Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Cuchillo de palo

El éxito electoral de las izquierdas latinoamericanas está evidentemente vinculado a su singular destreza en la creación y manejo de los relatos. Dentro de un panorama de desconfianza al barrer en la honestidad de los políticos la izquierda consiguió instalar una salvedad; la patentó Vázquez (nosotros podremos meter la pata pero nunca la mano en la lata). Ese relato circula con desenfadada aceptación en Uruguay, Argentina, Venezuela y Brasil. Pero no es moneda de ley.

El éxito electoral de las izquierdas latinoamericanas está evidentemente vinculado a su singular destreza en la creación y manejo de los relatos. Dentro de un panorama de desconfianza al barrer en la honestidad de los políticos la izquierda consiguió instalar una salvedad; la patentó Vázquez (nosotros podremos meter la pata pero nunca la mano en la lata). Ese relato circula con desenfadada aceptación en Uruguay, Argentina, Venezuela y Brasil. Pero no es moneda de ley.

Ese relato es básicamente mentira: en todos los grupos humanos hay gente honesta y hay chorros (en diferentes proporciones, claro está). Sucede que ese relato no solo engaña a incautos inocentes sino que ha confundido también a quienes lo manejan y lo propagan. Veamos. Los partidos de izquierda han llegado a convencerse que la corrupción es algo que, por definición, sucede en otra parte, en el capitalismo, en las derechas, en el neoliberalismo. Convencidos de eso no sienten ninguna necesidad de controlarse y se consideran facultados a hacer cualquier cosa.

En el Brasil, durante el gobierno de Lula (que por haber sido obrero entra doblemente en el relato sinfónico de la honestidad intrínseca) el PT, que no tenía mayorías parlamentarias, recolectaba y desviaba fondos para pagar las cuentas de su campaña electoral y para sobornar mensualmente a legisladores de otros partidos con el fin de redondear así el número de votos que el gobierno necesitaba para la aprobación de sus proyectos. Esta corrupción era justificada como parte de la noble tarea de un gobierno popular y progresista en beneficio “do povo brasileiro”.

En el período de Dilma -siempre bajo la misma premisa de que la izquierda, haga lo que haga, todo es por el bien popular- la corrupción se ubicó en la colosal sobrefacturación de las empresas que conseguían contratos con el estado que eran retribuidos con coimas a los funcionarios públicos que las adjudicaban. Acá, en los negocios de Ancap se ha sabido que la planta desulfurizadora costó tres veces más que lo presupuestado, cada una de las dos plantas de portland costó el doble, la planta de cal de Treinta y Tres lo mismo y la planta de etanol en Artigas idem.

En Brasil todo ha salido a la luz pública y la justicia está actuando: ya hay empresarios presos y también están cumpliendo pena figuras importantes del Partido Trabalhista y del gobierno. Hay que reconocerle a Dilma haber permitido estas actuaciones sin interferencias, no como en nuestro país donde el Frente Amplio impidió todas las investigaciones parlamentarias que pudo.

El haberse creído su propio cuento de inmaculada concepción política ha hecho que el Frente Amplio cayera en actos de aprovechamiento de los dineros públicos con finalidades políticas (la causa popular). Algunos se conocen, otros aún no. La cosa llegó al punto que Mujica terminó defendiendo la intermediación (de sus vecinos y amigos, por supuesto) en los negocios entre Venezuela y el estado uruguayo. Si esas comisiones las tuviera alguien de otro partido las vestiduras del Frente estarían ya en jirones.

En casa de herrero cuchillo de palo: mucho poder, mucha plata, poco control y ya se ve lo que pasa: en el Brasil del PT, en la Argentina kirchnerista y en el Uruguay del Frente Amplio. Mis amigos frentistas me escuchan cariacontecidos. Dicen: yo no, yo no.

Pero todos duermen en la misma cama.

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