Björn Lomborg
Bjorn Lomborg

Ser carbono neutro

Con la cumbre mundial de la ONU sobre el clima en Madrid, se produjeron llamamientos para que los líderes mundiales vayan más allá de lo que han hecho y se comprometan a lograr la neutralidad de carbono lo más rápidamente posible. Esto es una petición estúpida.

El objetivo de la neutralidad de carbono se ha convertido en un parámetro para medir a los gobiernos, según los ambientalistas. Desde Francia hasta Costa Rica o Chile, algunos líderes reciben elogios por comprometerse a eliminar más gases de efecto invernadero de los que producen.

El cambio climático es un problema real. Está causado por el hombre y tendrá consecuencias negativas. Pero tratar de dejar de emitir CO2 para 2050 o antes, es una forma muy costosa de obtener muy pocos beneficios.

En 2007, la primera ministra Helen Clark dijo que Nueva Zelanda debería alcanzar la neutralidad de carbono para 2020. Fue agasajada por los ecologistas, pero poco después abandonó el cargo. Las últimas estadísticas oficiales muestran que las emisiones totales de Nueva Zelanda serán más altas que en 2020 cuando Clark realizó sus ambiciosas declaraciones.

La actual primera ministra de Nueva Zelanda fue aplaudida este año por aprobar una legislación diseñada para lograr la neutralidad de carbono en 2050. Esta vez, el gobierno solicitó a un respetado instituto económico que calculase el coste. El estudio reveló que solo reducir los niveles de 1990 al 50% en 2050 costaría, al menos, el equivalente al 5% del PIB anual para 2050.

¿Por qué resulta tan costoso? Por la misma razón que lo sería en cualquier otra parte: desligar las economías de los combustibles fósiles y dirigirlas hacia formas de energía más caras y menos eficientes reduce el crecimiento y la prosperidad. El impacto se hace notar rápidamente

Para Nueva Zelanda, el coste es similar al gasto total actual en educación pública y atención médica. Y es solo un coste optimista estimado en base al cumplimiento de la mitad del objetivo.

Llegar hasta el final probablemente costará el equivalente al 16% del PIB para 2050. Eso es más de lo que en la actualidad Nueva Zelanda gasta conjuntamente en seguridad social y bienestar, salud, educación, policía, justicia, defensa, medio ambiente y cualquier otra área del gobierno.

Ninguna economía ha desarrollado políticas climáticas tan efectivas, porque a los políticos les encanta apostar a caballo ganador, promover soluciones ineficaces como los vehículos eléctricos y entregar subsidios a tecnologías de bajo rendimiento. En la UE se ha demostrado que eso duplica los costes globales.

¿Qué se logrará con esto? Supongamos que los neozelandeses no se rebelen contra los aumentos de impuestos, inevitablemente grandes, sobre la energía, y que no haya protestas como las de los "chalecos amarillos". En estas condiciones artificiales, si Nueva Zelanda cumple su promesa de cero emisiones en 2050 y permanece a cero durante cinco décadas, entonces la reducción de gases de efecto invernadero generará una bajada de la temperatura en 2100 de 0,002°C.

Nueva Zelanda está ponderando gastar al menos 5 billones de dólares para lograr un impacto físicamente incalculable a finales de siglo.

La matemática es similar para la mayoría de las economías: costes enormes y beneficios muy pequeños. Por supuesto, grandes naciones como China y EEUU, que materializarán la neutralidad de carbono hacia mediados de siglo, generarían un impacto medible y significativo para 2100, pero los costes también alcanzarían los cientos de billones (y, en el caso de China, significarían más pobreza). Como era de esperar, la mayoría de los gobiernos evitan publicar cualquier análisis real de sus promesas.

El desafío climático no se resolverá pidiéndole a la gente que use menos energía o energía más cara.

Se debe encontrar un término medio sensible que pueda conjugar políticas como un impuesto al carbono bajo, que aumente progresivamente. Pero, en última instancia, debemos asumir la realidad de que la mejor manera de solucionar el cambio climático es que la innovación reduzca el precio de la energía libre de CO2 por debajo del de los combustibles fósiles.

En París en 2015, los líderes mundiales prometieron duplicar el gasto en I+D de energía verde. Están camino de incumplir ese objetivo. La conferencia de Madrid debería haber centrado sus esfuerzos en la innovación y establecido un objetivo mucho más realista que genere beneficios mucho mayores para la humanidad, a un coste mucho menor.

(*) Bjorn Lomborg es director del Copenhagen Consensus Center y autor de los best seller “El ecologista escéptico” y “Cool It”. Considerado una de las 100 personas más influyentes del mundo por la revista Time, una de las 75 personas más influyentes del siglo XXI por la revista Esquire y una de las 50 personas capaces de salvar el planeta por el periódico The Guardian, del Reino Unido. Además, es profesor visitante de la Copenhagen Business School.

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