Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

¿A dónde va América Latina?

Los tiempos que vivimos en nuestro continente son muy curiosos en cuanto a las definiciones ideológicas.

Pasada la ola progresista, no está claro qué la sustituye, e incluso siguen existiendo triunfos resonantes de la izquierda como el ocurrido en la reciente elección mexicana en que fue electo Andrés Manuel López Obrador. La casi segura elección de Jair Bolsonaro en Brasil con un discurso que, sin mayor riesgo, puede ser clasificado como fascista, pone sobre el tapete una variante que no estaba en el menú continental.

Entre los varios mea culpa que deberían encarar los pasados gobiernos que se definían como de izquierda, amén de haber estado varios de ellos entre los más corruptos que recuerda la historia de un continente donde pulularon los gobiernos corruptos, está el haber llamado —y seguir llamando— fascista a todos los que no estuvieran con ellos. Así les pasa como al pastor mentiroso, cuando aparece uno de verdad nadie les cree, aunque allí el peligro sea real.

Para complicar más el asunto de las etiquetas, Bolsonaro llama a conformar un "bloque liberal" en el continente, para lo que ya ha realizado contactos según informa la presa. Creo que debemos ser varios los que nos consideramos liberales que sentimos algún escalofrío al pensar que pueda confundirse al candidato presidencial brasileño con un liberal, lo que terminaría por tornar inasible la confusión de ideas.

Repasemos un poco el continente para apreciar la riqueza de su fauna autóctona. Los gobiernos de Perú y Paraguay son difíciles de clasificar por razones comunes; llevan poco tiempo en el cargo sus actuales presidentes y no han mostrado la hilacha, al menos hasta el momento. Macri y su gobierno bien podrían definirse como de centro (Durán Barba incluso lo calificó de centroizquierda) y en cualquier caso no es liberal ni neoliberal al evaluar estrictamente su gestión de gobierno. El presidente de Colombia Iván Duque —que puede ubicarse en la centroderecha— ha tenido un comienzo prometedor.

El presidente Piñera en Chile, por su parte, se destaca como el mejor del continente, logrando revertir la situación económica heredada, alcanzando un crecimiento de las inversiones y de la economía que lo despega del resto de la región y llevando adelante una agenda social innovadora en que destacan los planes de primera infancia por los que batalló el senador Felipe Kast.

El caso de Venezuela, como hoy resulta innegable incluso para el más recalcitrante defensor de la dictadura caribeña, es simplemente la verificación práctica por enésima vez de las consecuencias terroríficas de la planificación centralizada del socialismo de todos los siglos.

Hoy en día es claro que incluso los gobiernos progresistas que generaron entusiasmo en un comienzo, como el de Lula en Brasil por avances importantes en la lucha contra la pobreza, han terminado en una terrible desilusión. Pero también es claro que el liberalismo no ha logrado ser su alternativa en algunas de sus formas reconocibles salvo en el caso de Chile, no casualmente el único que va camino al desarrollo. En todo caso conviene saber separar bagres de tarariras; un "bloque liberal" liderado por Bolsonaro es una contradicción insalvable si su gobierno se rige por las ideas que ha expresado en los últimos meses.

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