Sergio Abreu
Sergio Abreu

Promesa y compromiso

Uruguay y sus instituciones asisten a una victoria histórica equivalente a lo que significó el plebiscito convocado por el gobierno militar en 1980.

Un inmenso logro contra la revolución gramsciana que durante quince años construyó un falso modelo de bienestar con el objetivo de concentrar el máximo del poder. El resultado es un enorme triunfo de la democracia, de la verdadera, de la que se somete a las urnas contra todo intento de desvirtuarla. Visto con perspectiva un 6% o un 10% de diferencia en la segunda vuelta nos hubiera embriagado de triunfalismo y hasta relativizado la importancia de ese esfuerzo liderado por el Presidente electo.

El éxito de hoy no se produjo por generación espontánea, por lo contrario, se alimentó de fracasos anteriores, de la madurez del candidato, del equilibrio de la fórmula y de la ausencia de sectarismo. Convivieron los dirigentes de varios partidos, sus líderes trabajaron y militaron sin tener en cuenta la edad ni los kilómetros; paso a paso se convenció a la ciudadanía que subsidios, cargos políticos multiplicados, prebendas propias de un populismo a la uruguaya tuvieron como resultado un déficit fiscal indecente, una tasa de desempleo del 10%, una caída de la inversión y el estancamiento de la economía.

Muchas son las cosas que tenemos que festejar. Primero, la respuesta que se le dio al “neutral” Pit-Cnt y a los artistas de una cultura anticapitalista. Segundo, la prevalencia de una consciencia democrática en una región que arde, donde los llamados “progresistas” mezclan protestas legítimas con terrorismo organizado y legitiman el fraude y las violaciones de los derechos humanos bajo el denigrante “sublema chavista”. Una esquizofrenia ideológica que justifica la mutilación de cuerpos y almas en nombre de una utopía instalada en el corazón de la fuerza política derrotada; esa utopía arrogante que no admitía opiniones distintas ni aceptaba reconocer un solo error.

Ha sido un enorme triunfo. Y fue mejor ganar así, en una transición donde los que calificaron al Presidente electo de “pompita” y “pituco” le entregarán la Banda presidencial y le tomarán el juramento constitucional enfrentados a una lección de humildad democrática que sirve de ejemplo dentro y fuera del Uruguay. Un esfuerzo que resalta el costo que significó derrotar la soberbia de una fuerza política que exudaba intolerancia creyéndose portadora de una verdad absoluta. Dos instancias electorales que nos demuestran una vez más que es más difícil saber ganar que saber perder y que en estos momentos se necesita firmeza y modestia; templanza y comprensión y sobre todo cuidar de ESTA ENORME VICTORIA para alumbrar las que deberemos construir en el futuro.

La coalición liderada por Lacalle Pou hizo creíble una propuesta destinada a recuperar la cohesión social mediante una inserción del Uruguay en la era del conocimiento y de la revolución tecnológica. Ahí está el desafío de reformar la Educación, el funcionamiento del Estado y lograr mayor competitividad para nuestra producción. Pero para alcanzar todo eso necesitamos la serenidad de los espíritus, la que ha marcado en la historia el Partido Nacional haciendo que desde el gobierno y la oposición se privilegie tanto el esfuerzo como el sacrificio común.

No tenemos derecho a fracasar en este mandato popular que podría resumirse en hacer de nuestra sociedad algo parecido a lo que fue años atrás; un país de diálogo, de respeto recíproco entre su gente, una sociedad segura. El gobierno que asumiremos nos hace protagonistas centrales. Es el momento de la cabeza levantada. Ya vendrán los reclamos incluso de aquellos a los que vamos a rescatar de sus postergadas posiciones. No son ni serán tiempos de reclamar gratitudes porque un buen gobierno debe cumplir sus objetivos y alcanzar la paz social. A esto nos debemos todos y en particular el Partido Nacional que existe para servirlo, defender las leyes y garantizar la libertad.

Partidos como el nuestro no se agotan, decía Wilson. Atraviesan momentos de crisis, pero siempre encuentran fuerzas para revivir porque hacen a la vitalidad del país. Los blancos, permítaseme esta licencia, son los parteros de la convivencia armónica y los padres del sufragio universal y secreto, los que más aportaron para que hoy como al pasar, se diga en todo el mundo que gozamos de una democracia ejemplar y de una institucionalidad fortalecida. Para tenerlas luchamos contra la violencia tupamara, la dictadura militar y convivimos quince años con gobiernos frentistas levantando nuestra voz contra los que desconocieron derechos fundamentales para perpetuarse en el poder.

La hora del triunfo es un instante. Muchos nos dijeron que en el estado en que encontraríamos el país no valía la pena ganar sin entender que una derrota más hubiera sido la tragedia más grande que viviría el país. Confieso que lloramos de tristeza cuando perdimos y de alegría cuando ganamos sin que nunca incubara en nuestro espíritu partidario la idea de que el fin justifica los medios. El pueblo nos dio cinco años que intentaremos renovar, pero eso dependerá del gobierno, de la unidad de nuestro Partido y de la grandeza con que se conduzca esta coalición. Una promesa y un compromiso.

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