Tomás Linn
Tomás Linn

Se cede demasiado

A veces los cambios ocurren sin anunciarse y eso lleva a que alguna gente viva como si nada hubiera ocurrido. Un desordenado y desconcertante cambio está en proceso en América Latina pero hay quienes, dentro del oficialismo, no terminan de verlo porque no pueden o porque no quieren.

A veces los cambios ocurren sin anunciarse y eso lleva a que alguna gente viva como si nada hubiera ocurrido. Un desordenado y desconcertante cambio está en proceso en América Latina pero hay quienes, dentro del oficialismo, no terminan de verlo porque no pueden o porque no quieren.

Sería injusto decir que el gobierno en su conjunto no tomó nota de ellos. Hay sin embargo, ciertos políticos de la bancada parlamentaria que se niegan a ver la realidad y ejercen presión sobre el Ejecutivo.

El canciller Rodolfo Nin Novoa comenzó su gestión con una visión clara respecto a donde estaban los grandes problemas de la región y a como debía ubicarse el país. Su posición exhibió lucidez y la capacidad de entender la realidad sin anteojeras ideológicas. Nin Novoa era, y sigue siendo, un hombre allegado al presidente Tabaré Vázquez.

Esto significó una diferencia con la primera presidencia de Vázquez, cuando tuvo enormes dificultades para mantener una política exterior coherente, no porque no supiera hacia donde ir, sino porque su canciller (expresión de un sector de peso dentro del Frente Amplio) estaba en sus antípodas. A tal punto que el presidente debió tender una suerte de “by-pass” para sintonizar mejor con la cancillería, al menos hasta que logró que el cargo fuera ocupado por alguien de su confianza.

En esta segunda oportunidad las designaciones correspondieron a gente que el quería. En consecuencia, las cosas empezaron bien.

Pero eso fue solo al inicio. Ahora los mensajes son confusos y a veces patéticos. Nin Novoa oscila entre una postura coherente consigo mismo y las concesiones que debe hacer ante la presión de algunos sectores frentistas. Ya no se trata de hacer un simple saludo a la bandera para cumplir con ciertos ritos. Son concesiones, lisa y llanamente. A veces, cuando encuentra una rendija marca su territorio. Pero no es suficiente para desarrollar una política exterior coherente, consistente y afín a la tradición democrática del país.

Ante el lío respecto a la presidencia pro-tempore del Mercosur, Uruguay al culminar su período argumentó una posición legalista. Si bien no se hizo un traspaso formal, se dejó el cargo sobre una silla para que lo recogiera Venezuela pese a la oposición de los demás miembros. Eso le generó al gobierno algún problema con Brasil, que derivó en dichos duros de unos y otros y una prudente marcha atrás por parte de Uruguay.

La tesis uruguaya es que lo jurídico importa más que lo político. Tesis inversa a la usada por el anterior presidente José Mujica cuando se suspendió a Paraguay del Mercosur y se permitió que Venezuela entrara por la ventana. Ahora Uruguay aduce respetar las reglas a partir de una realidad creada sobre reglas que no fueron respetadas. Hay una irregularidad de origen que está en la base de este entuerto. Y eso es lo que Uruguay no entiende. Da lo mismo ahora respetar lo jurídico, ya es tarde para eso.

Ante la enojada reacción de los demás socios y los cuestionamientos a Venezuela en otros foros internacionales, Nin Novoa dijo que había una especie de “bullying” contra dicho país. La palabra define un tipo de acoso, una actitud patotera contra el más débil. Pero la expresión no se aplica para este caso. Al contrario, ha sido la retórica usada por su colega venezolana Delcy Rodríguez o por el presidente Nicolás Maduro la que se transformó en “bullying”. En forma sostenida y sin cuidar el lenguaje diplomático, la canciller y Maduro basurean, insultan y destratan a los gobiernos con los que se supone debe negociar. Son ofensivos y agresivos.

Tal conducta hasta parece suicida. Si Venezuela debe convencer que los demás están errados, no lo logrará así. Solo conseguirá que sus socios se abroquelen aún más en su animosidad. La actitud belicosa del régimen chavista hace pensar que en el fondo quiere irse. O para ser más precisos, quiere ser echado.

El país ambiguo, dubitativo y poco claro en todo esto ha sido Uruguay. Paraguay le dio a entender que si no estaba a gusto que se fuera y el altercado con Brasil no dejó bien parado a Uruguay que quedó a la defensiva.

El Mercosur, hoy en su más profunda crisis pues está en cuestión su misma razón de ser, fue creado para abrir el comercio entre sus miembros pero terminó siendo, al igual que la Unasur, un club de presidentes, amigos entre ellos, cuyo cometido es defenderse unos a otros y durar en el poder lo más posible. El problema ahora es que aquella complicidad entre los mandamás ya no corre.

Nin Novoa podría tenerlo claro y ajustarse bien a la nueva realidad. Pero a buena parte del Frente Amplio le gusta como era antes. En consecuencia, presiona para que la política exterior se radicalice como si todo siguiera igual.

El presidente, pese a que cedió ante otras presiones internas, en este tema debería atenerse a su visión original. Y debería proteger a su canciller y al equipo que con el que trabaja, de toda esta trasnochada presión. Que se mantenga en sus reflejos originales. Iba por buen camino.

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