OPINIÓN

Otro falso dilema: shock o gradualismo

El resultado electoral en las primarias argentinas, entre muchas otras cosas, reavivó la polémica de cómo debe conducirse la política económica cuando las dificultades son relevantes. 

Foto: Pixabay
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Una de las discusiones a las que asistimos, es lo que algunos indican como “el fracaso del gradualismo”. No hay duda que una parte de la política llevada a cabo (particularmente la fiscal y monetaria) no era la adecuada, pero esto es así más allá de gradualismo o shock, no era la que se debía llevar adelante y punto.

El lector de esta columna conoce, desde el inicio del gobierno de Macri, mi pensamiento al respecto; nunca pensé, y así lo expresé en más de una oportunidad, que en el terreno fiscal y monetario fuera acertado lo que estaba haciendo, jamás siquiera lo entendí. La disociación entre lo que se pretendía y el discurso oficial, “vamos a recibir una lluvia de inversiones, vamos a reducir el déficit fiscal, vamos a bajar la inflación” y la realidad era, desde el inicio, notoria. El gobierno de Macri, luego de la salida del cepo cambiario (en mi opinión la tarea más fácil que tenía), y la forma buena y rápida con que resolvió el problema de los “holdouts” de la deuda (tarea menos sencilla y que políticamente pensé le resultaría mucho más difícil de lo que fue), en lugar de aprovechar el envión, bajo los impuestos y subió los gastos, recurriendo para ello a mayor endeudamiento.

De ajuste fiscal no hubo nada, todo lo contrario. A su vez, sin desindexar la economía y en medio de un ajuste de precios relativos muy importante, prometió una baja de la inflación imposible, en lugar de esperar que se acomodaran las cosas y allí sí, hacer un programa de reducción creíble y consistente. Entonces, el programa monetario cada vez apretaba más para que los precios no subieran, pero la actividad se contraía, en un claro caso de libro de texto.

Su esperanza era que la lluvia de inversiones trajera crecimiento y le arreglara la cuenta fiscal sola y su credibilidad le permitiera bajar la inflación sin que estén dadas las condiciones para ello. En este sentido, esperar que el crecimiento nos arregle el déficit fiscal; Uruguay hizo algo muy parecido desde 2017 para acá, pero nuestro gobierno antes fue bastante más ortodoxo (¿neoliberal?) que el de Macri ya que, si bien siguió aumentando el gasto llevándolo a niveles insostenibles, en 2016 propició un aumento de impuestos de más de 1,5% del PIB. Por supuesto que así nos fue, la economía está estancada desde 2014 y, su tendencia en los últimos 18 meses es a la contracción. De todos modos, el desequilibrio fue menor al que hubiera resultado sin ajuste de impuestos. El problema es que la única solución real de largo plazo es una reducción del gasto en relación al PIB y esto se logra con ahorros y la disciplina de evitar que el gasto real siga creciendo.

Una diferencia grande entre Uruguay y Argentina es su historia. Mientras nosotros hemos siempre honrado nuestra deuda y sus intereses, Argentina cada determinada cantidad de años pide “concurso” con quitas y, no sólo lo hace, sino que suele hacerlo en medio de la algarabía popular y festejos, casi como un heroico acto de guerra donde se exalta el patriotismo (en realidad el patoterismo, pero es un detalle). También en Argentina, la confiscación de depósitos es algo que suele pasar. La consecuencia de estas inconductas es que quienes se animan a prestarle, le exigen un retorno que cubra los eventos de default, lo que deja poco margen para las inversiones.

El resultado final de la política aplicada era predecible, porque no se conocen casos de éxito. Lo que hacen algunos gobiernos es reprimir los movimientos financieros y estirar la agonía, dejando a la economía sin aliento.

El gradualismo puede funcionar, es mejor que así sea, pero el punto es la velocidad con que se aplica y ésta no es única e independiente del contexto; depende del grado de deterioro y el tiempo que se tenga para arreglarlo. Este tiempo, no es inmutable sino endógeno al comportamiento del propio programa; si éste se cumple, se vuelve creíble y el tiempo se extiende. Si, por el contrario, las metas intermedias no se cumplen y los desvíos son importantes, los tiempos se aceleran resultando en la disyuntiva de aplicar medidas de shock o ir directo a una crisis donde “las medidas” las toma el mercado. Entonces, no hay menú fijo, depende del grado de desequilibrio, el tamaño de la deuda en relación al PIB, el perfil de vencimientos de ésta, la tasa de interés real que se abona sobre ella, la conducta pasada del deudor, la existencia de un programa creíble con metas intermedias para evaluarlo y su cumplimiento.

Como vemos entonces, no es el falso dilema de gradualismo o shock, si las cosas se pueden hacer con tiempo, es mejor hacerlas así, lo que no quiere decir que no deban tomarse medidas contundentes en el sentido correcto. Siempre esas medidas serán indoloras frente a la terapeutica que deberá aplicarse si nada o muy poco se hace. Los días y meses cuentan para la olla de presión.

En una situación como la actual de Uruguay, hay condiciones para hacer una política gradual, pero el programa debe ser lo suficiente robusto desde su inicio para que el mercado lo valide y cumplir sus metas de reducción de déficit de manera rápida y consistente. No alcanza con planearse llegar a un déficit de 2% del PIB en 5 años, el plazo es demasiado largo y el objetivo demasiado poco ambicioso, si es que, al mismo tiempo, se piensa reducir la inflación a un guarismo acorde con el mundo actual. La deuda es muy alta, pero la conducta histórica del país otorga el crédito suficiente. Eso sí, ya casi no quedan balas para desperdiciar.

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