo político sobre lo jurídico de Mujica no ha sido un hecho aislado, es toda una postura del gobierno que el mundo conoce, y que hace que aquel prestigio de país destacado por el respeto al derecho se haya esfumado.

Y en lo económico, el cambio no es entre un modelo de un poco más o un poco menos de estado, un poco más o un poco menos de gasto público, o de deuda. La discusión es más honda, y refiere nada menos que a la libertad individual; si el desarrollo debe producirse a partir del estímulo a la libertad de iniciativa de los ciudadanos en un marco legal estable y un derecho de propiedad reconocido, o si en cambio hay que utilizar el estado para desplazar la voluntad de la gente y poner en práctica imperativamente lo que se le ocurre a los gobernantes. Así tenemos 70 mil empleados públicos más, lo que no solo es grave en términos presupuestales, sino que supone toda una definición acerca de los roles de cada quien en la sociedad.

Lo mismo pasa con el tema tributario. La discusión a estas alturas no es entre modelos tributarios, si más o menos impuestos indirectos, si gravámenes sobre el capital o sobre la renta. El tema es sobre la legitimidad del estado de establecer extracciones a unos para darle a otros, sin consideración a sus propios límites, a la expropiación o el expolio al que se ha llegado, destruyendo negocios y montando una moral de pacotilla. En efecto se nos quiere hacer creer que siempre es más justo un gobierno que saca a los que tienen más para darle a los que tienen menos. Y no es así. No es más justo sacar sin límites a quienes no son siquiera la causa remota de los que tiene menos. Hay límites que este gobierno ha traspasado invocando una solidaridad que no es tal, ni mucho menos meritoria al no ser voluntaria.

Habría que ver también cómo ha tratado este gobierno con sus iniciativas a la familia: aborto, matrimonio gay, ley trans, educación en ideología de género, castigos tributarios a las familias con varios hijos, educación arrasada, promoción del porro, etc.

Con la seguridad pasa lo mismo; no es un tema de un poco más o un poco menos de policía. Se trata de concepciones contrapuestas: el gobierno cree que los delincuentes no deben reprimirse demasiado porque la sociedad tiene su culpa, y porque reprimir no está en su ADN. Otros pensamos que la aplicación de toda la fuerza de la ley para defender a la sociedad de los maleantes es una obligación de las pocas muy claras que la sociedad delega en el estado, sin perjuicio de tratar de mejorar a la sociedad a través de políticas ingeniosas, que no incluyen la salarización de la pobreza (Mides) o dando empleos públicos.

Además de estos temas cuyo cambio es mucho más que circunstancial, quedan otros muchos si se quiere más instrumentales producto de una mala gestión. Por ejemplo allí está el tema del agujero negro de las pasividades, o la infraestructura, o los combustibles, o las empresas públicas. Allí hay materia abundante para avanzar, y llama la atención que jerarcas del gobierno se quejen de esos problemas, por ejemplo el ministro Astori, como si fueran ajenos a la herencia que van a dejar.

Los socialistas suelen explicar su fracaso -decía Rével- por el enemigo exterior, el enemigo interior, o el enemigo anterior. No hay que caer en la trampa. Este ha sido un gobierno de 15 años con mayorías absolutas. El régimen que deja es solo de su responsabilidad.

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