CABEZA DE TURCO 

Opinión | Disfrutando a Alejandro Dolina

"Con Alejandro Dolina, uno siente que hay una comprensión de lo humano edificante". Por Washington Abdala.

Washington Abdala. Foto: Archivo El País
Washington Abdala. Foto: Archivo El País

A veces, muchas veces, como tengo insomnio -hace años- para disfrutarlo oigo a Alejandro Dolina a las doce en punto en La venganza será terrible.

Con Alejandro Dolina, uno siente -por encima de matices filosóficos- que hay una comprensión de lo humano edificante, una lectura jacarandosa de la vida y cierta ironía sazonada con picardías populares, todo combinado con talento y profesionalismo. El programa es una gigantesca conversación entre él, Patricio Barton y Gillespi. Posee un guión que orienta, pero irrumpen cuotas de improvisación que hacen gala del talento de Dolina manteniendo así el timón de su nave desde hace décadas.

Para muchos veteranos es un programa de culto, como para los más chicos lo es Últimos Cartuchos (reconozco que me encantan ambos).

Es notorio que Dolina juega con la realidad, la deconstruye (sí, Derrida en estado puro), la vuelve a armar y así va transitando el programa de manera coloquial, amigable, con sabor a nostalgia pero con un profundo sentido de homenaje permanente a la vida cotidiana.

Lo que impresiona de Dolina es la capacidad para llegarle a públicos disímiles. Le arrima el bochín al público culto porque le sobra tela para jugar con ellos de lo que sea, le llega a la clase media porque la tiene recalada, sabe su “modus vivendi” y sus debilidades, y seduce a los más humildes con cabriolas retóricas sutiles, exhibidas con delicadeza y nunca castigando al idioma. Es genialmente franco en lo que verbaliza, sabiendo que hará narraciones que nadie conoce, sin embargo, nunca suena pedante y cualquier relato le permite colarse por las laterales y hablar de la vida. Allí, sí, lunfardiza para aterrizar lo elevado, pero siempre adentro de la cancha.

Su proverbial admiración a Jorge Luis Borges denota la inmanecia de la cultura en sus propias visiones. Es que las inteligencias nunca se repelen.

Es un caso de estudio porque no es un estandapero de moda, no es un cantante de covers, menos aún un humorista, ni siquiera un filósofo escondido por detrás de una máscara o un entusiasta de una ideología (hay varios de moda), no es nada de eso y tiene algo de todo eso, pero es mucho más que el conjunto.

Y claro, hay un actor o un personaje que emerge de él y a veces juega con él mismo. Freudiano puro. Lo sabe Gabriel Rolón mejor que nadie.

Alejandro Dolina debe ser un individuo complejo. He visto durante años reportajes de él (en YouTube hay muchos) y es notorio que no es un individuo fácil de entrevistar. Diría que de los más difíciles porque no se puede perder el tiempo con obviedades con un alguien así (con nadie, digamos). No es complaciente, valora su tiempo y el de la audiencia y sabe que los minutos que se le dispensan no son pavada de moco sino oro que debe administrar para interesar al otro con sus narrativas. Lúcido y pico.

Cuando ha visitado al Uruguay lo he ido a ver con su Venganza y siempre ha sido un momento gratificante. Tiene onda con los orientales, excepto con lo de Carlos Gardel -que es una batalla que empieza a sonar eterna- en todo lo demás se nota que nos aprecia sinceramente. Confieso que su talante agradable (es mucho más que humor lo que destila) hace que el tiempo que uno dispone para oírlo, produzca en uno la sensación de que ganó ese rato, que no perdió las horas en algo fatuo sino que produjo cierta estimulación laica al cerebro.

Hay mucho de Ionesco en Dolina, el absurdo de la vida está presente en buena parte de sus juegos de palabras y esa magia produce identificación inmediata. O me la produce a mí y a sus oyentes.

Y cuando canta y toca música, como es un virtuoso, a veces con tres notas ubica al oyente en un tango, una milonga o una canción de los Beatles. Un monstruo con momentos de genialidad combinando instancias diversas. Es único el tipo.

Si lo oyen, sigan disfrutándolo. Si no es así, empiecen que nunca es tarde, y no es de entrada la cosa, lleva unos días entender la lógica de sus programas. Como tantos menesteres exquisitos hay que irlos develando con entrega y voluntad.

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