Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Qué le pasó a aquel tipo

En los años 50 la palabra “tipo” tenía prestigio. Con respeto reverencial se hablaba de los tipos en el trabajo con plomo de la imprenta. Con gesto científico se explicaba los tipos psicológicos de Jung.

Con adustez se hablaba de la tipicidad según el esquema que lanzó Beling y conquistó al mundo jurídico. Se alzaba la mirada para exclamar que aquel era un gran tipo. Bajándola con desprecio se musitaba qué se cree ese tipo.

Fue en ese contexto que Wimpi escribió sobre el tipo y habló siempre para el tipo, hecho de perplejidad y frustración, grandeza y miseria, no tan bueno como para ir al Paraíso ni tan malo como para merecer el infierno.

El tipo: irrepetible pero en serie; singular pero símbolo; pinta propia pero genérico. Y al revés de los alias y motes que reflejan señas o tics del que los soporta, el tipo que acuñó Wimpi se erigía como caricatura de su tiempo, su circunstancia y su conciencia, pero llevaba por dentro al hombre universal. Es que el proyecto nacional de los años 50 recogía realmente ideales sin frontera. Afirmaba la libertad y la justicia y creía posible conjugarlas sin crucificar la paz. Tenía confianza en que saber y andar derecho construía una vida buena.

Ingenuo o zahorí, el tipo abrazaba valores sin teoría, por sentimiento espontáneo. Se guiaba por refranes. No le habían enseñado el “todos contra todos” darwinista ni le habían encajado el sueño de revoluciones surgidas de determinismos sociológicos.

Aquel tipo creía en la voluntad, sin el peyorativo “voluntarismo”. No hablaba de “referentes”: admiraba. Y creía en sus fuerzas.

Pero algo grave lo cambió. De a poco, bajó la guardia. Y un día se encontró con que para conseguir una “Reserva de visita presencial” iba a teclear a distancia e iba a recibir una respuesta sin firma responsable: “Advertencia: No existe disponibilidad para el trámite seleccionado”. Se da cuenta que no es él quien debería recibir la advertencia, sino los genios sin rostro que inventaron el sistema. Traga saliva matinal y así sigue la jornada entera. Hasta que, limitado aquí, reducido allá, saca en conclusión que pasó de vivir la libertad-derecho-natural a forcejear dentro de la libertad-autorización-administrativa. Lo cual lo rebaja a él como tipo.

Aquel mundo ensanchaba paisajes del alma. El de hoy estrecha corredores de gestión. Aquel esperanzaba con forjar a campo traviesa un hombre entero. Este recorta al tipo -asunto, drama, tragedia- para embretarlo en una horma cibernética de dos renglones, a la que debe adaptarse si quiere gestionar un empleo, leer su expediente o despedirse de un moribundo querido.

Por cierto, el tipo de mediados del siglo XX tenía una esencia común con el que dibujó Chesterton, y antes el romanticismo y antes la Ilustración. Y tenía una esencia común con los clásicos: el que en el siglo XVII pintó La Bruyêre y el que tres siglos antes de Cristo perfiló Teofrasto. Esa esencia secular sigue en nuestras venas, pero está hoy taponada, anestesiada, en eclipse bajo densas capas de tecnologías y silencios.

Consecuencia: el tipo vive tironeado, embozalado, escondido de sí mismo, manejado desde afuera.

En realidad, fugado de su idealidad y peleado con lo mejor de sí mismo.

Lo cual lo restringe como persona y lo ahoga como protagonista fuerte de la vida republicana que necesitamos para bien de todos sin excepción.

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