LA COLUMNA DE PEPEPREGUNTÓN

Doble rasero

Cuba es, para ellos, el paraíso en la tierra. Quisieran haber acompañado a Fidel en la construcción de esa sociedad solidaria, en la que se gobierna por y para el pueblo.

Manifestación en Cuba. Foto: AFP
Manifestación en Cuba. Foto: AFP

Cuba es, para ellos, el paraíso en la tierra. Quisieran haber acompañado a Fidel en la construcción de esa sociedad solidaria, en la que se gobierna por y para el pueblo. Alguno hasta desearía haber luchado junto al Che y debe conformarse con llevar su cara en una remera o en el termo.

A la Revolución Cubana la defienden a cualquier costo. Pase lo que pase. Incluso si, al hacerlo, rozan el ridículo o exponen su doble moral. No les importa. A Cuba no se la toca.

Lo que pasa en la isla siempre está bien. Y si algo no está bien, es culpa de otros. Nunca de la Revolución. Y en todo caso, ha de haber una buena excusa. Son los mismos que, en su país, ponen el grito en el cielo por lo que sea. Acá no hay explicación que les venga bien (cuando los que gobiernan no son ellos, claro).

¿Qué dirían los Fernando Pereira, los Marcelo Abdala y los Gabriel Molina si en Uruguay no hubiera libertad para sindicalizarse, movilizarse en las calles contra las políticas del gobierno de turno y muchísimo menos para hacer un paro, aunque fuera parcial? ¿Qué harían si a los trabajadores que se atrevieran a desafiar al gobierno se los apaleara, se los detuviera y, en muchos casos, se los desapareciera o ejecutara por pensar diferente?

¿Juntarían firmas? No podrían siquiera proponerlo. ¿Llamarían a la huelga general? Imposible. No les estaría siquiera permitido reunirse para pensarlo.

¿A quién interpelarían los Oscar Andrade, los Daniel Olesker, los Gonzalo Civila, los Charles Carrera y los Pacha Sánchez? A nadie. Porque no habría siquiera un Poder Legislativo en el que pudieran levantar la voz contra los atropellos de un régimen como el cubano.

¿Podría hacer algún planteo la histriónica Verónica Mato en la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados? No. No habría ni diputados, ni comisión de nada, ni derechos humanos.

¿Podrían recurrir a la Institución Nacional de Derechos Humanos? Por supuesto que no existiría. Si alguien la hubiera creado, el régimen la habría disuelto. O en todo caso, habría puesto a comisarios de la revolución a recibir las posibles denuncias, para saber a quién ir a buscar a la casa.

¿Y los que se quejan del “blindaje mediático”? ¿Cómo se sentirían con un medio único?

¿Qué diría el Sindicato Médico del Uruguay si el gobierno estuviera inoculando a los ciudadanos con una vacuna que no ha completado la fase 3 y que no tiene el aval de la OMS? Nada. Porque los Grecco, los Trostchansky y las Zaida Arteta trabajarían para el régimen o, en su defecto, habrían abandonado el país hace muchos años.

¿Y Carolina Cosse, y su república independiente de Montevideo? ¿Y Yamandú Orsi y su comuna canaria? Lo mismo. En sus lugares habría funcionarios de confianza de la dictadura. Hablarían cuando se les permitiera, aplaudirían lo que se les ordenara y, si opinaran diferente, pagarían muy cara su osadía.

¿Cómo puede toda esta gente entonces seguir defendiendo una dictadura que, desde 1959, mantiene oprimido al pueblo cubano?

¿Cómo les da la cara?

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