Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Resignate

Un único mensaje puede significar cosas diversas, dependiendo de quién lo emite. Que un uruguayo de clase media diga "tengo problemas económicos" provoca una natural compasión. Si las mismas palabras las pronuncia Bill Gates, generan hilaridad.

El comentario viene a cuento por uno de los mensajes de la actual campaña que Presidencia de la República está emitiendo ahora por los canales de televisión, en forma gratuita, por la potestad que le concede la reciente Ley de Servicios Audiovisuales.

Ya es cuestionable de por sí que una norma votada por mayoría habilite a cualquier gobierno a autopromoverse. Y las primeras acciones de Presidencia en tal sentido fueron infelices. Recordamos en especial una que se difundió este año, en la que se usaba la excusa de informar sobre OSE para desplegar un evidente proselitismo político, con un vecino de barrio que se emocionaba frente a cámara porque al fin le había llegado el saneamiento y una niña de túnica celebrando la pureza del agua. Todo partido político oficialista tiene derecho a comunicar sus buenas acciones, pero no apropiándose de recursos que pertenecen a los ciudadanos, incluidos quienes no lo votaron.

Seguramente con el afán de superar esa inconducta, la nueva campaña de Presidencia no muestra obras sino que apela a valores: "por una mejor convivencia".

Son muchos mensajes y en todos parece primar la intención de destacar a personas que defienden la coexistencia pacífica y constructiva: el padre que comparte los cuidados del bebé con su pareja, la muchacha que se asocia con sus vecinos en Villa Serrana para proteger el medio ambiente…

Pero en el conjunto, hay un comercial que destaca por lo controvertido de su temática: una señora manifiesta que unos delincuentes mataron a su hijo, mientras atendía un comercio, pero que no por ello quiere actuar por venganza. Por el contrario, explica que debe enseñarse a los niños "desde la panza" que la mejor arma que deben portar es un libro.

Dicho así, el mensaje es más que compartible, y se entiende perfectamente por qué la señora aceptó brindarlo. El problema está en el sentido diferente con que se carga, atendiendo al emisor. Que la institución del Estado a cargo de la seguridad pública, de proteger la integridad de las personas, suscriba la resignación ciudadana ante una tragedia así, puede interpretarse como que está promoviendo una aceptación pasiva de esa injusticia. Y tal apelación, al fin y al cabo, no es tan distinta a la que comunican los jerarcas del Ministerio del Interior un día sí y otro también, cuando recomiendan no resistirse al delincuente o capacitan sobre qué hacer en caso de un robo, o sugieren no exhibir alhajas en la vía pública, o incluso, como en el caso de un alcalde frenteamplista en un programa de TV reciente, identifican el hurto con un "trabajo".

El mensaje de la campaña por una mejor convivencia calzaría perfecto si lo firmara una ONG de las tantas que trabajan para esos fines. Firmado por Presidencia, es imposible no interpretarlo como un intento de justificación ante el desborde de inseguridad, el principal motivo de indignación pública en los tiempos que corren.

Si los gobernantes quieren hacer un buen uso de esos espacios gratuitos, deberían centrarse en difundir mensajes a favor de la salud y la cultura de la población. Bien podrían empezar por desestimular el consumo de cannabis, que irresponsablemente popularizaron.

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