Diego Fischer
Diego Fischer

Con sencillez republicana

El martes último se registró en Argentina el traspaso de mando presidencial. No fue un día cualquiera, se trató de la jornada más importante de la historia republicana del vecino país de los últimos ochenta años.

Luego de aquel memorable 10 de diciembre de 1983, en el que Raúl Alfonsín inauguró un nuevo tiempo augurando “cien años de libertad, paz y democracia”; el martes pasado marcó un hito que la historia recordará.

Por primera vez en ocho décadas un presidente no peronista finalizó su mandato constitucional y le entregó la banda presidencial a su sucesor electo por la ciudadanía.

El hecho que a Alberto Fernández le haya colocado la banda presidencial y entregado el bastón de mando Mauricio Macri, marca un antes y un después en el devenir democrático argentino. Más si tenemos en cuenta que, cuatro años antes, la ahora vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner se negó a hacerlo con su sucesor.

Desde Marcelo Torcuato de Alvear (1922-1928) no se daba un traspaso del mando presidencial como el registrado esta semana. De Alvear había recibido los atributos del poder de Hipólito Yrigoyen, a quien se los devolvió seis años más tarde al cumplir su mandato constitucional, y cuando el dirigente radical volvió a la Casa Rosada por el voto de la ciudadanía. Nadie imaginaba entonces que Yrigoyen sería derrocado dos años más tarde por un golpe de Estado militar, y que con su caída terminaban seis décadas de legalidad institucional en Argentina.

El pintoresquismo que rodeó a la ceremonia del martes pasado en el Congreso argentino, en el que no faltó la marcha peronista coreada por la mayoría de los legisladores presentes, por el público en las barras del recinto parlamentario y por el propio presidente y la vicepresidenta que asumían, serán seguramente una anécdota que la historia relatará en letra chica.

Tampoco los historiadores se detendrán en el gesto descortés y guarango de Fernández de Kirchner hacia Macri, pese a que las imágenes recorrieron el mundo. ¿Qué se puede esperar de una persona que usó y abusó a su antojo del poder y que acumula numerosas causas judiciales?

La ceremonia del pasado 10 de diciembre en Buenos Aires puede parecer algo normal. Ningún uruguayo puede imaginar una transmisión de mando en la que el presidente saliente no coloque la banda presidencial al entrante. El gesto del doctor Tabaré Vázquez de invitar al presidente electo Luis Lacalle, a viajar y asistir juntos a las ceremonias en la capital argentina, hablan del sentido republicano de ambos dirigentes.

Ese respeto, es el mayor legado que deja el gobierno de Macri. Su continuidad es uno de los grandes desafíos del presidente Fernández.

El pasado martes también terminó su gestión en Montevideo el embajador argentino Mario Barletta. Santafecino y amigo del Uruguay de siempre, Barletta realizó una muy destacada gestión en los casi tres años que estuvo al frente de la representación diplomática. Demostró cabalmente que un embajador  representa a una nación y no a un partido político.

Y que los lazos entre países como Uruguay y Argentina no pueden verse afectadas en su esencia por las modas populistas que soplaron durante tanto tiempo por la región.

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