Lynsey Addario, fotoreportera

Leer la luz, fotografiar la guerra

Robert Capa, el gran fotógrafo de la guerra de España y la Segunda Guerra Mundial, dijo una vez que "si la foto no es lo bastante buena, es que no estás lo bastante cerca".

Lynsey Addario recorre el mundo para registrar con su cámara la realidad de conflictos violentos. Foto: AFP
Lynsey Addario recorre el mundo para registrar con su cámara la realidad de conflictos violentos. Foto: AFP

Y después de realizar un viaje con él por la Unión Soviética, el premio Nobel de Literatura John Steinbeck escribió sobre su trabajo: "No puedes fotografiar la guerra porque es fundamentalmente una emoción. Sin embargo, logró fotografiar esa emoción buscando en otro lado. Podría mostrar el sufrimiento de todo un pueblo a través del rostro de un niño". Son dos cualidades que también pueden encontrarse en el trabajo de la fotorreportera Lynsey Addario (Norwalk, Connecticut, 1973): siempre está muy cerca y, es capaz de reflejar todo el dolor de un conflicto en el rostro de un niño.

En las últimas dos décadas, Addario ha recorrido los frentes que han marcado la agenda mundial, desde Afganistán a Irak o Libia. Su trabajo sobre el sufrimiento de las mujeres de Sudán y Congo, víctimas de la violencia sexual, se queda dolorosamente en la memoria por la sencillez con la que retrata los abismos del horror siguiendo la regla de Capa: con primeros planos y retratos que captan a través de una mirada la condensación del sufrimiento. En estos años de viajes, muchos de ellos para The New York Times, National Geographic o Time, fue madre, lo que agudizó el sesgo humano de sus imágenes. De ninguna de sus fotos de combate se desprende la más mínima épica, mientras que subrayan, en cambio, que la vida es capaz de sobrevivir a todo, incluso al peor conflicto.

Publicó en 2015 un libro de memorias, En el instante preciso. Vida de una fotógrafa en el amor y en la guerra (Roca Editorial), y acaba de llegar a las librerías Of Love & War (Penguin Press), un volumen que reúne sus imágenes, pero también textos y documentos personales, como cartas a su familia en las que cuenta cómo poco a poco el dolor de los demás va taladrando su conciencia. "No me veo solo como una fotógrafa de guerra", explica por teléfono desde Londres, donde reside. "Busco muchos otros temas: me preocupo por las crisis humanitarias, por la maternidad. América, mi país, se ha convertido también en una historia muy interesante con temas como la pobreza o el control de armas. Y no es todavía una zona de guerra", agrega entre risas. Sin embargo, a través de sus imágenes se puede seguir el desorden mundial que se abatió sobre el planeta después de los atentados de Al Qaeda contra Nueva York y Washington del 11 de septiembre de 2001. En el caso de Afganistán, su trabajo empezó antes, cuando los talibanes todavía controlaban el país, ya que se instaló como freelance en India y rápidamente comenzó a viajar a menudo allí.

La conversación telefónica se produce cuando Addario acaba de regresar de uno de los viajes más peligrosos y difíciles de su carrera: Yemen, destrozado por una guerra civil, machacado por los bombardeos de Arabia Saudí y con una hambruna que amenaza a 12 millones de personas. La parte teóricamente controlada por el Gobierno es en realidad una peligrosa tierra de nadie, en manos de milicias, muchas veces cercanas a Al Qaeda. La posibilidad de un secuestro es muy elevada. En la parte controlada por los Huthi, una milicia chií cercana a Irán, los bombardeos saudíes son constantes y en muchas ocasiones sus objetivos son civiles. "Es muy difícil entrar en Yemen", señala.

Lynsey Addario recorre el mundo para registrar con su cámara la realidad de conflictos violentos. Foto: AFP
Foto: AFP

Sus imágenes bélicas están también llenas de familias y demuestran que la vida diaria sobrevive incluso en los entornos más duros. "La guerra siempre es diferente sobre el terreno a cuando se observa desde fuera. Vemos la destrucción en las fotos, pero la vida sigue. Por eso en mis coberturas busco la existencia cotidiana: las bodas, las mujeres, los niños". Incluso cuando se ha empotrado con las tropas estadounidenses logra ofrecer una mirada distinta de lo que ocurre a su alrededor.

Creció en una familia acomodada de Connecticut y rápidamente supo que quería dedicarse al reporterismo. De hecho, estudió un año economía y ciencias políticas en Bolonia, pero pasó aquellos meses tomando fotografías en las calles de la ciudad italiana y viajando por Europa. Se curtió trabajando en Estados Unidos para la agencia Associated Press y alberga un recuerdo especialmente agradecido de su mentor, un veterano agenciero llamado Bebeto, con el que aprendió los trucos del oficio. "Me enseñó a leer la luz", recuerda Addario, quien relata cómo examinaba sus imágenes, mientras le mostraba los secretos de la composición y la óptica.

Pero sabía que su carrera debía discurrir fuera de su país. "Es verdad que el mundo de los reporteros es muy macho", responde sobre si cree que ha sido más difícil para ella hacerse un hueco siendo mujer. "No he sentido más presión. Es cierto que a veces no he querido ser la mujer que dice la primera: Es demasiado peligroso, no sigamos adelante, pero es algo que también le pasa a los hombres".

Sobre cómo conviven su maternidad —su hijo Lukas nació en diciembre de 2011— y la guerra, asegura que cada vez es más consciente del peligro. "Me secuestraron en Libia y creía que iba a morir y perdí a unos amigos muy queridos allí. Eso también me cambió. Pero sobre todo lo que influye es que las cosas se están poniendo muy difíciles: en muchos lugares ya no hay frentes claros, ya no existe el blanco y negro. En lugares como Yemen o el norte de Nigeria te metes en la carretera equivocada y puedes acabar secuestrada por unos yihadistas". Sin embargo, pese al cambio en las reglas que rigen la vida o la muerte en los conflictos, sigue buscando la vida cotidiana en las guerras, leyendo la luz de las batallas.

La vida puede más que la guerra

Lynsey Addario recorre el mundo, no en actitud turística, sino para registrar con su cámara la realidad de conflictos violentos que estremecen a diversos países. Se encuentra en situaciones de extremo peligro como en Libia, donde la secuestraron y creyó que moriría. La fotógrafa advierte que enfoca otros temas además de los bélicos. Su rica experiencia le permite afirmar que "la vida diaria sobrevive a los entornos más duros".

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