Claudio Fantini
Claudio Fantini

El laberinto del Brexit

Es un paisaje extraño, desconocido. El escenario político británico, caracterizado por la previsibilidad que produjo siempre esa moderación que rinde culto al equilibrio, hoy resulta extraño.

Esta noche de domingo, al conocerse los resultados en el Reino Unido de las elecciones para el Parlamento Europeo, quizá aparezca nuevamente ante los ojos de los británicos y del mundo un panorama tan novedoso como desconcertante. Es posible que el tradicional y centenario bipartidismo quede relegado por una fuerza ultranacionalista: el Partido del Brexit. Lo lidera Nigel Farage, versión británica de la francesa Marine Le Pen, del holandés Geert Wilders, del húngaro Viktor Orban y del italiano Matteo Salvini. Desde su anterior formación, el también eurófobo y ultranacionalista Partido Independiente del Reino Unido, Farage fue el impulsor de la salida británica de la UE, posición a la que luego se sumaron los tories más radicalizados, que lidera el extravagante Boris Johnson.

Ese amigo de Trump que amasó una fortuna en la bolsa de Londres, siempre lideró formaciones minoritarias, pero finalmente logró que se convirtieran para el Partido Conservador en lo que fue el Tea Party para el Partido Republicano de Estados Unidos: el grupo de presión que lo empujó a posiciones extremistas.

A nadie debiera sorprender que el escrutinio de esta noche muestre a su pequeño Partido del Brexit como el más votado, relegando al segundo y tercer puesto, sino al tercero y cuarto, a laboristas y tories.

La posibilidad de que queden cuartos dependerá de cuán fuerte sea el ascenso del Partido Liberal Demócrata, eterna y minoritaria tercera fuerza que podría salir en segunda posición o por arriba de alguno de los dos partidos tradicionales.

¿Por qué puede darse el resultado electoral más extraño de la historia británica moderna? Porque los ultranacionalistas de Farage y los liberaldemócratas son fuerzas totalmente definidas respecto al Brexit: el primero lo aprueba y el segundo lo rechaza. En cambio, los laboristas se dividen entre la minoría que lo apoya y la mayoría que lo rechaza, mientras que los tories tienen una mayoría que lo apoya y una minoría que lo rechaza. Por eso los dos grandes partidos cayeron en la ambigüedad que los debilitó tanto en las urnas. La misma razón por la que Theresa May terminó renunciando.

Su paso por el 10 de Downing Street es otra rareza de este tiempo de escenarios políticos en estados alterados. Quien ocupaba el Home Office en el gabinete de David Cameron y había apoyado en voz la posición pro-remain del primer ministro que apostó su suerte (y perdió) en el referéndum del 2016, quedó al frente del gobierno desde la endeble posición de no haber llegado al cargo por los votos. A esa debilidad de origen, le sumó tres derrotas en votaciones parlamentarias. Cada plan de Brexit que propuso le valió renuncias en su gabinete. Llegó a las 36 dimisiones, otro récord que hace inexplicable que haya durado casi cuatro años sin haber obtenido siquiera una sola victoria política.

Finalmente renunció al ver que su cuarto plan para lograr aprobación en Westminster, se perfilaba hacia una nueva derrota. En esa propuesta que murió en antes de nacer, May proponía la única salida posible al laberinto del Brexit: un nuevo referéndum.

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