Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Para contarle a Keanu

Es cierto, el lugar elegido para erigir la Ciudadela fue erróneo, por dos razones. Acotaba el crecimiento de la recién esbozada ciudad y dejaba fuera de la misma la “colina” sobre la cual se proyectó al principio construirla (la zona del actual cruce de 18 de Julio y Río Negro).

Una inspección realizada años después por la corona española la criticó duramente: “la situación de esta Ciudadela es harto infeliz porque se halla enterrada y dominada de la campaña a medio tiro de cañón”.

Pero en 1780, cuando finalizó su construcción, se imponía visualmente y daba un aire de inexpugnable a la pequeña ciudad puerto. Era un castillo o ciudadela central, dotado de cuatro baluartes, foso y una entrada provista de una gran puerta con puente levadizo. Estaba reforzada por una muralla que circunvalaba la ciudad y que tenía dos portones de ingreso; ambos se abrían al amanecer y cerraban al caer el sol, previo cañonazos de advertencia. No era recomendable quedar la noche afuera.

La puerta de la Ciudadela miraba hacia adentro de la ciudad y solo traspasaban su umbral los que tenían permiso para ingresar al establecimiento militar: los presos que cumplirían allí condenas, los soldados que entraban a sus guardias, los proveedores que llegaban con sus cargas de pan, carne, leña.

Cuando el período de las independencias llegó a su fin, el nuevo país quiso borrar todos los signos de su pasado colonial y destruyó la Ciudadela y derribó los muros. La inestabilidad política con la que nacimos interrumpió rápidamente las obras de demolición, por lo cual quedaron los muros raídos, pero en pie en algunos tramos. La Ciudadela, en iguales condiciones, se transformó en un mercado abierto, en cuyos restos de piedra se apoyaban los cajones con las verduras que se ponían a la venta. Hoy solo queda de ella la antigua puerta.

El crecimiento de la “Ciudad Nueva” destinó el espacio de la Ciudadela para la construcción de una plaza que diseñó el arquitecto Carlo Zucchi en 1837. Su construcción se vio interrumpida varias veces por los avatares de la Guerra Grande y los tantos levantamientos que caracterizaron a la segunda mitad del siglo XIX.

Máximo Santos fue retratado atravesándola en “La revista de 1885”, obra de Blanes, que muestra al entorchado dictador montado en un imponente caballo negro y rodeado de su plana mayor. Detrás de ellos asoma un monumento ecuestre, que acompaña al grupo y destila el heroísmo que el personaje requería para sí. Fácilmente puede pensarse que es el monumento a José Artigas, pero no lo era.

En 1882 Santos había ordenado la construcción de un monumento a Artigas, pero este aún no existía. Blanes lo inventó para el cuadro, porque la tónica grandilocuente del mismo lo requería, pero lo que realmente ornaba la plaza era la fuente Cordier titulada “Los ríos”, hoy en el Prado. Barroca y con animales propios de América, era más adecuada para palacete lujoso que para una plaza que evocara la Independencia como instancia fundacional.

Detrás de los jinetes y del monumento aún inexistente, puede verse una columnata: la “Pasiva”, el lugar donde los soldados en receso esperaban su turno para ingresar a servicio. Hoy convertido en nombre de una cadena gastronómica que tuvo en ese lugar su primer local.

Luego de muchas idas y vueltas, tanto burocráticas como historiográficas (los héroes nacionales requieren consensos, relatos, elaboraciones colectivas) el 28 de febrero de 1923, durante la presidencia de Baltasar Brum, se inauguró el monumento a José Artigas, del italiano Angelo Zanelli. Inmenso, épico, una suerte de Gattamelata que cabalga eternamente entre las 33 palmeras que evocan a los protagonistas del segundo período de la Independencia, los comandados por Juan Antonio Lavalleja.

En 1977 se inauguró un Mausoleo que contiene los restos de José Artigas, que hasta ese año estuvieron en el Panteón Nacional; Mausoleo de granito que se hizo debajo de la estatua de Zanelli y al que se accede por una escalinata que desciende hacia ese subsuelo, en el que un juego de luces y sombras potencia el clima de solemnidad. Cuando retornamos a la democracia se discutió ese lugar-museo construido durante la dictadura, pero permaneció, blindado por lo mítico del personaje.

Alrededor de esa plaza que solo guarda cierta coherencia constructiva en la columnata que evoca a la “Pasiva”, se levantan edificios tan llenos de historia como la plaza misma. El Palacio Salvo, inaugurado en 1928, nos recuerda lo efímero de algunas fortunas, el signo de hermandad del Plata que quisieron ser esos dos palacios idénticos (el Salvo y el Barolo) uno en Montevideo, otro en Buenos Aires y -por sobre todo- cómo un edificio puede resultar identitario, más allá de su barroca fealdad.

Otro palacio, el Estévez, es un documento vivo del afianzamiento del estado, quien finalmente se quedó con el edificio para que oficiara de casa de gobierno. Es que Estévez, su dueño, terminó engrillado, de frac y picando piedra en las calles, custodiado por soldados de Lorenzo Latorre, quien no dudó en castigar así sus delitos económicos.

Otros capitalistas de mejor suerte dejaron su huella a la vera de la plaza. Primero fue el Gran Hotel Barcelona, con sus tres lujosas plantas; luego el Victoria Plaza, levantado en el mismo lugar y conservando su típica columnata. Llegaron luego las torres vidriadas, moles anodinas como la del Edificio Ciudadela, que -pese a su insolente modernidad- respetó la columnata que tanto se agradece en los días de viento. Porque esa plaza es más inmensa los días de viento y frío. Keanu lo notará, apenas comiencen a intervenirla.

Sabemos que no admite comparación con las plazas mayores españolas. No es homogénea en el dorado viejo de su piedra Villamayor, como la de Salamanca; ni inmensa y con un rey todopoderoso en el centro, como la de Madrid. Pero tiene tantos años como el país mismo y cada uno de sus rincones encierra algo de nosotros como colectividad histórica. Que no la lastimen, es lo único que pedimos.

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