Claudio Fantini
Claudio Fantini

La regla de la traición

Desde Ricardo III arrebatándole la corona de su hermano Eduardo IV a sus sobrinos en la Inglaterra del siglo XV, hasta Juan Carlos aceptando del dictador Francisco Franco el trono que correspondía a su padre, Juan de Borbón, la historia de las monarquías están plagadas de conspiraciones familiares.

Las traiciones entre hermanos, padres e hijos, tíos y sobrinos, primos etcétera, son la regla. Y esa regla se está viendo en Jordania.

Quizá no se proponía matarlo, como hizo Claudio con su hermano para quedarse con el trono danés en la obra de Shakespeare, pero parece claro que el príncipe Hamzah estaba conspirando contra su hermano, Abdallá II, para arrebatarle el cetro de la monarquía hachemita.

En rigor son hijos del mismo padre, el fallecido Hussein, pero de distintas madres.

El hecho es que Hamzah complotaba con tribus beduinas, militares y gobiernos extranjeros para derribar al rey jordano, al que considera el responsable por la crisis económica que empobrece a la sociedad y por la corrupción política que carcome al Estado.

Pero la historia de traiciones en la dinastía que se supone descendiente de Mahoma, no empezó con el príncipe Hamzah, quien fue el primero en sufrir una traición.

La cadena de traiciones comenzó con el rey Hussein, porque había pactado con su hermano Hassan nombrándolo heredero del trono y en 1999, poco antes de morir, modificó la línea sucesoria a favor de su primogénito Abdallá, el hijo que había tenido con Muna, su segunda esposa.

Hussein puso como segundo en la línea sucesoria a Hamzah, el hijo que había tenido con Noor, su última esposa. Y desde el lecho de muerte le exigió a su primogénito que no alterara esa línea de sucesión que había establecido traicionando a su hermano Hassán.

Abdallá se sentó en el trono creado por su abuelo, Abdallá I, el primer gobernante del por entonces llamado Emirato de Transjordania. Y no tardó en traicionar el compromiso asumido ante su padre, argumentando una tradición hachemita para quitarle a Hamzah el rango de príncipe heredero y dárselo a su primogénito.

Como venganza, el príncipe desheredado comenzó a urdir un complot, aprovechando el descontento que entre las tribus y clanes beduinos provoca la situación económica.

Dos factores se conjugaron, causando a la economía jordana una debacle total: la pandemia y el conflicto armado en Siria, principal socio comercial del reino.

Los beduinos son el principal canal del comercio entre Jordania y Siria, mientras que sus clanes constituyen un eslabón importante en la estructura del poder en el reino hachemí. Por eso el príncipe tramaba con los jeques del desierto el golpe palaciego contra su medio hermano. Pero la mujabarat detectó la conspiración en marcha y la desarticuló.

Ese aparato de inteligencia impone un control tan extendido y total sobre la sociedad como lo hacen las redes de espionaje interno que crearon Hafez el Asad en Siria y Saddam Hussein en Irak, convirtiéndose en modelo seguido por todos los regímenes árabes.

A pesar de la imagen que el padre del actual monarca había logrado imponer en Occidente, Jordania no es una excepción en materia de Estado policial. Y tampoco lo es en materia de golpes palaciegos y traiciones entre familiares que pujan por el trono.

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