Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

Hay muchos responsables

El horroroso crimen del señor David Fremd en Paysandú, sin duda conmovió al país. Con todo, no faltó algún cretino que dijera que los homicidios menudean y no se hacen manifestaciones de solidaridad.

Felizmente, estas expresiones -que ocultan recónditos resentimientos- fueron minoritarias. El país realmente se sacudió frente a algo que creía imposible: un crimen por razones religiosas, un asesinato por prejuicio étnico; la aparición de un uruguayo, cuchillo en mano, matando a un judío en nombre de Alá…

No obstante esta reacción, muchos comentarios, al aludir a la salud psíquica del asesino, le describen como un “loco suelto”, un “enfermo”, una “bala perdida”… Por supuesto ello pone sobre las autoridades del magisterio una pesada responsabilidad: ¿cómo ese ciudadano díscolo, que se encadenaba para desafiar resoluciones oficiales, podía seguir dictando clase a niños?

Ahora bien, ese carácter, ¿disminuye en algo su responsabilidad? El juez pide una pericia psiqui

El horroroso crimen del señor David Fremd en Paysandú, sin duda conmovió al país. Con todo, no faltó algún cretino que dijera que los homicidios menudean y no se hacen manifestaciones de solidaridad.

Felizmente, estas expresiones -que ocultan recónditos resentimientos- fueron minoritarias. El país realmente se sacudió frente a algo que creía imposible: un crimen por razones religiosas, un asesinato por prejuicio étnico; la aparición de un uruguayo, cuchillo en mano, matando a un judío en nombre de Alá…

No obstante esta reacción, muchos comentarios, al aludir a la salud psíquica del asesino, le describen como un “loco suelto”, un “enfermo”, una “bala perdida”… Por supuesto ello pone sobre las autoridades del magisterio una pesada responsabilidad: ¿cómo ese ciudadano díscolo, que se encadenaba para desafiar resoluciones oficiales, podía seguir dictando clase a niños?

Ahora bien, ese carácter, ¿disminuye en algo su responsabilidad? El juez pide una pericia psiquiátrica porque quiere apreciar el grado de perturbación del responsable. Pero lo consideró imputable y por eso lo procesó por tres delitos, o sea que asumió, a primera vista, que el ataque fue cometido “con conciencia y voluntad”, como dice el Código Penal. Solo podría eximirse de la pena si se determinara que el asesino “no fue capaz de apreciar, o solo lo fuera parcialmente, el carác- ter ilícito del mismo”. Es evidente que alguien que acababa de dar clase sin que nada irregular ocurriera, tuvo clarísima la ilici-tud de su conducta. Sus propias manifestaciones en el Juzgado, reconociendo su militancia religiosa como fuente de inspiración de sus actos, prueban la conciencia plena de su ilicitud.

Detrás de este tema, hay otras reflexiones a hacer. Una de ellas es que debe entenderse que esas personas frustradas, resentidas, con desequilibrios emocionales, insatisfechas con la sociedad, son las que sienten más inclinación por estos movimientos violentistas, dogmáticos que, poseídos de una causa mesiánica, le ofrecen una sublimada visión heroica. No se trata entonces de minimizar la importancia del episodio. El terrorismo es siempre así: detrás de sí hay mucha perturbación, mucho odio.

En otro orden más general, no debemos eximir de responsabilidades al conjunto del Islam y a mucha gente que, aun sin advertirlo, contribuye a la satanización del pueblo judío. Está muy difundida en Occidente la idea que es Israel quien maltrata y tiraniza al pueblo de Gaza, cuando Israel le devolvió su territorio en búsqueda de paz y solo ha recogido a cambio el desconocimiento y la agresión. Los demás estados islámicos no le aportan inversiones productivas a la zona de Gaza, no construyen hoteles para ofrecer trabajo. Al contrario, les proveen armas para agredir. Su única fuente de trabajo está, paradójicamente, en Israel, al que no se le reconoce ni la existencia. Naturalmente, puede haber errores en su política, pero estos aspectos fundamentales no deberían ofrecer dudas.

Los dramáticos episodios en Siria han dado por tierra, además, a ese simplismo de que bastaría resolver la cuestión pales- tina para que el Medio Oriente se pacificara. Es evidente que se vive lo contrario. Los cristianos son tan perseguidos como los judíos. Los chiitas y sunitas musulmanes se matan entre sí implacablemente. Y el Estado Islámico, inequívocamente, le ha declarado la guerra a todo Occidente y a sus valores. Desde Nueva York a París, no se precisan más demostraciones de que esta furia no se detendrá con concesiones. Aquí mismo, en Montevideo, uno de los sirios importados de Guantánamo, con todo desparpajo se declara partidario de Al-Qaeda y sus métodos, sin que pase nada.

Así aparecen enormes responsabilidades de corrientes políticas occidentales, la mayoría marxistas, socialistas o simplemente populistas, que se suman alegremente al coro de la impugnación a Israel y al pueblo judío, que termina satanizado. Ese clima, ese ambiente, es el que ofrece la irresponsable “justificación” a estos enemigos de los valores humanísticos que son el corazón de Occidente. Ocurre en nuestro país y muchos que ahora se suman al repudio general, eluden con rostro distraído la enorme responsabilidad que contrajeron con su prédica simplona y falsa sobre el maltrato a los palestinos de Gaza. Hasta parecen asumir como tranquilizador que el asesino no pertenece a ninguna organización, cuando mata en nombre de Alá del mismo modo que lo están haciendo en Israel, como consigna universal.

También es muy frecuente oír el deslinde entre musulmanes pacíficos y musulmanes violentos. Es obvio que no todos son terroristas. Pero también lo es que todos los terroristas son islámicos y que, por lo tanto, recae una enorme responsabilidad sobre el conjunto. En algunos países, como Francia, han hablado los sensatos, pero nunca se pasa de una declaración. No se advierte un compromiso y una militancia firme que contrarresten la prédica de odio que brota en mezquitas y escuelas, donde está la semilla del mal.

La realidad es que nos ha llegado aquí también el conflicto y no cabe pensar que hemos sufrido solo un episodio. Estamos ante un fenómeno global, con medios y consignas terroristas universales a las que nadie escapa. Seamos claros, muy claros. Hay que enfrentar el tema en su raíz, en la prédica, en los conceptos. Asumir inequívocamente que esta es una guerra contra todos los valores occidentales y que las ambigüedades son complicidad. Es triste decirlo, pero es así.

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