Martín Aguirre
Martín Aguirre

De Ferrari en Ferrari

Hay algo especial en los autos de la prestigiosa marca italiana. Una mezcla de lujo, ostentación, exceso, que hace que incluso quienes no sentimos pasión alguna por los motores, nos demos vuelta a mirar cuando pasa un "caballito rampante" a nuestro lado.

Tal vez sea algo propio de la generación que vivió los 90, donde estos autos eran emblema desde Vicio en Miami hasta Carlos Menem.

La cuestión es que en el último mes, dos coches Ferrari concentraron los comentarios en Uruguay.

El primer episodio ocurrió antes de las fiestas, cuando las redes sociales se llenaron de fotos de un Ferrari blanco estacionado en el corazón de una zona roja capitalina. Las apariciones de este coche se hicieron "virales", como se dice ahora, y hasta circuló un video de un joven que chambonea al querer acelerarlo en la rambla y termina atascado contra el cantero central.

Los comentarios empezaron a ser acusatorios. ¿Cómo es que hay un coche de medio millón de dólares estacionado en un barrio donde la policía casi no ingresa? ¿A quién pertenece? ¿Estamos ante una muestra del nivel de impunidad y ostentación de la nueva oligarquía de la droga?

Las autoridades salieron de inmediato a contestar estas afirmaciones, filtrando a algún medio datos de que el coche había pertenecido a alguien que estaba prófugo por estafa, y que había sido comprado por un extranjero y llevado fuera del país. O sea, mucho dato sobre su dueño original, casi nada del actual, y menos todavía de explicar qué hacía en una zona tan riesgosa de la capital.

El segundo caso es más reciente. Se trata de la detención por parte de Interpol de un dirigente sindical argentino en una exuberante propiedad en el balneario Playa Verde, donde se incautaron armas, dinero en efectivo, y lujosos autos entre los que destacaba otro Ferrari. Un nivel de dispendio difícil de explicar en alguien cuyo cargo era secretario general del Sindicato de Obreros y Emplea-dos de Minoridad y Educación, algo así como el Joselo López argentino.

Más allá de lo particular del nivel de ingresos de la aristocracia sindical argentina, el caso despertó muchas preguntas. Porque vivimos en un país donde el "Gran Hermano" estatal maneja niveles de información escandalosos, donde la DGI toca la puerta de colegios y clubes para comprobar el nivel salarial de los contribuyentes, donde a nivel bancario poco menos que hay que exhibir una colonoscopía para poder mover mil dólares, y donde hemos sido los primeros de la clase a la hora de firmar acuerdos tributarios con medio mundo. ¿Entonces? ¿A nadie en el Estado le saltó una luz roja ante semejante nivel de vida? Vale decir que hace no menos de cuatro años que el sindicalista compró esa propiedad, y solo el muro perimetral le haría caer la baba de envidia a Donald Trump.

Estos dos episodios dicen mucho sobre el Uruguay de hoy. Incluso a nivel político.

Por un lado hablan de los diferentes estándares de eficiencia de nuestras autoridades. Porque en el caso del Ferrari de la zona norte, la explicación oficiosa del asunto tiene más agujeros que un queso. Un empresario extranjero viene a Uruguay a comprar un coche que aquí con impuestos cuesta 10 veces más que en cualquier otro lado. Y como si fuera poco lo deja parado unos días en un barrio en el que si Mujica deja su famoso fusca, a la mañana siguiente lo encuentra desguazado. Ta, es verdad que el fusca de Mujica lo había tasado un jeque árabe en un millón de dólares, pero igual.

Y en el caso del gremialista argentino, más o menos lo mismo. Por un lado le ponemos una lupa inmensa sobre el lomo al sufrido contribuyente de a pie, al pequeño comerciante, y sacamos pecho porque firmamos un tratado con Argentina que pone fin a la "joda" (y de paso le dio un golpe durísimo a la industria inmobiliaria esteña). Pero resulta que un tipo lleva en Ferrari a sus hijos a la escuela, se gasta un par de cientos de miles de dólares en palmeras para decorar la entrada a su finca, entre otros excesos absurdos, y no se entera nadie.

Pero por otro lado, todo esto deja en evidencia una continuidad en cierta desidia estatal frente a los manejos financieros turbios, que los gobiernos de los últimos años se ufanaban en pretender desmentir. Lo del sindicalista argentino no guarda mayor diferencia con lo que pasaba en Punta del Este en las épocas doradas del menemismo, con lo cual la línea familiar entre aquella época y los años gloriosos del kirchnerismo compañero queda más patente que nunca.

Pero también queda patente que cierta chapa de cruzados de la honestidad y el sacudón a las reglas de juego que permitían que Uruguay fuera una supuesta zona liberada para el disfrute de la corrupción regional, tampoco tienen base real. Como dice el refrán, "del dicho a hecho..."

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