Viajes

Mónaco, un paraíso perfecto

En una ciudad donde el lujo, la seguridad y la prolijidad son moneda corriente, el príncipe sale poco a la calle pero se hace omnipresente a través de las fotografías

El eterno femenino de una imaginativa pintora
En el puerto se puede apreciar el lujo. Foto: Juan Pablo de Marco

JUAN PABLO DE MARCO

No debe haber otro lugar como el Principado de Mónaco donde la ostentación y el lujo sean la regla. En esta ciudad Estado donde no viven más de 38.000 personas, autos de cientos de miles de dólares y yates en el puerto conforman un paisaje que, con seguridad, es irrepetible.

Mónaco es chico. Muy chico. Con una superficie de dos kilómetros cuadrados se ubica entre el Mar Mediterráneo y una montaña de los Alpes. Su tamaño ínfimo hace que no tenga aeropuerto, por lo que cualquiera que quiera llegar en avión hasta allí debe primero pasar por la terminal aérea de Niza y viajar 20 minutos en ómnibus hasta el principado.

El turista, que escuchará el francés de sus habitantes, aunque también hay quien habla italiano y en algunos casos en la lengua monegasca, podrá recorrer en un día su costa azul, el museo oceanográfico y el jardín japonés.

También el casino Montecarlo, un lugar que no puede ser visitado por sus ciudadanos ya que el gobierno busca que no malgasten el dinero y que lo inviertan en un negocio más seguro.

Paisaje soñado.

Transitar en vehículo de un punto a otro del país, a 160 metros de altura, puede resultar mareador por los caminos sinuosos que caracterizan al lugar. A medida que avanza el auto, se pueden observar edificios con una tonalidad cromática común: beige o marrón tenue. Cuentan los guías turísticos que en la parte más alta el costo por metro cuadrado de los apartamentos es de los más caros del mundo.

Las plazas públicas presentan la misma lógica de la ciudad en general: caminos estrechos y torcidos que desembocan en nuevas calles. Son continuos los repechos y bajadas, aunque todo con un cuidado riguroso y perfeccionista, al punto que un funcionario del principado limpiaba con una manguera una plaza pública un lunes al mediodía. La finura y delicadeza está hasta donde se pisa.

Por momentos, el paisaje parece pintado. Al transitar por la parte más alta del país, el visitante puede obtener una vista panorámica hacia el mar o, en el "peor" de los casos, observar el puerto de Mónaco. Hasta el agua cristalina del mar Mediterráneo parece elegida para el lugar. Y para preservar esa perfección hay carteles en la playa que piden a las personas no bajar con calzado.

Al llegar la noche, el paisaje rememora a Punta del Este. Porque en invierno las luces de la mayoría de los apartamentos están apagadas, son pocos los autos que transitan y el silencio, ya sobre las nueve de la noche, se hace sentir.

Seguridad principesca.

Al hablar con sus habitantes, muchos comentan que el príncipe Alberto no se hace presente en las calles. Pero él es omnipresente porque junto a su mujer Charlene se deja ver a través de las fotografías. Estas aparecen en varios restaurantes, en el hall de algunos edificios y hasta en las vidrieras de numerosas tiendas de ropa y de relojes.

En Mónaco se siente la seguridad. Hay policías por todos lados que patrullan las calles con saco y corbata. Miran todo el tiempo a su alrededor. Algunos guías turísticos estiman que hay un efectivo cada 60 habitantes, lo que, dicen, convierte al principado en uno de los lugares más seguros del mundo. En el Palacio del Príncipe de Mónaco, también conocido como el Palacio Grimaldi donde residen Alberto y su esposa, hay cuatro efectivos a la vista que vigilan.

En el frente de la edificación hay una zona por donde los turistas pueden circular y sacar fotos. El área está protegida con algunas cadenas que delimitan el acceso al palacio real. Sobre el mediodía de un lunes, una persona cruzó hacia esa área restringida para tomar más de cerca una imagen del palacio real. Ni bien puso el pie en ese sitio, los guardias respondieron de manera instantánea en francés: "Sil vous plaît, marcher à reculons" (Por favor, camine hacia atrás). Asustado, volvió a donde estaba.

También hay tecnología que los protege. En los dos kilómetros cuadrados de esta ciudad-Estado existen 520 cámaras, que graban durante los siete días a la semana y las 24 horas al día. Una mujer que trabaja como guía turística y vive en Niza contó que no recuerda de un robo en ese lugar.

Más ostentación.

La suntuosidad monegasca también se observa en la gastronomía y sus precios: una comida en un restaurante sale unos 2.700 pesos uruguayos por persona. Y también en algunos hoteles. En Le Meridien, un recinto de cuatro estrellas ubicado frente al mar, subir en el ascensor puede resultar una experiencia poco común. Ese espacio, que cuenta con un estilo similar a Las Vegas, tiene luces de colores que se encienden y apagan y música instrumental como banda sonora. Como si todos los detalles estuviesen contemplados.

A los monegascos también les gusta mostrar su trascendencia internacional a partir de las actividades deportivas que alberga. Por ejemplo, con la prueba de Montecarlo de la Fórmula 1, la competencia automovilística más importante en el mundo. Los comerciantes lo saben y lo hacen valer vendiendo remeras, tazas y todo tipo de recuerdos referidos a la prueba.

Los autos son uno de los rasgos más distintivos. Es difícil encontrar un vehículo que sea anterior al año 2010. Quien camine por cualquier parte del principado, girará su cabeza hacia la derecha o izquierda y encontrará un Ferrari, un Lamborghini o un McLaren. Las casas de venta de estos vehículos están todas en dos cuadras. Y varios de estos coches, algunos valorados en 360.000 euros, duermen afuera en un área delimitada por una cuerda, por las dudas de que alguien se acerque.

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