Hugo Burel
Hugo Burel

Palabras y poder

La noción de “lenguaje inclusivo” se popularizó en los últimos años gracias a un componente militante y deliberado en el uso del mismo.

El concepto alude al modo de expresión que evita las definiciones de género o sexo, abarcando a mujeres, varones, personas transgénero o que no entran en una categorización binaria.

Esto se origina en que algunos consideran que el lenguaje convencional, cuyas reglas en nuestro idioma son establecidas por la Real Academia Española (RAE), resulta machista. Por eso proponen apelar a un lenguaje inclusivo que tenga en cuenta a toda la diversidad humana, incluyendo a quienes no se identifican con ninguno de los dos géneros vinculados a la biología.

Ante esto, algunos intelectuales han expresado su oposición o sus dudas. El español Arturo Pérez-Reverte, el canadiense Steven Pinker y el argentino Alan Pauls, entre otros, están en desacuerdo con el uso de la E o la X sustituyendo otras letras para borrar las diferencias de género, lo que para la RAE también es inadecuado y no lo recomienda.

Uno de los argumentos que esgrimen quienes están a favor de modificar la lengua es que esta vive en constante evolución, por lo que adoptar términos inclusivos sería tan solo uno de muchos cambios que han ocurrido y ocurrirán por la propia naturaleza del uso de lenguaje. Esta postura también es problemática porque los cambios de la lengua deben surgir a partir de un uso prolongado y aceptado por la comunidad hablante y no por el accionar de los grupos de presión que asumen el manejo del lenguaje como un insumo más de su lucha.

No obstante, muchos organismos e instituciones recomiendan un uso del lenguaje que tienda a priorizar formas de expresión que contemplen la inclusión sin necesidad de forzar la ortografía de las palabras.

A propósito de esto, días atrás merecieron comentarios periodísticos los cursos on line que la Intendencia Municipal de Montevideo imparte a sus funcionarios con la finalidad de enseñarles el manejo de ese lenguaje inclusivo que, para quien esto escribe, es discutible y fallido.

La intención de esos cursos, que no son obligatorios, apunta a que los funcionarios municipales manejen con corrección determinadas palabras que aspiran a promover la inclusión desde el discurso. Esto surge de un decreto de 2010 de la propia comuna por el cual el lenguaje inclusivo es de uso obligatorio y preceptivo. Sin embargo, detrás del absurdo de escribir “todes” para aliviarnos del “todos y todas” o sustituir vocales por una “x”, el recurso postula un uso determinado del lenguaje que es promovido por la intendencia que financian todos los uruguayos. Dentro de los cometidos municipales, no figura alterar el lenguaje ni decirle a sus funcionarios cómo tienen que hablar o escribir.

En su afán de corrección política, el lenguaje inclusivo ejerce un poder por medio de las palabras y bajo el propósito de incluir oculta una incidencia clara sobre las conciencias. Diversos grupos de acción social, como el feminismo, apelan a ese manejo idiomático que busca igualar o compensar las reconocidas y existentes iniquidades del pasado y el presente pensando que todo se arregla alterando la grafía de las palabras o inventando vocablos. Lo que llama la atención es que el organismo municipal lo impulse como parte de su estrategia de comunicación o de trato con el contribuyente.

Decir “uruguayos y uruguayas”, para aludir al colectivo que nos identifica, en vez del sencillo “uruguayos” o “compatriotas” que no implica de ninguna manera género, es un abuso de la corrección política que no beneficia a la fluidez del habla. En tal sentido, “lo uruguayo” como concepto abarcativo que alude a la nacionalidad queda -para el lenguaje inclusivo- contaminado de machismo en tanto el sustantivo que lo define es masculino. Un horror interpretativo. Ni que hablar del Himno Nacional con el arranque de “¡Orientales, la Patria o la tumba!”. ¿Orientales y Orientalas se debería cantar, o esa bendita “e” preserva de machismo a la estrofa?

Pero hay algo más: algunos teóricos señalan que el lenguaje inclusivo es una expresión posmoderna del marxismo cultural, el movimiento encabezado por varios pensadores de la Escuela de Frankfurt y surge de la aplicación de las teorías del dirigente comunista italiano Antonio Gramsci.

La Escuela de Frankfurt analizó el fracaso del marxismo en los países occidentales, y optó por plantearlo de otra forma, aplicando la tesis de la lucha de clases a otras relaciones sociales entre las personas, entre ellas la célula más básica de la sociedad, la familia, que el marxismo consideraba un residuo del orden burgués. Mientras que el feminismo originario no marxista buscaba la igualdad de oportunidades para la mujer, el marxismo cultural puso en marcha el feminismo de género, basado en que las diferencias de género son construcciones sociales perpetradas por los hombres para mantener su dominio sobre las mujeres.

Los postulados del feminismo y otros colectivos son legítimos y necesarios, pero alterar y forzar el lenguaje para fines proselitísticos implica manipular no solo el idioma: también conciencias y de paso culpabilizar a quienes no lo aceptan. En el espacio de la lengua esos grupos de militancia social que apelan al lenguaje inclusivo para impulsar sus reivindicaciones modifican, interpretan y uti-lizan el lenguaje como un arma de lucha.

No es solo cuestión de palabras, se trata de un escenario de la lucha del poder.

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