Sergio Abreu
Sergio Abreu

No es poca cosa

En 1942, Einstein envió al Presidente Roosevelt una carta aconsejándolo encarar la fabricación de una bomba de energía atómica antes de que Hitler la pudiera desarrollar.

En 1942, Einstein envió al Presidente Roosevelt una carta aconsejándolo encarar la fabricación de una bomba de energía atómica antes de que Hitler la pudiera desarrollar.

Inmediatamente, para su fabricación y bajo el más estricto secreto trabajaron varios sabios de distinta procedencia que dispusieron de colosales recursos para alcanzar ese objetivo; de tal forma que el desarrollo de la investigación, los científicos involucrados y los recursos utilizados no fueron ni siquiera del conocimiento del Congreso de los Estados Unidos.

El 16 de julio de 1945 el experimento del llamado Proyecto Manhattan se concretó en el desierto de Nevada con un resultado más que exitoso.

En agosto de 1945 los Estados Unidos lanzaron sobre Hiroshima la primera bomba atómica, y luego la segunda, sobre Nagasaki dando inicio a la era del armamento nuclear e imponiendo la rendición incondicional del Imperio japonés.

Eran tiempos de negociaciones que se sucedían desde Yalta hasta Posdam e incluso de la creación de la Organización de las Naciones Unidas que sustituía a la desgastada Sociedad de las Naciones, originada luego de la Paz de Versalles en 1918.

En este escenario, la URSS, que bajo la rigidez y la habilidad diplomática de Stalin aspiraba a consolidar un agresivo expansionismo, se vio desestabilizada frente al monopolio del armamento atómico americano, que con sus tétricos resultados le aseguraba una superioridad bélica definitiva.

Es así que en 1949, cuatro años después de Hiroshima, la URSS accedió también a su propio armamento nuclear, y luego en 1953 a la bomba de hidrógeno, nueve meses después que la desarrollaran los Estados Unidos.

La esquizofrenia militar embarcó a ambas superpotencias en una desenfrenada carrera armamentista en la que los generales y científicos involucrados no estaban en condiciones de calibrar la importancia de esa locura.

La Guerra Fría fue su natural consecuencia; las dos superpotencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial postulaban modelos diferentes en cuanto al sistema político y el orden económico.

Sin embargo, ya enfrentadas, se convencieron de que una guerra con armas nucleares era el equivalente a un pacto suicida, por lo que, aunque en varias oportunidades, las dos superpotencias se sirvieron de la amenaza nuclear, tuvieron la prudencia de evitar que la intención se concretara en los hechos.

En ese nuevo escenario bipolar, Estados y satélites afines a los dos polos centrales de la Guerra Fría, comenzaron a demandar armas atómicas en un marco de negociaciones políticas y comerciales que respondían a los intereses de unos y otros. Pronto los franceses y los ingleses en la década del 50, los chinos en los 60 y otros países durante los 70 y 80 adquirieron la capacidad de producir armas atómicas; entre ellos Israel, Sudáfrica, Pakistán y la India, a pesar de que los enormes recursos utilizados resultaron ser ineficaces ante la sola amenaza de una guerra nuclear.

Es bueno recordar el memorable debate entre el Embajador soviético Valerian Zorin y el Embajador americano Adlai Stevenson en las Naciones Unidas con motivo de la denuncia de la existencia de misiles en Cuba de fabricación soviética. El gobierno de Kennedy instruyó a su embajador a preguntar al representante soviético que respondiera por sí o por no, respecto de esa amenazante situación. Zorin advirtió que la respuesta iba a estar cuando llegara el momento, mientras que Stevenson exhibía fotos desde aviones de reconocimiento U2 sobre el territorio cubano y afirmaba que estaba dispuesto “a esperar la respuesta hasta que se congele el infierno”.

La proliferación de armas nucleares se transformó entonces en un problema estratégico para el nuevo orden (o desorden) internacional.

Los Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido, negociaron en 1968 el Tratado de no Proliferación Nuclear al que se adhirieron Francia y China en 1992 y que hoy cuenta con 189 estados signatarios.

A pesar de este avance, Corea del Norte denunció posteriormente el Tratado y otros Estados transmiten una gran preocupación sobre el balance del poder nuclear en el nuevo mundo multipolar.

La incertidumbre no es solo teórica, y esto se debe a que la carrera armamentista nuclear habilita a muchos estados a amenazar con posiciones apocalípticas para obtener perversas ventajas sobre sus ocasionales rivales.

Actualmente, el discutido proyecto de Acuerdo entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, Francia, el Reino Unido, Rusia y China) más Alemania, va en el sentido de ejercer un liderazgo compartido para reducir los riesgos provenientes del programa nuclear de la Republica de Irán; apunta a administrar y a controlar las difíciles relaciones de Irán, no solo en la región sino también en su proyección global.

El propio Netanyahu, hoy vencedor las elecciones en Israel, el 3 de marzo, ante el Congreso de los Estados Unidos invitado por el Partido Republicano, sin el consentimiento del gobierno, denunció que el acuerdo que se estaba gestando iba a pavimentar el camino del terrorismo iraní.

Por otra parte las grandes potencias entienden que un acuerdo aún con incertidumbres es mejor que no tenerlo y que las exigencias que se le imponen a Irán en materia de enriquecimiento de Uranio y de Plutonio son una forma de controlar su política nuclear aunque se maneje en un plazo de 10 años.

Si Irán accede a firmar un acuerdo reclama el inmediato levantamiento de las sanciones económicas que hoy se le aplican y que lo afectan sustancialmente, pero que está en manos de las reticentes mayorías del Congreso de los Estados Unidos.

En resumen, la nueva era nuclear está construida sobre bases muy frágiles y la posibilidad de usar armas nucleares crece en forma alarmante; la opción nuclear está instalada y amenaza la estabilidad global. No es poca cosa.

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