Claudio Fantini
Claudio Fantini

El borde del abismo

Parece una comedia que amenaza con volverse tragedia. En la trama, el protagonista se atrinchera en la Casa Blanca y actúa como la si la realidad no existiera. El desenlace que ya se vislumbraba patético, estaría por volverse trágico.

El silencio en el que se encerró ese personaje estridente tras conocer el resultado de la elección, podía ser la consecuencia de la crisis emocional que provocan las derrotas en las personalidades marcadas por la egolatría y el triunfalismo. Pero con el correr de las horas se fue volviendo inquietante.

Empezaron a aparecer signos de que el derrotado tramaba algo. Lo primero imaginable es que Trump urdía un plan para deslegitimar la victoria de Joe Biden, de modo que al asumir el poder ya estuviera manchado por las sospechar de fraude. De ese modo, el presidente que llega al Despacho Oval como “pato rengo” porque su edad pone en duda que pueda aspirar a la reelección, iniciará una gestión debilitada por la creencia de que ocurrió un golpe de Estado perpetrado por las elites políticas y sus mentores en Wall Street y el establishment empresarial.

Todavía es posible que Estados Unidos esté viviendo el inédito final de una administración disruptiva, que concluye con el último pataleo de un presidente inconcebible. Pero también es posible que lo que empezó como comedia, tenga el desenlace de una tragedia.

Así sería si el plan urdido por Trump con sus hijos y Rudolph Giuliani, apunta a no entregar el poder y convertir a la Casa Blanca en un foco insurreccional del ultra-conservadurismo. Por descabellado que parezca, no se puede descartar. Al menos, eso sugiere que el aún presidente no haya autorizado para formación del equipo que organice la transición con el equipo de los vencedores. Y parece confirmarlo el hecho de que el equipo económico de Trump sigue trabajando en el próximo presupuesto como si el proceso electoral no hubiese ocurrido.

Biden creyó conocer todos los paisajes de la vida institucional y política de los Estados Unidos. Los había recorrido durante los 36 años que pasó en el Capitolio como senador por Delaware. Confiaba en poder negociar con los republicanos, porque como vicepresidente de Obama había logrado acuerdos muy difíciles, como el crecimiento del gasto en infraestructura para revertir la recesión, la ley de alivio impositivo y la ley de control presupuestario para resolver la crisis por el techo de la deuda.

No hay antecedentes de un presidente que rechace un resultado, pero en principio se pensó en una dificultad emocional pasajera. Ningún líder ególatra y personalista soporta una derrota. La perturbación que les provoca, los paraliza a la hora de llamar al vencedor para felicitarlo y estar en los actos de traspaso de poder. Cristina Fernández no soportó estar en la ceremonia en la que debía pasar los atributos de mando a Macri. Y Hugo Chávez hizo repetir el referéndum y llamó voto “de mierda” al que derrotó su reforma constitucional en el 2007.

El magnate neoyorquino tampoco está sicológicamente preparado para nada que no sea llevarse todo por delante, burlarse de los perdedores y posar como cazador con el pie sobre su presa. Pero en las últimas horas, los demócratas empezaron a vislumbrar un escenario aún más oscuro.

Trump, sus hijos, Rudolph Giuliani y los demás miembros del grupo que ya parece una secta lunática, calculan que pueden ocasionar un incendio institucional, político y social que derrita el triunfo de Biden.

También calculan que ni el clan Bush ni la dirigencia republicana moderada pueden recuperar el control del partido y que, en el 2024, se quedará con la candidatura para recuperar la Casa Blanca. Y mientras hacen esos cálculos, no descartan patear ahora mismo el tablero de la institucionalidad, impidiendo que asuman quienes ganaron la elección. Por eso la superpotencia occidental parece caminar por el borde de un abismo.

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