Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Censura en puerta

Quién iba a decir que a sólo dos décadas de haber superado los años oscuros de la dictadura, volvería a nuestro país la amenaza de la pérdida de una de las libertades esenciales de la ciudadanía.

Quién iba a decir que a sólo dos décadas de haber superado los años oscuros de la dictadura, volvería a nuestro país la amenaza de la pérdida de una de las libertades esenciales de la ciudadanía.

El proyecto de ley de Medios que el gobierno aprobará con sus mayorías parlamentarias le devuelve a la Presidencia el poder de decidir qué se puede publicar y qué no. Habrá tres personas designadas por el Presidente de la República que filtrarán el trabajo de todos los medios de comunicación, y determinarán si hay excesos que merezcan su prohibición.

Estos “elegidos” por el poder político triunfante en las urnas, en buena medida marcarán el rumbo laboral de comunicadores, periodistas y de los propias empresas de comunicación, so pena de ser observados, multados, suspendidos y hasta revocada la autorización de llegar al público. Esta idea incluida en el proyecto constituirá un retroceso en el ejercicio de la libertad de expresión en nuestro país. Es propia de gobiernos autoritarios que necesitan ejercer el control de lo que se dice e informa a la población.

¿Cómo se explica que un gobierno elegido democráticamente —y a menos de un año de dejar el poder— caiga en este atropello?
Debería provocar la reacción inmediata de todos aquellos que trabajan y ejercen esta noble profesión, pues se supone que honran a la libertad de expresión como la bandera que flamea en lo más alto de sus convicciones.

Por lo visto el poder logra desplazar principios fundamentales en las personas que lo ejercen.

Hace más de veinte años, el Premio Nobel Mario Vargas Llosa escribió que la libertad de información y el derecho de crítica son el primer problema que debe resolver un país para que pueda resolver todos los otros problemas. “Esto no es una exageración. Es una conclusión que se deriva de la experiencia histórica. La libertad de información y el derecho de crítica, antes que una necesidad principista ideológica, son una necesidad práctica para aquellas sociedades que quieran permanecer constantemente en una línea de superación y mejoramiento de sus definiciones. La única manera —no de no errar— sino de no perseverar en el error, es que las soluciones que aplica una sociedad estén constantemente cauteladas por la libertad de información y el derecho a la crítica.”

Una sociedad goza de libertad de expresión cuando sus ciudadanos pueden criticar a todos los poderes, a través de los medios de comunicación. El poder siempre ha demostrado tener una mayor o menor predisposición a la perpetuidad y a la impunidad. Un obstáculo para lograrlo es la libertad de expresión. Por eso molesta.
¿Qué argumento se suele invocar en democracia para transitar este camino sin quedar en evidencia? El habitual es que los medios de comunicación más influyentes suelen estar en manos privadas y sirven a sus intereses.

Desde esta perspectiva Vargas Llosa señala que aunque este riesgo siempre existe, mucho más grave resulta que el Estado ejerza cualquier clase de control sobre los medios, pues “se trata de curar una enfermedad mediante la terapéutica de matar al enfermo.” Y no olvidemos que al legalizar esta amenaza, también se busca promover la autocensura en los medios y sus periodistas, por temor a las sanciones que puedan aplicar los tres “jueces” del gobierno.

La salud democrática está en riesgo.

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