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La ventaja de la muerte


@|Si hay algo que los populismos de izquierda o de derecha han aprendido es el manejo del marketing.

Nadie discute en nuestros días que muchos de sus líderes se han transformado no ya en reyes, sino en emperadores de la propaganda y el marketing. Han sabido inventar, diseñar y vender sus personajes, imágenes, sus ideas, sus dichos y mensajes ideológicos como nunca antes se había logrado en la historia política de ningún país. Cuentan además, con una tecnología y medios de penetración a las masas mucho más diversos y sofisticados de los que tuvieron Hitler, Mussolini, Castro, Mao, Lenin o Stalin. Las redes sociales, las falsas noticias y la colaboración de los propios usuarios, para mejor o peor, lo permiten.

Por esa misma razón, la muerte de estos nuevos líderes populares y populistas puede significarles un salto trampolinesco hacia una renovada y reciclada gloria.

Sus seguidores tienen hoy un sinfín de herramientas para lograrlo. Para empezar, siempre van a tener un suficiente número de historiadores dispuestos a reformular el relato de sus vidas, transformándolos en mitos tan heroicos como persuasivos. Deformar y tergiversar la historia para adaptarla a las necesidades ideológicas de turno se ha transformado en moneda corriente.

Hubo un tiempo en el que la frase “la historia la cuentan los ganadores” pudo tener cierto sentido. Pero en la sociedad líquida, liviana o movible actual, se acepta pasiva e indiferentemente la frase “la historia la cuenta cada uno, porque ya no hay más verdad; yo construyo mi verdad como quiero y cuando quiera”. También es conocida la frase “por sus frutos los conocerán…”. Actualmente, los frutos y obras de muchos personajes son re-interpretados, re-adaptados y deformados las veces que sea necesario.

A partir de esta reconstrucción, todo es posible. A las pompas y solemnidades de los funerales sólo hay que irle agregando con el paso del tiempo una dosis de productos marketineros: buenas fotografías del fallecido colocadas y distribuidas en puntos estratégicos, dibujos bien representativos de sus ideas o semblante, una buena selección de sus frases más célebres, stickers, pins, remeras con su imagen impresa, visitas programadas a los sitios en los que vivió o se desempeñó, peregrinajes a su domicilio y su tumba, canciones con letras alusivas al personaje, etc. Con eso y poco más ya será suficiente para transformar al fallecido en icono, héroe, mártir, o todo a la vez.

En pocos años será difícil desentrañar cuál y quién fue en realidad el difunto de turno. No habrá posibilidades de seguir discutiendo con él, de denunciar sus errores, contradicciones o carencias. No existirá la opción de debatir sus ideas con respeto pero con firmeza, pues ya no estará en condiciones de refutarlas o de reconocer sus desaciertos. Todo será mito, o leyenda, o ambos a la vez.

Este es el gran peligro, o la gran ventaja que tiene la muerte. Frente a ella, el respeto por los muertos genera silencio, piedad, deposición de las armas y argumentos, fuera del tipo que fueran. Y es ahí mismo que se comienza a elaborar el renovado relato, que ensalza y glorifica al que no está más en persona, pero que puede vivir en el imaginario colectivo de la gente con mucha más fuerza y continuidad que mientras estuvo presente.

De ahí las ganas que a veces nos pueden venir de pedir y añorar lo imposible: que fulano, mengano o zutano no se mueran nunca...

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