Pintura famosa

La balsa de la Medusa y un dilema muy actual

Un trágico naufragio del siglo XIX provocó, entre otras cosas, una inmortal pintura de Théodore Géricault que aún nos interpela.

La balsa de La Medusa
La balsa de La Medusa, de Théodore Géricault (Museo del Louvre)

El 2 de julio de 1816 más de un centenar de personas quedaron abandonadas a su suerte en el océano Atlántico a 60 km de las costas de Senegal. Allí se inició una historia donde el horror pasó a ser parte visceral de la trama, y también la motivación para que un artista creara una gran obra de arte.

Es el caso del lienzo titulado La balsa de La Medusa (“Le Radeau de la Méduse”) realizada en 1818 por el pintor y litógrafo romántico Théodore Géricault (Ruán 1791-París 1824) y que fue presentado por primera vez al público en el Salón de París de 1819. Es una obra monumental de 7,17 por 4,91 metros, pintada en menos de un año. Hoy se puede apreciar en la Sala Mollien, ala Denon, del Museo del Louvre en París.

La tragedia ocurrió hace algo más de 200 años y la pintura, que el año pasado cumplió también el doble centenar, cobran especial vigencia en estos tiempos de crisis, de pandemia, y de decisiones difíciles. En su época los hechos dejaron en evidencia la corrupción política y la inoperancia, pero también los límites que el ser humano puede llegar a cruzar cuando se enfrenta a situaciones desesperantes.

El comienzo del fin

El 17 de junio de 1816 zarpó de Francia una flota con cuatro buques, conformando una expedición cuyo objetivo era retomar la posesión de la colonia francesa de Senegal perdida durante las guerras napoleónicas. Al mando del convoy iba la fragata “La Medusa” (Méduse), una embarcación muy moderna para la época. El capitán era Hugues Duroy de Chaumareys (1763-1841), un burgués devenido aristócrata con poca experiencia en el oficio y que hacía más de veinte años que no navegaba. No había conseguido el puesto por su capacidad o experiencia, sino como un gesto político de Luis XVIII.

“La Medusa”, más veloz que las demás, comenzó a alejarse del grupo a pesar de que las órdenes eran que fueran todos juntos. El capitán, descuidando su responsabilidad de mando, delegó en un oficial la conducción de la nave. Transcurrido un tiempo éste empezó a observar en el mar signos que le indicaban que estaban en una zona de poca profundidad. Le advirtió al Capitán de la situación, pero éste le restó importancia. La sonda advirtió la poca profundidad de las aguas, dato que concordaba con la carta marítima que indicaba la existencia del banco de arena Arguin, muy conocido por los marinos. La tripulación comenzó a alarmarse. Hacia la tarde “La Medusa” encalló.

Los barcos de salvamento no eran suficientes para evacuar a todos y había que decidir quiénes se subían y quiénes no. A bordo se encontraban cerca de 400 personas entre militares, funcionarios, colonos y científicos, incluido el futuro gobernador de la colonia con su familia. Las embarcaciones apenas podían evacuar unos 200. Ante tal situación el gobernador decidió, y las diferencias sociales marcaron la línea divisoria.

El capitán, los oficiales, el futuro gobernador y su familia fueron los primeros en abordar los botes. Quedaron a bordo 150 personas desesperadas: miembros de la milicia armada, marineros y algunos tripulantes más. El gobernador les propuso que hicieran una balsa y que se subieran a ella; les prometió que los remolcaría atándolos a los barcos salvavidas hasta llegar al puerto de Saint-Louis en Senegal.

El clima continuó empeorando; la fragata encallada se dañó aún más: había que partir con premura. Con los palos, tablas y telas del barco moribundo construyeron una balsa precaria de unos 20 por 8 metros. Entonces comenzó la evacuación.

La balsa apenas pudo soportar el peso de los primeros 50 hombres que subieron y se hundió 70 cm. Pero continuaron evacuando. Cuando ya estaban los 150 a bordo el agua les llegaba a la cintura. Decidieron entonces llevar lo mínimo: una lata de galletas, dos barriles de agua que perdieron en la primera noche y unos barriles de vino. Mientras tanto en la fragata encallada quedaron 17 personas a la espera de un incierto rescate, que juraron les enviarían apenas tocaran tierra.
Se inició la travesía en busca de las costas, pero apenas recorridas dos leguas se cortó uno de los cabos que remolcaba la balsa. Al rato, en un episodio confuso, se soltaron los otros cabos. Quedaron abandonados a su suerte en medio del océano. La balsa, como un “ataúd flotante” al decir del historiador del arte Robert Rosenblum, quedó sin rumbo, presagiando lo peor.

Miseria humana

La primera noche fue muy dura. Con las primeras luces descubrieron que el fuerte oleaje se había llevado a algunos pasajeros. La segunda noche fue peor. El mal tiempo, el terror, la desesperación por mantenerse cerca del centro de la balsa que era el lugar más seguro, sumado a los efectos del vino, provocó que se desatara una batalla donde emergieron todas la miserias humanas. Amotinamientos, asesinatos y ejecuciones, canibalismo, ataques de locura, todo por conservar un espacio ínfimo en esos escasos metros cuadrados. En esa noche murieron 60 personas.

Durante el día la situación no mejoraba; algunos deliraban, otros se sumían en el más profundo abatimiento. Al sexto día solo quedaban 30 personas vivas. En la desesperación por sobrevivir valió todo, incluso matar: a dos por haber roto el racionamiento del vino, a otros 13 se los tiró a las aguas y a los que estaban enfermos o debilitados se los abandonó a su suerte. En el decimotercer día fueron rescatados por el bergantín francés “L´ Argus”. De los 150 náufragos sólo quedaban 15 y de ellos, solo 10 sobrevivirán para pisar tierra firme.

Una vez terminada la odisea el gobierno francés quiso ocultar los detalles de esta historia macabra. Pero los hechos salieron a la luz gracias a la prensa independiente, y porque dos de los sobrevivientes, el ex cirujano de la Marina Henri Savigny, y el ingeniero-geógrafo Alexandre Corréard, narraron todo en un libro, Naufrage de la frégate La Méduse (París, 1817, hay traducciones al castellano).

Algunos pasajes son reveladores: “Todos estaban gravemente heridos y habían perdido la razón (…). Tras una larga discusión, decidimos tirarlos al mar. Al cabo de los días, los pasajeros de la balsa de La Medusa se vieron en la necesidad de completar la ración de vino con agua salada y orina, y al tercer día ya aparecieron casos de canibalismo…”.
“La tercera noche no hay violencia ni reposo. El agua llega a las rodillas y solo es posible dormir de pie (…) las luces del nuevo día anuncian nuevas bajas, los cadáveres se arrojan al mar conservándose solo uno como alimento...”.
“Aquellos que habían conservado la vida se lanzaron ávidamente sobre los cadáveres que cubrían la balsa. Los cortaron en trozos e incluso algunos los devoraron inmediatamente. Una gran parte de nosotros rechazó tocar aquel espantoso alimento, pero finalmente cedimos a una necesidad, que es más fuerte que cualquier humanidad. Veíamos aquella horrible comida como un medio deplorable y único de prolongar nuestra existencia…”.

El arte y la indignación

Una vez publicada la historia por la prensa, la indignación recorrió a toda la sociedad francesa, entre cuyos integrantes estaba el joven Géricault. Quedó tan impactado por lo sucedido que decidió plasmar la tragedia en un lienzo. Para ello trabajó como un cronista: investigó en la prensa sobre los acontecimientos y entrevistó por largas horas a los sobrevivientes, en particular a Savigny, Corréard y al señor Lavillette, quien había construido la balsa. También los retrató. Luego viajó a la costa Normanda para observar detenidamente el mar y aprender sobre su movimiento. Visitó hospitales y depósitos de cadáveres para ver y dibujar de primera mano cómo eran los cuerpos mutilados, enfermos o ya sin vida. Incluso mandó hacer una balsa a escala y pidió a sus amigos que posaran para él. Entre ellos se encontraba el aún joven Delacroix.

Era ambicioso. Quería hacer una gran obra que pasara a la historia. Aun así se preguntaba cuál escena, qué momento sería el más adecuado para emocionar y trasmitir al espectador la esencia de esta tragedia. Para ello realizó numerosos bocetos hasta encontrar la composición pictórica que mejor reflejara lo que él quería comunicar. Entonces la pintura comenzó a fluir.

La balsa aparece ante el espectador sobre un mar embravecido. Falta un paso para poder subir. Las olas amenazantes se acercan desde el ángulo izquierdo. El viento sopla fuerte, hincha la vela y empuja la balsa hacia el peligro, justo en dirección opuesta hacia donde señalan todos los protagonistas con desesperación. Un montón de hombres agitados tratan de formar una pirámide humana para poder llegar a lo más alto posible y agitar un trapo de color rojo para poder ser vistos en la inmensidad del mar.

El momento que eligió Géricault es el momento de la ilusión, de la esperanza, el de la salvación que se avizora en el horizonte apenas como un punto.

Géricault continuó y describió todos los estados anímicos de ese instante. En la base de la pintura ubicó a los que ya murieron; enseguida se puede apreciar a un hombre que perdió la esperanza, pues con la cabeza apoyada en su mano y la mirada perdida apenas tiene fuerzas para sostener el cadáver de su hijo. Es una escena de La piedad de Miguel Ángel. Luego están los que gastan sus últimas fuerzas para tratar de incorporarse; otros apenas pueden mantenerse en pie. Hay rostros de alegría que acompañan sus expresiones con gestos fuertes, con los brazos extendidos y las manos abiertas señalando la salvación. El viento sigue soplando en sentido contrario a la esperanza y unos nubarrones oscuros amenazan ese instante de felicidad.

La genialidad de Géricault está en haber escogido el momento en el que se da una lucha de fuerzas opuestas. Esto es lo que hace que esta pintura sea tan brutal y desesperante, pues es el instante donde se sabrá si sobreviven o se perderán definitivamente en la inmensidad del mar. La agitación se siente, recorre toda la pirámide humana y se dirige hacia el fondo del cuadro. Es un crescendo emocional que arrastra a quien observa la pintura.

Pero Géricault también muestra su maestría en los detalles. El tratamiento pictórico de los náufragos lo realizó siguiendo las lecciones que aprendió en el Louvre, donde copió a los maestros que admiraba para tratar de desentrañar sus secretos, y también de los que observó cuando estuvo en Italia. Aquí está la lección de Miguel Ángel y los efectos dramáticos de la luz en Caravaggio. Sin embargo no están los efectos de 13 días al sol, sin comer ni tomar agua. Los mártires de esta historia no están delgados ni con heridas, la barba no está crecida ni los labios están resecos. Al contrario, los cuerpos están musculosos e idealizados.

Ésta es una de las licencias que se toma el pintor para darle un tono heroico a la escena. Acentúa el dramatismo alterando las condiciones climáticas. Según los sobrevivientes el día del rescate estaba soleado y el mar estaba en calma. Cabe preguntarse si ese entorno habría causado el mismo efecto. Pero esto es pintura, pura creación, y son las decisiones del artista las que hacen que una pintura se transforme en Arte con mayúscula.

Una historia sin fin

A principios de 1817 el capitán fue sometido a una corte marcial, separado de sus funciones, expulsado de la Marina y condenado a tres años de prisión.

La pintura finalmente fue presentada en el Salón de París de 1819 con otro nombre, “Escena de un Naufragio”, para no provocar controversias con el gobierno. El tema estaba aún candente.

La obra provocó una gran impresión en los visitantes. Le Journal de Paris escribió: “Golpea y atrae todas las miradas”. Sin embargo no fue bien recibida por la crítica. Era una pintura de las llamadas “de gran formato”, que se reservaban para temas históricos o religiosos, y aquí no se veía nada de eso. Faltaban los héroes clásicos. Tampoco quedaba claro quién era el protagonista.

Justo por esto, por la elección de un tema tan controvertido, por romper con las reglas establecidas y usar el gran formato para pintar un hecho contemporáneo protagonizado por gente común, es que La balsa de La Medusa merece ser recordada. Como también conocer la historia en la que se inspira. Porque como dice Jules Michelet, “toda nuestra sociedad está a bordo de la balsa de La Medusa”.

Théodore Géricault
Théodore Géricault por Horace Vernet, 1822 ó 1823

Depresión

Théodore Géricault nació en una familia acomodada. Siendo muy joven se presentó al Salón de París de 1812 con éxito. Tras la finalización de La Balsa de La Medusa quedó sumido en una profunda depresión. La caída de un caballo lo lesionó gravemente, pero continuó pintando. Murió a los 33 años.

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