Luis Alberto Lacalle
Luis Alberto Lacalle

Tú, el responsable

Disculpe el lector el tono del título. Ha sido poco frecuente personalizar de esa manera un mensaje, enfrentar al amigo lector y, sin vueltas, decirle lo que pensamos, como se dice hoy en día "encararlo", para que el mensaje no tenga equívocos, para no decir "gre, gre" para mencionar a Gregorio.

Y que conste que no nos cuesta nada agregar al título un "Yo responsable", para que no nos ubiquemos en el siempre cómodo asiento de los que indican qué hacer... a los demás.

En el invierno-primavera de 1836 comenzaron a cuajar, alrededor de Oribe y Rivera, grupos de ciudadanos con similares visiones de la realidad y con conductas que los hacían sentirse "parte" de un ente colectivo, de un "partido" que pronto se distinguió por su divisa blanca o su divisa punzó. Tomaron "partido" por uno u otro caudillo.

Lejos estaba del ánimo y aun de la voluntad de aquellos doctores y paisanos el constituir partidos políticos tal como hoy los conocemos, pero es de esa semilla generosa que nació nuestro sistema de partidos, el más antiguo del mundo, que iba a marcar indeleblemente al Uruguay y a elaborar, trágicamente enfrentado a veces, acordando otras, un sistema de convivencia que nos dio perfil, carácter y paz. Otros partidos como el Constitucional se incorporaron mayoritariamente al Partido Nacional.

Hace más de cien años nació el Partido Socialista, una década después apareció el Partido Comunista, la Unión Cívica del Uruguay —hoy adherida al Partido Nacional— nace en el siglo XIX, el Partido Demócrata Cristiano es una versión más moderna de parte de la Unión Cívica. En 1971 nace como coalición el actual Frente Amplio. En 2002 surge a la vida política el Partido Independiente y recientemente se fundan el Partido de la Gente y la Izquier-da Unida. Plena prueba de salud democrática y de es- peranza republicana. ¿Sí? ¿Realmente? ¿O institucionalidad quinquenal, instrumental del sufragio y poco más?

La sociedad muestra claramente en su seno, distintos centros de poder. Los hay institucionales como los tres poderes clásicos, los hay provenientes del poder económico o sindical, deportivo o cultural, los medios de comunicación a los que deben de agregarse las redes sociales. También, en el lado negativo, el narcotráfico, el terrorismo, los cyberpiratas. Es decir que el sistema ganglionar de esos centros se extiende por todo el cuerpo social y su poder es más que notorio.

Pero entre ellos solo hay un sistema que es el de la canalización del poder, único capacitado para seleccionar y hacer elegir a los gobernantes y a los que deben controlar a los gobernantes. Son los tan vilipendiados partidos. En ese panorama de fraccionamiento, de grietas cada vez más profundas, de encerramiento en la propia creencia rechazando radicalmente las de los demás, es que cabe a los partidos el encontrar comunes denominadores que "aten" a la comunidad nacional. A los partidos se les pide que hagan primar sobre toda otra la categoría de "ciudadanos", el concepto que nos abarque a todos, la bisagra que articule las diferencias. ¡Casi nada!

Pero esos partidos, esas instituciones no giran en el vacío, no son abstracciones despersonalizadas, por el contrario dependen para su vida misma de que todos —Ud. y yo— les demos virtualidad con nuestra acción y nuestro compromiso.

No se puede criticar a los partidos, al sistema, prescindiendo de usarlo, permitiendo que se vacíe, que carezca de la máxima representatividad. En nuestras manos está esa responsabilidad. Primero, la de votar y de hacerlo a conciencia, recordando los efectos quinquenales incambiables que tiene el simple acto de depositar nuestro voto. Luego, porque esto solo no alcanza, participar hasta donde sea posible, tanto en las organizaciones partidarias como en las elecciones internas.

Desde 1996 no hay entre nosotros candidaturas generadas entre cuatro paredes. Los partidos fundacionales llevaron a cabo en la reforma constitucional de entonces una obra revolucionaria entre nosotros. Eliminaron el sistema de doble voto simultáneo y abrieron la integración de sus autoridades y la nominación de los candidatos a presidente a la participación de todos, de todos. No vale entonces pontificar, criticar, acusar si al propio tiempo no se actúa, no se hace lo que al alcance de cada uno esté por mejorar la representación.

Dos son las instancias. La de las elecciones internas de participación voluntaria es la base del proceso. Dejar pasar esa oportunidad sin votar implica tener que callarse si los definitivamente designados para las autoridades de los partidos o al candidato a presidente de cada colectividad no nos gustan.

¿No puso su voto en la urna? A callar entonces, a no abrir la boca para criticar las opciones que se ofrecen. La otra instancia, la definitiva y con voto obligatorio debe de ser precedida de similares cautelas para ejecutar de la mejor manera el simple acto de votar por las autoridades. No vale arrepentirse el lunes siguiente.

El planteo es frontal pero lo consideramos necesario. Tanto se critica, opina y transmite a través de las redes que es preciso recordar a esos compatriotas que en sus manos está la responsabilidad. No hay otro camino.

¿Que cuesta tiempo trabajo y dinero? ¡Por supuesto!… pero más cuestan cinco años de mal gobierno. Y a no demorarse, porque formar opinión no es cosa ni fácil ni de un solo día de esfuerzo.

Desde abajo se construye, desde cada uno de los que asuman sus responsabilidades. Uno más otro, más unos amigos, más los que piensen parecido. Por las redes, convocando, marcando metas, exigiendo conductas. Si hay tiempo para deportes o entretenimiento, el país pide una parte del mismo. Te lo pide a ti, "el responsable".

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