Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

Respirador hasta fin de año

Los datos recientemente publicados sobre la evolución del nivel de actividad del segundo trimestre confirmaron lo que decía el termómetro de la sensación generalizada: que la economía está planchada. Y el panorama de lo que se viene no es muy alentador.

Los datos recientemente publicados sobre la evolución del nivel de actividad del segundo trimestre confirmaron lo que decía el termómetro de la sensación generalizada: que la economía está planchada. Y el panorama de lo que se viene no es muy alentador.

La disparidad cambiaria con Brasil ya es similar a los niveles máximos históricos de 1999: lo que hoy acá cuesta 100 se puede comprar a menos de 60 cruzando la frontera.

Por el lado de Argentina, si bien se espera que con las elecciones lo que venga sea mejor a lo que se va, lo que venga tiene una larga lista de espera de problemas postergados sin resolver. A esto se le suman menores precios internacionales de los productos que exportamos y magros ingresos de capitales del exterior.

Con este contexto externo y con el motor del consumo interno ya sin combustible, preocupa que la economía entre en un proceso de estancamiento. Para evitarlo hay que tomar medidas.

Lamentablemente no podemos aumentar el gasto público para contrarrestar el apretón del cinturón del sector privado. Como de costumbre no hicimos los deberes durante la bonanza. Y hoy resignar la disciplina macroeconómica sería suicida. ¿Qué se puede hacer entonces?

Lo primero es reconocer que hay que cambiar la receta. La combinación de una suba contenida del dólar con intervención selectiva del BCU en el mercado de cambios, con una confianza excesiva en frenar los precios al consumo con acuerdos con el sector privado y el control del déficit fiscal con tarifas públicas elevadas ya no es efectivo. A menos que mejoren sustancialmente las condiciones externas -algo hoy poco probable-, este camino nos conduce al estancamiento económico.

Llegó el momento de cosechar lo que sembramos en la última década. Gracias a la desdolarización de pasivos, tenemos la posibilidad de dejar subir el dólar para recuperar competitividad sin que se traduzca en una suba insostenible de los costos financieros de las empresas, las familias y el gobierno.

El inconveniente de ir por este camino es que la inflación se iría indefectiblemente por encima del 10%.

Distinguidos colegas sugieren que hay que darle un asueto al control de la inflación para validar un dólar más alto. Nosotros pensamos que el compromiso firme de que la inflación anual no supere el 10% no se debe sacrificar.

Y no somos los únicos: Standard & Poors sostiene que “la inflación persistentemente alta es la principal debilidad macroeconómica del Uruguay”. Apreciaciones similares surgen de los informes de las calificadoras Moody´s, Fitch y R&I. No compartimos el hecho de que la variable de ajuste sean los salarios, tal como lo fue en episodios del pasado. Hoy la realidad es diferente. Si se fuera por ese lado la dinámica de la negociación colectiva nos metería en una espiral de suba de precios y salarios de la que sería muy difícil salir.

¿Qué alternativa nos queda? Bajar los combustibles. Nuestros modelos de proyección indican que si a partir de ahora y hasta fin de año se implementaran tres bajas sucesivas del 10% en los combustibles, el dólar podría superar los 33 pesos y la inflación anual mantenerse por debajo del 10%.

Con este ajuste, con el real en los niveles actuales, recuperaríamos la paridad cambiaria con Brasil que teníamos a principios de año. Ni que hablar que también implicaría un alivio de costos para el sector productivo. La contracara sería un aumento del déficit fiscal de 0,4% del PBI, que sería incluso menor en la medida en que el repunte de la actividad económica aumentara la recaudación del resto de los impuestos.

Con la baja del combustible, Ancap deberá indefectiblemente reacomodar sus costos a la nueva realidad. Probablemente ya no sea posible seguir con el subsidio a Alur. Ni mantener los costos salariales que crecieron muy por encima del resto del sector público.

Tendrá que analizar qué hacer con las nuevas plantas de portland y de cal que costaron mucho más de lo planificado y dan pérdidas. Sin casi tocar el precio de la nafta, Ancap ya tuvo 9 meses para procesar el ajuste.

Ya no podemos seguir validando ineficiencias en paramétricas autoimpuestas. Menos aún cuando las proyecciones internacionales indican que el petróleo se mantendrá en los niveles actuales por un buen rato.

Para alejar la sombra de la recesión tenemos que reaccionar. Con una baja escalonada de combustibles podríamos recuperar algo de competitividad sin sacrificar el compromiso anti inflación, a cambio de un deterioro fiscal acotado y la puesta en marcha de mejoras de productividad en Ancap.

Es cierto que las calificadoras de deuda miran de reojo el déficit fiscal, aunque en el fondo lo que les importa es que el país pueda pagar sus deudas.

Para ello es vital que la economía siga creciendo de forma sostenible. Y hoy para generar la confianza de que esto es posible necesitamos un respirador conectado por lo menos hasta fin de año.

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