Alejandro Lafluf
Alejandro Lafluf

La igualdad sin ideal

El aumento de la violencia, la crisis de la educación, la degradación de la polis, la volatilización de los valores, el desencanto político, la falta de inversión y de trabajo, la estatificación de la vida y el ensimismamiento, son algunos de los síntomas más dolorosos de la decadencia de nuestro país.

La pregunta más importante, sin embargo, es cuál ha sido la causa de esta degradación, que parece alejarnos cada vez más de nuestra esencia y que nos provoca un extrañamiento que nunca antes habíamos sentido.

La respuesta está en el título de esta columna. El partido que nos gobierna, desde hace más de una década, ha defendido siempre la Igualdad democrática. Pero se trata de una Igualdad sin Ideal y esa es la raíz de todos nuestros problemas.

El Ideal es necesario porque nos proporciona un horizonte de sentido. El ideal nos ofrece un parámetro que nos orienta y nos permite tener una mirada crítica de la realidad; y como, por definición, todo ideal es normativo, también nos proporciona el elenco de deberes correlativos a los derechos que la igualdad pretende expandir.

Sin ideal desaparece el horizonte y aparece el laberinto; nos movemos pero no avanzamos, el vacío de sentido nos desorienta y finalmente nos perdemos. Sin ideal es imposible ejercer racionalmente la crítica de la realidad, lo que nos torna apáticos (o peor, hipercríticos). Finalmente, al desaparecer los deberes que todo ideal postula, la igualdad democrática no encuentra límites y se convierte en degradación cultural. La igualdad sin ideal es vulgaridad dice con acierto Gomá Lanzón. Llamo vulgaridad a la actitud de no reconocer ni aceptar ninguna instancia superior.

Todos somos iguales en dignidad pero no todo es igual. Si todo es igual entonces todo da igual. Y si todo da igual entonces para qué educarnos, para qué esforzarnos, para qué superarnos. La igualdad es un valor no una coartada ideológica. Dicho de otro modo, es cierto que “nadie es más que nadie”, pero cuidado, no es cierto “que nada es más que nadie”. Hay instancias superiores -fuera de nosotros y más allá de nosotros- a las que es necesario apelar y aspirar si queremos tener una vida auténtica.

El hombre-masa -decía Ortega y Gasset- es aquel que no reconoce ninguna instancia superior a él; tiene solo apetitos, cree que tiene solo derechos y no cree que tiene obligaciones. Es el hombre sin la nobleza que obliga, en otras palabras, un snob. Como el snob está vacío de destino propio es hostil a la libertad. La libertad ha significado siempre franquía para ser el que auténticamente somos. Se comprende entonces que aspire a prescindir de ella quien piensa que no tiene un auténtico quehacer.

Por supuesto la palabra “nobleza” ha sido denostada. Pero lo cierto es que nunca tuvo nada que ver con lo económico sino con lo existencial. Nunca se trató de una posición sino de una actitud de vida. Una vida noble es una vida de esfuerzo por procurarse un destino auténtico (incanjeable). Una vida noble es una que no rehúye de las obligaciones porque sabe que son fuente de derechos. La dignidad no es otra cosa que hacerse cargo de las circunstancias vitales para forjarse un destino propio. Y esa dignidad (esa nobleza) nos pertenece a todos. Renunciar a esa dignidad es falsificar nuestra vida y permitir que nos la quiten, es dejar que nos roben el futuro.

La igualdad democrática -so pena de degradarse- necesita de instancias superiores que le proporcionen sentido y dirección. Los ideales son los principios de convivencia de una sociedad y conforman un lenguaje común a través del cual nos entendemos, nos interpelamos, nos justificamos y en última instancia nos amparamos. No debería extrañarnos, entonces, que si desaparecen esos principios, la violencia sea la tonalidad de las relaciones sociales. Lo mismo les ocurre a los derechos. Pongamos como ejemplo la libertad de expresión: todos tenemos derecho a opinar pero ello supone el deber correlativo de informarnos previamente. Si opinamos de todos modos (si no cumplimos con ese deber) la libertad de expresión (ese derecho) se degrada (al emitirse una opinión sin fundamento). Lo mismo pasa con la educación sin disciplina, la libertad sin responsabilidad, la recompensa sin esfuerzo. Hablar de derechos y callar sobre los deberes correlativos es imperdonable. Y no es ideológico, es infantil. No crea sociedades auténticas y prósperas sino sociedades decadentes. No crea individuos iguales sino mendigos (sin trabajo) y náufragos (sin educación). No crea individuos libres sino seres inseguros y violentos, pues como decía Maquiavelo “ataca primero quien más teme”.

Si queremos transformar al Uruguay tenemos que transformar a la Sociedad uruguaya. Y para eso tenemos que re-establecer el Ideal. Porque todos somos iguales, pero a un mismo tiempo, todos queremos un país mejor. Y “lo mejor” siempre será algo superior a nosotros. Un ideal a alcanzar. Un horizonte, pero también un faro, que nos guía y nos advierte silenciosamente de los peligros que implicaría la oscuridad de su ausencia. Una nación no es su lengua, ni su sangre, ni su territorio. Una nación como decía Ortega es un “quehacer juntos”, un programa vital, un proyecto-país. De eso se trata. 

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)