Martín Aguirre
Martín Aguirre

El último regalo de Trump

Se volvió loco el mundo? Esa es la reacción al volver de unas breves vacaciones y ver las noticias. La pandemia arrasando medio planeta, China a punto de fagocitarse Hong Kong, nevadas históricas, sequías, Greta Thunberg (de nuevo) por todos lados. ¡Socorro!

Por suerte, en ese oasis de previsibilidad tan necesario, Crónica TV se enfoca en el loro Pancho, “raptado” cruelmente de una familia argentina, a la que ni siquiera se le envió prueba de vida. ¡Un horror!

Pero, fuera de chistes, el tema excluyente es EE.UU.. Este final operístico de la administración Trump (¿cabía esperar otra cosa?), con una turba asaltando el Congreso, incitada y luego condenada por un presidente que puede terminar preso, y que ya anunció que imitará a Cristina Kirchner y no entregará el poder a su sucesor, tal vez el símbolo más expresivo de lo que es una democracia.

Con los pies plantados en Uruguay, estas noticias tienen enormes implicancias.

La primera es si estamos ante los estertores finales de la hegemonía que EE.UU. ha tenido en el mundo desde la caída del Muro de Berlín, como han señalado en las redes varias figuras del FA.

Es llamativo cómo todavía, incluso entre figuras de recambio de esa coalición, se sigue cultivando un odio hacia Estados Unidos tan infantil como miope. Nos podrá gustar más o menos la forma de liderazgo de la mayor democracia del mundo, pero teniendo en cuenta la forma de manejarse de quienes aspiran a desafiarlo... Tal vez usted, amigo lector, opine distinto, pero al autor de estas líneas dele un siglo más de “pax americana”, que lo compra sin chistar. Igual, pese a todo, el liderazgo político, económico, tecnológico y militar de EE.UU., todavía está muy lejos de ser amenazado.

La realidad es que lo visto en las últimas horas consolida la convicción de que la democracia liberal es el mejor sistema a la hora de reaccionar a los empujes autodestructivos de cualquier sociedad. La forma en que el Partido Republicano viene respondiendo ante esta crisis, y el hecho de que a Trump se va dejándolo en minoría en ambas cámaras y divorciado de un sector enorme de la sociedad, muestra que la regeneración ya está en marcha. No será el fin del “trumpismo”, sentimiento de raíces profundas y que precede al propio Trump, pero sí del todavía presidente. Cuyo último mensaje condenando la asonada lo ha hecho pelearse hasta con su base, y que si no termina preso, acabará reeditando su reality show en algún canal de Youtube. Si no lo cancelan también de ahí.

Esto nos habilita a ingresar en otro gran tema disparado por el episodio: la decisión de las plataformas de internet, de cerrar las cuentas del mandatario. ¿Censura? ¿Golpe a la libertad de expresión? La verdad es que nada de eso aplica, ya que se trata de empresas privadas. Y la Primera Enmienda, ese faro de protección de la libertad de expresión sin parangón en el mundo, solo ampara frente a limitaciones impuestas desde un gobierno.

Lo que sí muestra esto es el poder que tienen hoy estas plataformas, lo cual requiere un abordaje urgente a nivel global. Dos motivos simples. Primero, si Twitter y Facebook pueden condicionar al presidente democrático del país más poderosos del mundo, imagínese a usted. Segundo, ¿por qué callar a Trump, y ahora dejar que el líder iraní que tuitea que hay que eliminar a los judíos siga con su cuenta activa? ¿O Maduro? ¿O Duterte?

Pero lo más grave de todo esto es que el episodio de esta semana es la punta del iceberg de un fenómeno global que se viene incubando desde hace años. Y que estas plataformas de internet, con su modelo de negocios basado en potenciar la polarización social, y esta postverdad donde un terraplanista vale lo mismo que un premio Nobel, o una noticia del Washington Post lo mismo que una de La Gaceta de Parallé, han llevado a extremos insalubres.

Casi tan triste como ver a ese Jamiroquai clase B y su corte de guajiros pavonéandose entre los cuadros de la histórica Rotunda, es ver a muchos uruguayos, algunos incluso de cierto nombre, replicando las teorías conspirativas que aseguran que las elecciones fueron robadas. Eso pese a los más de 60 recursos judiciales rechazados, en muchos casos por jueces nombrados por el propio Trump.

Pero si estas reacciones no son suficiente para aplacar su soberbia “nuevouruguaya”, y sigue creyendo que el populismo, la demagogia, y esa forma de hacer política cultivando la división fratricida, es algo contra lo que estamos vacunados, vaya a leer la entrevista de este mes de Mujica en Búsqueda. Para los que dicen que todo lo malo acá llega 10 años después.

Por suerte, siempre podemos enfocarnos en la saga del loro Pancho, y seguir convencidos de que somos unos “crá”.

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