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Al rescate: el oficio de ser héroe

Hay tareas que significan la mayor diferencia de todas: vivir o morir.

Mario Núñez, corredor de seguros y voluntario de ADES (Foto: Fernando Ponzetto)
Mario Núñez, corredor de seguros y voluntario de ADES (Foto: Fernando Ponzetto)
La ayuda a veces viene del cielo (Foto: Ariel Colmegna)
La ayuda a veces viene del cielo (Foto: Ariel Colmegna)
Fabrizio Ruiz, jefe de la Brigada de Rescate de las FAU (Foto: Fernando Ponzetto)
Fabrizio Ruiz, jefe de la Brigada de Rescate de las FAU (Foto: Fernando Ponzetto)
Rodrigo González se enfrentó a una cañada embravecida en ruta 9 (Foto: Ricardo Figueredo)
Rodrigo González se enfrentó a una cañada embravecida en ruta 9 (Foto: Ricardo Figueredo)
José Luis Salazar sabe que en un segundo un paraíso se vuelve una pesadilla (Foto: Ricardo Figueredo)
José Luis Salazar sabe que en un segundo un paraíso se vuelve una pesadilla (Foto: Ricardo Figueredo)

Las lluvias transformaron al humilde arroyo Averías, cerca de Durazno, en el Amazonas. La alerta llegó temprano a la Brigada de Rescate de la Fuerza Aérea. Fueron 35 minutos de vuelo desde la Base Aérea Número 1 de Carrasco en un Dauphin, el mismo helicóptero que suele usar el presidente. La información que manejaba el capitán Fabrizio Ruiz y el resto de los rescatistas ese 16 de julio de 2011 metía miedo: nueve acampistas trepados a los árboles desde la noche, agua hasta las copas, vehículo sumergido y arrasado, dos menores entre las víctimas, invierno, frío, cansancio, desesperación.

La situación requería dos helicópteros. Tras establecer una base médica cerca de la costa llegó el turno del desesperante dilema, sobre todo para quien está desesperado: ¿a quién salvar primero? Un hombre solo, en la copa de un árbol, aún seco, quedaría para el final; un grupo de siete personas semisumergidas, prendidas como podían, estaban más urgidos; pero comenzaron con un chico solitario, subido a lo que ya apenas era un helecho sobre las aguas.

Descendiendo con cuerdas, con los pilotos aguantando los vientos a entre 18 y 24 metros de altura, el chico fue el primero en ser subido. De inmediato el helicóptero se dirigió al grupo de sobrevivientes a punto de ser arrastrados. "¿¡El niño!?, ¿¡el niño!?", preguntó a los gritos Ruiz. Si bien están acostumbrados a calibrar con la mirada las señales de cansancio, desvanecimiento o hipotermia, la vieja ley de las mujeres y los niños primero tiene mucha fuerza. Era otro adolescente. De a uno fueron subidos. Los nueve fueron llevados a la base primero y a Durazno después. A salvo.

Más allá de sortear las pruebas médicas y físicas, además de aprender buceo, escalada, paracaidismo y auxilios médicos, el capitán Ruiz (32), jefe de la Brigada desde hace dos años, rescatista desde hace diez, pide compromiso. La guardia no sabe de horarios ni feriados. Una llamada telefónica es la diferencia entre la calma chicha y la necesidad de montar piloto, copiloto, médico, mecánico-operador de a bordo y al menos un rescatista para salir en cinco minutos. Ya en los cursos preparativos —cuatros meses del básico, actualización constante, un año de paramedicina— se nota quién tiene madera para sortear el obstáculo que sea para salvar a alguien. "Tiene que haber compenetración con la tarea. Se tiene que ser consciente que se es la diferencia de que una persona viva o no".

En esta frase se resume la jornada laboral de quien se dedica a rescatar gente.

Satisfacción.

Al psicólogo Álvaro Alcuri le gusta el concepto de "superhéroe". Según él, es un modelo identificatorio ideal que tiene su auge en la preadolescencia. Para muchos, ahí termina; otros lo llevan a la práctica. Según el experto, esto ocurre en personalidades "con mucho desprendimiento e idealismo" y quizá algún elemento "de inocencia, cierta disociación entre lo que están haciendo y sus consecuencias".

Rodrigo González (26), bombero de San Carlos, no soñó con ser lo que es de niño. Pero tiene claro qué él puede significar la diferencia. El 15 de abril de este año, mientras Dolores era arrasada por un tornado, el destacamento carolino apenas daba abasto a los llamados. A las 19.50 avisan de un conductor atrapado por una crecida en el kilómetro 173,400 de la ruta 9, a la altura de la cañada De La Cruz, a 35 kilómetros. Allí fueron los rescatistas.

En el lugar había una fila de dos kilómetros de autos. No era lo peor: la camioneta estaba atravesada, la persona adentro, el agua subiendo y la noche cayendo. "Nos equipamos con chaleco salvavidas, cuerda, pusimos una línea de vida (anclaje) e ingresamos al agua". La brava correntada hizo imposible sortear los 50 metros con el agua a nivel de la cintura. Avanzar contra ella era una muerte segura.

Pidieron un helicóptero y la respuesta fue negativa. Solicitaron un gomón a Prefectura; afirmativo, pero en 90 minutos. Inviable: el agua seguía subiendo y el chofer, Eduardo Uturburu (ver aparte), ya había tenido que subir al techo de la camioneta. Sus familiares se habían acercado. "Eso por lo general no ayuda al trabajo de bomberos. El nerviosismo le gana a la gente, nos insultan. ¿Por qué no se meten?, ¿por qué no piden un bote?. El hijo se quería tirar al agua, tuvimos que pedir ayuda a la Policía para detenerlo. Y nosotros analizamos la situación, no podemos demostrar nervios. Si eso pasa, se pudre todo". El miedo siempre está, dice: no tener en cuenta la propia seguridad solo aumentaría el número de víctimas.

Avanzando contra los guardarrail, por el otro carril de la ruta, intentaron otro rescate con el agua al pecho. Rodrigo cruzó la carretera contra la corriente, con otro arnés para Uturburu. Federico Gularte, el otro rescatista, los atrajo desde el otro lado de la 9; sus otros compañeros, desde la línea de vida, que realmente le hacía honor al nombre. "Contarlo es fácil, pero llevó más de dos horas", resume. Y dos horas sin que la tormenta aflojara.

"Vos tomás conciencia de lo que hiciste dos minutos después", afirma. En ese momento, todas son felicitaciones. Luego llegará la planificación. Rodrigo pensó en su hija por venir, que llegó al mundo el 1° de agosto. Eso, admite, le hizo cambiar la perspectiva. El después no siempre es grato: él estará entrenado en rescates en altura, estructuras colapsadas y vehículos, pero nada prepara para la extracción de cadáveres de ahogados, incluso de niños.

"Algo habrá... no sé si es la preocupación por el otro. No te puedo decir que lo haya tenido de niño, pero... lo satisfactorio es verle la cara a la persona que salvás, saber que si está viva es por tu tarea".

Plata no.

"Es su trabajo, le pagan por ello". Si bien rescatar gente está implícito en estas tareas, no todo pasa por la plata. "No es mucha la gente que se anota para hacer el curso de rescatistas, que es anual y voluntario. De hecho, hubo un par de años que no se inscribió nadie", reconoce el capitán Fabrizio Ruiz. Alcuri, por su lado, señala que en este tipo de estructuras mentales lo económico no juega. "Vos no te la vas a jugar en algo riesgoso si no lo sentís, por más plata que haya", subraya el psicólogo. Algunos, más biologicistas, hablan de "adicción a la adrenalina". Pero eso no tiene mayor sustento.

La playa es un lugar de disfrute que en segundos puede volverse el escenario de una pesadilla. Bien lo sabe el guardavidas fernandino José Luis Salazar (49). El mar estaba tremendo esa tarde del verano de 1996, en Bahía de Manantiales, bandera roja incluida. Un argentino caminaba cerca de la orilla con sus dos hijas chicas. Salazar le iba a gritar que se alejara cuando una ola de retorno causó una avalancha de agua que se llevó a una de las niñas.

Salazar corrió con un compañero hacia el lugar. La niña no emergía. Se enfrentaba a la tarea más complicada de todas: encontrar un cuerpito bajo el agua, en una zona de pozo orillero muy pronunciado, con olas que no daban tregua, y de inmediato. Tras tantear a ciegas en el lugar donde suponía debía hallarla, la agarró y la sacó a la superficie. Recuerda su pelo castaño, que estaba en un llanto solo, que la sacó a la orilla sin volver a tocar el agua, que el padre quedó absolutamente paralizado en la arena, que todo no debe haber durado más de dos minutos. Pareció una eternidad. Hoy esa niña ya es madre y lleva a sus hijos a esa misma playa. Y si lo puede hacer es gracias a la rápida acción de Salazar.

Él cree que en lo suyo hay algo de altruismo. También de solidaridad. Mucho de amor por el mar. Es un trabajo, obvio, ya sea en la playa como en la piscina del Campus de Maldonado en el invierno. "Pero poner en riesgo tu vida para salvar a otro, por más que te pagan y esté preparado, por la plata, no la veo...".

Triage.

Ni el ómnibus que venía de una excursión a la Virgen del Verdún ni el camión semirremolque rumbo a Melo entendieron bien el juego de luces del otro. La consecuencia fue nefasta: un choque frontal en un puente angosto en la ruta 11, muy cerca de San Jacinto. Fue el 19 de abril de 2007. A 20 kilómetros, en el empalme con la ruta 8, había un vehículo de Policía Caminera. Fueron los primeros en llegar. Uno de ellos fue el suboficial mayor Elbio Lemos (44), quien además es enfermero especializado en emergencias.

"No me olvido más. El camión estaba volcado y el ómnibus colgando, por caer al vacío. Empecé a romper vidrios y a rescatar gente, pedirles que no se movieran. Hay algo que se debe entender: el que te grita, el que está cortado, lastimado, quemado, herido, es porque está vivo. Es el que no te responde el que precisa ayuda urgente, ver si lo podés reanimar, si le podés abrir la vía aérea, o si está muerto". En el choque murieron nueve personas y otras dos fallecieron al otro día; todos pasajeros del ómnibus.

Con su compañero comenzaron a hacer un triage (selección) de lesionados hasta que vinieran las ambulancias: este puede esperar, este requiere traslado urgente, este se murió. Estos últimos eran tapados con una manta. Una de ellas era una niña pequeña que, literalmente, había quedado sin hueso frontal. "Yo tengo tres hijos, mil cosas te vienen a la mente... de pronto veo que esta niña mueve el tórax, ¡no estaba muerta! Le limpio los labios con los guantes, llenos de sangre, y emite un llanto muy débil". No se podía esperar a la ambulancia. Elbio la subió a su vehículo y la llevó a un centro asistencial de Pando, junto a otros dos heridos. Esa prontitud le salvó la vida. "Hasta el seguimiento que hice, tuvo una recuperación lenta y compleja, incluyendo cirugía plástica. Pero quedó bien".

Esa niña perdió a su madre en el accidente. El padre le agradeció mucho al policía que la desgracia no le hubiera sido total. A la niña no la vio después. No es habitual que rescatista y rescatada sigan en contacto (ver aparte), pero los agradecimientos son eternos. Lidiar con la muerte con una periodicidad mayor a lo recomendable es algo que deja huellas. Más si el propio trabajo es riesgoso. "Hoy mi hija se despide: ¿Nos vemos luego, papá?. Ojalá, mi amor, le digo yo. Tenemos claro que nosotros tampoco sabemos si vamos a volver".

Familia.

En el Río de la Plata, cuenta Mario Núñez (61), un corredor de seguros que integra la Asociación Honoraria de Salvamentos Marítimos y Fluviales (ADES), la mayoría de las muertes en agua son por hipotermia. En poco más de una hora, el infortunado entra en una fatal somnolencia y pierde la vida. Además, al ser poco profundo, en caso de temporal la ola es "repiqueteada", una detrás de la otra, lo que no le da tregua a la embarcación que zozobra. No en vano le llaman "el infierno de los navegantes".

Veinte años, mil historias. A un pescador que salió del Club Náutico se le rompió el motor de noche y sin referencia de costa. Cuando fue contactado por celular lo único que supo decir fue: "Estoy perdido en el Río de la Plata". Pequeña zona para revisar. Tomando en cuenta el punto de zarpe, Mario afinó el área con éxito. El 95% de sus operativas, estima, tiene final feliz. Hay otras donde el desenlace está cantado de antemano. Hace diez años, la necesidad obligó a tres pescadores artesanales de Pajas Blancas a lanzarse al mar para no perder sus redes por un feroz viento del Sur. La lancha apareció en Playa Pascual; uno de los cuerpos, en Piriápolis. Acá no hubo nada que hacer, pero siempre hay que salir.

Como el 27 de diciembre de 2000, un día en el que se levantó un temporal bastante fuerte. Mario estaba de guardia y sospechaba que en cualquier momento lo iban a llamar. Así fue. Un velero argentino que había partido del club Nautilus tuvo la mala fortuna de romper el palo mayor, entre olas de tres metros de altura y rachas de viento de 120 kilómetros por hora. Fue una operativa muy difícil, que insumió 18 horas, y en la que también participó Prefectura, la Armada y la Fuerza Aérea. Mario, rochense y padre de tres hijos, tenía a su madre de visita por las fiestas. La mujer no entendía esa actividad suya, riesgosa y voluntaria. "Mario, ¿por qué vas? ¿No pensás en la familia?". "Por eso es que voy, mamá. Depende de nosotros que esta gente vuelva a ver a su familia". No hay mayor diferencia que esa.

BREVE FAMA DE UN EX FUSILERO

Las historias de rescate siempre conmueven a la opinión pública. En abril de 2012, la sociedad ungió como héroe a Sergio Clavijo, un exfusilero naval de 51 años que se arrojó al Río de la Plata, a la altura de la Rambla Sur de Montevideo, para salvar a una mujer que había caído a las aguas.

En los siguientes días Clavijo desfiló por cuanto medio de prensa hubo, se reencontró con la mujer rescatada, supo de una solicitud para nombarlo "Ciudadano Ilustre" de Montevideo, e incluso inspiró una obra teatral: El salvador, de Franklin Rodríguez. Con el tiempo, el episodio —y el héroe— quedó en el olvido. En ese momento, la valentía de Clavijo contrastó con la inacción de bomberos y policías que observaron la situación desde la rambla, sin arrojarse.

APOYO FAMILIAR Y ENTRENAMIENTO

El apoyo familiar es fundamental para esta tarea, afirma el capitán Fabrizio Ruiz, jefe de la Brigada de Rescatistas de la Fuerza Aérea. Él vive con su mujer y un hijo de ella, al que siente como suyo. Siempre les avisa cuando está por salir en misión durante las guardias de 24 horas; luego, se concentra en la tarea. "Durante una misión, sinceramente, vos te enfocás y sacás otra cosa de la mente. El miedo siempre está, pero el entrenamiento y la experiencia hacen que lo sobrelleves de alguna forma. Y recién caés en la cuenta de lo que hiciste, bien o mal, los riesgos corridos, cuando terminás y se hace una evaluación".

Pero ese apoyo y ese entrenamiento pueden no bastar ante el espectáculo de ver gente muerta. En mayo de 2014 intervino en el accidente de la avioneta argentina que se estrelló en el Río de la Plata cerca de Carmelo. Ya desde el aire se auguraba lo peor. "En esos casos, hay que enfocarse en los que están vivos para sacarlos". De ese accidente hubo cinco muertos y cuatro supervivientes.

"Queda feo decirlo pero... con el tiempo no te choca tanto ver personas muertas". Sin embargo, las dos tragedias de la Fuerza Aérea de agosto, que causaron cuatro fallecidos, impactaron y mucho. "Es complicado tener que asistir a camaradas, conocidos, amigos... Es duro...".

VOLUNTAD SUPLE FALTA DE MEDIOS

Eduardo Uturburu (48), quien trabaja en vialidad rural, viajaba de San Carlos a Garzón por la ruta 9 ese muy lluvioso 15 de abril. Antes de llegar a destino vio como la cañada De La Cruz, que nunca había llegado a la ruta, inundaba el pavimento. Habría diez centímetros de agua, lo suficiente para no ver el tronco que trancó a su camioneta.

"En diez segundos el agua creció una enormidad y me daba al lado de la puerta. Había un oleaje impresionante. En un momento bajé los vidrios, entró agua y tuve que subir al techo. Y el agua llegó hasta arriba. Apoyé los pies en el parabrisas y me agarré de la puerta para que no me llevara la correntada". No quiso pensar en su familia; si lo hacía, asegura, aflojaba "y la quedaba".

Uturburu está muy agradecido a los bomberos a quienes, subraya, les faltó en medios lo que les sobró en voluntad. "Se pidió un helicóptero y no vino, un gomón y no se podía. ¡Hicieron lo que pudieron! ¡Si al principio ni se pudieron acercar! Me salvé por ellos y porque no me quise entregar".

EL SENTIDO Y EFÍMERO VÍNCULO QUE SURGE DE UNA EMERGENCIA

Más allá del agradecimiento infinito, el vínculo entre rescatista y rescatado no suele trascender el momento en que la (mala) fortuna cruza sus vidas. El bombero Rodrigo González aún conserva el teléfono de Eduardo Uturburu. "Por un tiempo, nos contactamos con las personas que rescatamos. Es nuestro modo de trabajar, por un tema humano", cuenta el uniformado.

Uno de los nueve rescatados por la creciente del Averías le pidió "amistad" al capitán Fabrizio Ruiz por Facebook; fue el único de ese grupo que amaneció prendido a las copas de los árboles. "Pasa muy poco eso de que el vínculo siga, pero cada tanto ocurre", dice el militar.

"Alguna gente mantiene el contacto y otra no", comenta el suboficial mayor Elbio Lemos, de Policía Caminera, también enfermero. "Una vez, un hombre al que salvé luego que volcara cerca de Salinas me buscó para darme un abrazo. Pero yo no hago estas cosas para recibir un agradecimiento, sino para mantener la conciencia tranquila". Aún así, estos mimos al alma son un tesoro. Lemos conserva agradecimientos y reconocimientos escritos de una jueza de paz y un médico de Tala que le elogiaron su buen hacer.

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