ENTREVISTA

Las crisis son un campo
fértil para las reformas

Hay temores de autocracia en los países de la región, más fuertemente presidencialistas, pero creo que se exageran: durarán lo que dure el aislamiento.

Eduardo Levy Yeyati — ingeniero civil (UBA) y doctor en economía (Pennsylvania). Foto: La Nación
Eduardo Levy Yeyati — ingeniero civil (UBA) y doctor en economía (Pennsylvania). Foto: La Nación

Para el Decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella de Argentina, Eduardo Levy Yeyati, los países emergentes la pasarán “muy mal” como consecuencia de la pandemia por COVID-19, donde el resultado final dependerá de la ayuda financiera internacional, y a pesar de ello, muchos “quedarán postrados por un tiempo largo”.

Yeyati sostiene que las restricciones impuestas por la propagación del virus llegarán hasta fin del año próximo y dejarán “resabios socioculturales” y un costo “hundido” para muchos países. Asimismo, entiende que habrá cambios “más persistentes” en la manera que se plantean la provisión de servicios públicos y la protección social. Ante el reiterado planteo del dilema economía-salud, Yeyati afirmó que “la pobreza también mata”, y que el dilema no es entre salud y economía, sino entre muertes por una causa directa y muertes indirectamente asociadas a la depresión económica. El académico advirtió también que la crisis sumará argumentos a los que mantienen un discurso antiglobalización; La batalla contra el populismo nacionalista recién comienza, subrayó. A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿Es posible un retorno a las dinámicas económicas, de producción, comercialización, empleo, que conocíamos previo a la pandemia?

—Sí, pero será muy lento. Imagino esta crisis en tres etapas: cuarentena o aislamiento por unos dos o tres meses más, distanciamiento social hasta lograr un porcentaje de inmunización adecuado (12 a 18 meses) y poscrisis. Calculo que al menos hasta fin del año próximo la pandemia impondrá restricciones y luego dejará resabios socioculturales que son siempre difíciles de anticipar, desde el temor a la aglomeración a la remotización parcial de ciertas ocupaciones, así como un costo económico hundido que para muchos países será difícil de remontar. Pero creo que el cambio es acumulativo, no disruptivo, y que después de cada crisis profunda hay un rebote que nos devuelve un poco a la precrisis. Sí creo que algunas viejas agendas volverán al primer plano, como la necesidad de un piso de ingreso universal, o una reforma laboral que contenga a los trabajadores independientes, por ejemplo. Las crisis son campo fértil para las reformas.

—Se recurrió fuertemente a la presencia del Estado, no solo como proveedor de servicios sino como origen de la asistencia a los más vulnerables y prestamista de última instancia; ¿será transitorio ese giro a más Estado?

—Depende el área. Como prestamista, el Estado se hará cargo de los quebrantos privados, ya que los problemas de liquidez prolongados se volverán en parte problemas de solvencia. Allí es clave que el Estado tenga un claro plan de salida; de lo contrario, terminaremos con un gordo y quebrado Estado empresario. En cambio, sí espero cambios más persistentes en la manera en que pensamos la provisión de servicios públicos y la protección social. Imagino que se profundizará el debate sobre el sistema de salud pública, que con la pandemia mostró serias limitaciones e inequidades, o la discusión sobre la necesidad de un piso de ingreso universal que integre las transferencias a hogares pobres, el seguro de desempleo y algún beneficio para los trabajadores informales e independientes, que hoy están sin resguardo. También debería pasar al primer plano las políticas de formación profesional e inserción laboral, habida cuenta del esperado aumento del desempleo. La manera en que los gobiernos entiendan estas nuevas demandas definirá si la crisis fortalece o debilita aún más a las democracias liberales de la región.

—La libre circulación de personas y bienes está siendo atacada por quienes consideran que la propagación se convirtió en pandemia gracias a la globalización. ¿Hay riesgos en ese sentido?

—Siempre los hay. La propagación efectivamente se debió a los viajes, pero naturalmente esto no implica que haya que prohibirlos. Lamentablemente, la crisis también sumará al discurso antiglobalizador en otros frentes, por ejemplo, a través de la prohibición de exportar insumos críticos, o del temor a la competencia del trabajo extranjero en el país, o de países de mano de obra barata. La batalla contra el populismo nacionalista recién comienza y la pandemia abonará sus argumentos.

—Hay opiniones que destacan un rebrote de la autocracia, a partir de la demostración de fuerza de los Estados para controlar a la población; ¿puede haber una tentación autoritaria allí?

—Si nos referimos a Estados Unidos, no lo creo. Trump es un epifenómeno, que espero no se prolongue. En todo caso, las democracias avanzadas tienen anticuerpos contra esos abusos. También hay temores de autocracia en los países de nuestra región, más fuertemente presidencialistas, pero, al menos en los casos que yo conozco, se exageran: durarán lo que dure el aislamiento.

—Todavía no está escrita la historia de cómo las grandes potencias van saliendo de esta situación: Líderes como Trump, Jhonson o Jinping, entre otros, ¿pagarán algún precio por la forma en que llevaron adelante sus liderazgos?

—No lo sé. A juzgar por las encuestas, parecería que el enemigo común los fortalece o los consolida, independientemente si están entre los que hacen las cosas bien o no. Al menos al principio. Pero a medida que el temor al virus sea desplazado por los efectos de la depresión económica, que recién estamos empezando a ver, la opinión pública se volverá más crítica. Ni hablar si a esto le sumamos, por negligencia o displicencia, muchas muertes innecesarias. Churchill ganó la guerra, pero no la elección.

—¿Cómo vamos a sobrellevar la crisis social y económica los países emergentes?

—Mal. Necesitan más dinero y tienen menos recursos que en 2008—2009. Para empezar, no pueden financiar el estímulo fiscal a largo plazo y tasa cero como los países desarrollados. Además, la capacidad estatal, tanto para atender la demanda de salud como para implementar políticas de contención, es en muchos casos muy pobre. Muchos países quedarán postrados por un tiempo largo. El resultado final dependerá en gran medida de la ayuda internacional, de bancos centrales desarrollados, organismos, acreedores oficiales e incluso de privados, que debería ser mucho más ambiciosa y proactiva. Creo que el tamaño del desafío genera un sesgo de subestimación del costo económico de este proceso, y que sólo con el tiempo los gobiernos y las instituciones multilaterales terminarán de cuantificar la profundidad de la crisis.

—Ante la pandemia, Argentina optó por la cuarentena total, como los europeos, pero sin el respaldo fiscal de aquellos. ¿Qué final augura?

—El final es incierto, ya que depende de información que aún no tenemos, por insuficiencia de testeos y porque la mayoría de los modelos se basan en parámetros estimados con mucho error; de ahí, las contramarchas en varios países desarrollados. Lo que creo es que la cuarentena se cumplirá selectivamente, con un creciente número de actividades “esenciales” exceptuadas, y con cierta flexibilidad en barrios vulnerables o con mayor hacinamiento. Hay que tener en cuenta que la pobreza también mata, y que el dilema no es entre salud y economía, sino entre muertes por una causa directa y muertes indirectamente asociadas a la depresión económica. La decisión política es muy delicada.

—¿Cómo proyecta el mercado de trabajo?

—Lo veo complicado, porque los programas de subsidio al empleo llegan a menos de la mitad de la fuerza laboral, los asalariados de convenio, y aun en eso casos habrá despidos, con lo que en 2021 tendremos un volumen de trabajadores con meses de inactividad que será difícil de reinsertar. Creo que necesitaremos jerarquizar los servicios de empleo y de formación profesional, apoyados en consejos de competencias tripartitos (Estado, sindicatos y empresas), y que no podemos demorar más la creación de un Régimen del Trabajador Independiente, por ejemplo, imitando el régimen austríaco de beneficios portables, que extienda beneficios laborales básicos al cuentapropista, hoy totalmente expuesto.

—La crisis desafió especialmente al mundo del trabajo, obligándolo a la transición hacia lo remoto...

—La cuarentena es un ensayo anticipado y brutal de una transición masiva al trabajo remoto. No estábamos tecnológicamente preparados ni en la conectividad ni en la flexibilidad de algunas plataformas. Pero, además, la cuarentena implica pasar a modo online las relaciones familiares y afectivas. A futuro, creo que algunas actividades adoptarán la versión remota como un complemento útil; por ejemplo, se acelerará su uso en la educación superior o en la producción de contenidos y análisis. Luego están las ocupaciones manuales, los trabajadores de salud y el cuidado y la docencia en edad temprana, que hoy son esenciales y están virtualmente paralizadas. La tecnología aún no ha terminado de sustituir a las primeras y dudo que sustituya a las segundas.

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