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Luis Orpi se prueba en Carnaval

Lleva 25 años al frente del Subterráneo Magallanes. Dice que el humor es salud. Hizo radio, TV, cine y café concert. Solo le faltaba el Carnaval y este año saldó la deuda: debutó en la premiada revista Tabú que va por su tercer primer puesto en el Concurso Oficial. Entrevista al actor, cómico, humorista, empresario y ahora también amigo de Momo.

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Foto: Darwin Borrelli

Nunca se destacó en química o literatura. La disciplina artística era su fuerte. Sus docentes le rogaban que los imitara porque le salía perfecto. En la casa de Luis Orpi lo incentivaron a que estudiara actuación. Se inscribió a un taller con Cerminara y Restuccia y enseguida debutó en una obra de Molière.

—Tu padre tenía una fábrica de tejidos. Vos hiciste tapices para vender en la feria durante años. Ya desde ese trabajo manual empezaste a expresarte…

—Eran tapices hechos en lana con paisajes abstractos o figurativos. Era un trabajo muy complicado: un tapiz te podía llevar diez días. Desarrollaba lo artístico pero también lo hacía por necesidad.

—Exponías los tapices en la Feria del Libro. Fuiste fundador AUDA (Asociación Uruguaya de Artesanos), ¿te recordás hippie?

—Era bohemio. No tenía horarios. Si quería dormir seguía, si prefería trabajar hasta las doce o la una lo hacía. Independiente de verdad. La independencia te trae problemas nerviosos porque nunca tenés un sueldo fijo. Yo me sigo dedicando a esa incertidumbre porque el arte en el espectáculo es así: de repente te llaman y la obra no funciona, o algo que apostaste a hacerlo dos meses se convierte en un éxito.

—¿Te afecta esa incertidumbre?

—No demasiado, asumí esta irregularidad en mis inicios cuando empecé en la Alianza Francesa con Restuccia y Cerminara en el 82.

—¿Cuánto influyó el conocimiento que tu padre tenía sobre la obra de Chaplin para que te volcaras a la actuación?

—Mis padres eran fanáticos del cine. Íbamos todos los domingos a ver cuatro o cinco películas. Mi padre tenía un proyector y pasaba películas para gente del barrio (La Teja) y las explicaba porque Chaplin no solo hacía reír, como tantos cómicos, sino que decía verdades que te permitían reflexionar.

Y no era el padre convencional que te increpaba, esto es una locura, hacé medicina. Me decía, ¿te gusta ser actor? Hacelo. En casa me estimulaban mucho. No lo decidí ahí. Yo ya me perfilaba así a los 13 ó 14 años: imitaba a compañeros y profesores e incluso los docentes me lo pedían.

—¿Cómo recordás ese debut como Geronte en El médico a palos de Molière?

—Fue impresionante. Recuerdo que me sentía gozado, pensaba, si después de ocho meses de taller, ya me ponen en una obra profesional quiere decir que alguna condición tengo, puedo servir para esto. Restuccia y Cerminara eran gente así: te descubrían y se la jugaban. Eso me ayudó muchísimo. Fue un verdadero acicate que me dijeran, servís para esto, subí.

—En las clases de Cerminara se jugaba a negar la realidad, ¿cómo te llevás con eso hoy?

—El teatro para el espectador y el actor es negar por un rato la realidad. Vos podés ser una dama del siglo XIV, la madre de un gángster, Julieta. Eso es el teatro para mí: se apagan las luces y todo puede suceder. Me parece que todos deberíamos ir dos o tres horas por semana a un lugar donde poder hacer lo que se quiere. Y paradójicamente no tenemos que actuar porque actuamos mucho más en la vida real cumpliendo diversos roles que al ir a un taller y hacer un ejercicio donde puede pasar cualquier cosa, todo es válido, uno puede ser lo que quiere.

—Entonces actúas mucho más en la vida cotidiana que en el escenario…

—Pasamos toda la vida actuando: para quedar bien, para agradar, para conseguir lo que queremos. Los trabajos son, en su mayoría, actuaciones. El lugar más libre que encontré fue el teatro y con el terrible estímulo de que podés cambiar por un momento el ánimo de la gente.

—¿Percibir que en el otro se modifica el ánimo es un motor para seguir en el escenario?

—Es un estímulo infernal. Te sentís con dolor de estómago, subís al escenario y toda esa energía que recibís te cambia el físico, el estado anímico, tu talante. Es muy gratificante modificar en algo. Siempre digo, ojalá que la gente que entre a la sala salga de otra forma: más reflexiva, más distendida.

—¿Trabajás para conseguir eso?

—Claro y también para mí. Este es un trabajo muy personal y egocentrista. Trabajo porque a mí me gusta. Yo no digo, esta noche voy a hacer una obra social, voy a cambiar a la gente; no, subir al escenario, sentir las carcajadas y risas para mí es un alimento continuo al ego. También trae aparejado eventuales fracasos y sacrificios.

—Te inscribiste al taller de Cerminara porque te gustaba su manejo del absurdo y a la vez era una persona entrañable, ¿buscás ese combo al crear tus personajes?

—Claro, que sean queribles, ya sea por su locura, su ingenuidad, su absurdo. No pienso, ahora voy a hacer un personaje entrañable, divino; hago lo que quiero, lo que se me ocurre, lo que fluye. Siempre estoy jugando a ser otra persona. Paso continuamente creando cosas que de repente sirven con mis hijos, mi señora, mis amigotes. En otras disciplinas es más riguroso sentarse a pintar, escribir, acá salís a la calle, te encontrás con alguien o emulás personajes que ves por ahí. Es mucho más rico el material que hay en la calle que ponerse a pensar un personaje.

—Advertís a tus hijos sobre las incertidumbres que afronta el actor y les aconsejás que tengan una actividad paralela, ¿vos la hubieras tenido?

—No ¿Trabajar en un banco y ser actor? No. Respeto muchísimo a todo aquel que se dedica a algo y no le va bien, pasa calamidades, pero quiere hacer eso, y es consecuente, persevera. Quiero ser actor, pintor, escritor. Y sigue. Lo respeto muchísimo porque se la juega. Yo creo en el artista en serio, ese que se muere de hambre haciendo lo que le gusta.

—Con tus amigos del liceo podés ser el Orpi no popular por un rato, ¿extrañás el anonimato?

—Yo no me hago el re popular y famoso. Vos creás tu tiempo y espacio. Cuando voy a Piriápolis, mi esposa y mis hijos me dicen, vamos a dar una vueltita. Vayan, respondo. Entonces me quedo solo, tranquilo en el jardín del fondo. Pero también me gusta muchísimo salir a la calle y saber que lo que hago tiene repercusión. No me cuesta absolutamente nada el saludo, las felicitaciones porque son demostraciones de cariño intensas. Sí me cuesta que me pidan bajo 35 grados de calor en la calle que les haga un personaje.

—Habías tenido un montón de propuestas de murgas, humoristas y parodistas pero las descartaste todas. La noche y el Subterráneo no te lo permitían, ¿alguno estuvo cerca de tentarte?

—No, siempre pensé que no era el momento adecuado. Esto se dio de una forma muy fluida. Me uní al grupo de Uruguayísima (Juan Rodríguez, 2015) donde participaba también la revista Tabú y hubo mucha química. Yo hacía sketches junto a Juanse Rodríguez, Virginia Ramos y Jessica Zunino. Me gustó, me sentí cómodo y me asombró el nivel profesional, por eso también acepté, sino no lo hubiera hecho.

—¿Te generó algún miedo o duda la novedad?

—Hago lo mismo que hice en radio, televisión y café concert pero voy a lugares donde nunca había estado. Las fiestas me enseñaron que el humor es universal y podés enganchar a la gente en cualquier sitio.

—Dijiste que disfrutás de lo que hacés pero nunca terminás de estar conforme, te preocupás por crear cosas nuevas, ¿encontraste en el Carnaval una forma de reinventarte?

—Sí, es cierto. No lo busqué a propósito, fue como una bocanada de aire fresco: comparto mi arte con un público al que no había tenido acceso, que no tenía posibilidades de ir al teatro. Fue como una inyección de renovación bien distinta pero sin buscar reinventarme, se dio solo. Pasó, lo sentí así. Es lindísimo llegar, que te reconozcan, te besen, te abracen, te pidan fotos. Solo pido que el físico me ayude.

Orpi junto a parte del staff de revista Tabú.
Orpi junto a parte del staff de revista Tabú.

—El juego con el público lo tenés de memoria, pero es la primera vez que pisás un escenario popular como el tablado, ¿te intrigaba qué podía suceder?

—Descubrí una cosa increíble. Intervienen, suben al escenario, piden para participar con Solange. Se atreven, se integran, se divierten, son creativos. Fui sorprendido por esa integración espontánea que hay en cualquier lugar de Montevideo. A mí me encanta hacer participar al público pero siempre que sea espontáneo, lo forzado es horrible.

—La noche del Desfile Inaugural estabas agotado, decías, no puedo más, no puedo más, pero no parabas, ¿qué observaste?, ¿qué imagen guardaste?

—Me quedé con el reconocimiento de la gente, que el desfile es divertido para quien lo hace y quien lo recibe. Desde chico no iba a uno. La música, el baile, el colorido: descubrí una fiesta.

—El Carnaval es un concurso, ¿te cuesta ver el hecho artístico como una competencia?

—Hay cosas que son positivas en el sentido de que te exigen mayor profesionalismo, creatividad, perfección en el vestuario, el maquillaje. Hay una pizca más de nerviosismo en el sentido de que tenés que hacer tu actuación en cierto tiempo.

—¿Ganar te seduce?

—Claro, me gustaría ganar. No salgo por eso, salgo para divertirme, hacer divertir y por supuesto por la parte económica, ¿por qué negarlo? El premio es un estímulo más.

—Cuando hacías Gastos Comunes (Canal 10) te llamó Claudio Villarruel, viajaste a Argentina pero no te quedaste, ¿qué pasó?

—Lo vi entreverado. No estoy acostumbrado a hablar con una persona y que tenga seis llamados telefónicos. Si te cita, vas de otro país, hacés un viaje, llevás como un gil de goma aquellos VHS para que vean tu trabajo.... No era Villarruel, era otra persona, pero mientras conversaba conmigo, tomaba café, hablaba por teléfono.

Fui sin saber qué iba a hacer. La propuesta era hacer unas cámaras ocultas en Río de Janeiro para el programa de Marcelo Tinelli. Me gusta verlas y me gustaría hacerlas pero era muy entreverado, no me pareció nada sencillo.

—No te arrepentiste, entonces….

—Me arrepentí de haber ido y haber perdido todo ese día. Soy recontra montevideano, me gusta estar acá, hacer las cosas para mí gente. Es mi lugar, estoy con mis hijos.

—En 2010 estabas muy entusiasmado con un piloto para un programa de humor que ibas a presentar en Canal 10, ¿qué pasó con eso?

—No sé, hice tantos pilotos. Sinceramente no me acuerdo. La televisión es así, si ahora no funcionan los programas cómicos, funcionarán los de entretenimiento. Si me pudiera insertar en la televisión sería notable, pero sino ya está. Hay teatro, café concert, fiestas, avisos publicitarios.

—Participaste en Una forma de bailar (Álvaro Buela, 1997) y te gusta el cine, ¿por qué no volviste a la pantalla grande?

—El cine es fascinante, me encanta. Una vez no pude, no sé si no me gustó la temática o qué, pero no acepté y después no me invitaron más.

—Un año no fuiste a ver ningún partido de Fénix por cábala, ¿qué otras has seguido?

—Mis hijos y yo nos sentamos de cierta forma y si va ganando Fénix no nos movemos. Si nos convierten un gol, cambiamos de posición. Voy mucho a mi querido parque Capurro. Me pongo atrás del arco, somos unas 30 ó 40 personas, nos conocemos, nos saludamos. El fútbol es una pasión enorme y creo que ahí está representada la sociedad. Está el tipo defensivo, el que no arriesga tanto, el más agresivo en el buen sentido, el crac que es un atorrante, juega cuando quiere, no baja a marcar, se sabe que hace tres pases y cambia un partido; el valiente, el que juega quebrado, el líder.

—¿Y vos cuál serías?

—Me parece que soy un 9, al que le tocó hacer los goles y siempre le exigen convertir.

En la piel de momo.

Luis Orpi eligió cuatro de sus tantos personajes para llevar a esta revista. Lo hizo en función de la temática del espectáculo que se basa en el mal uso del tiempo. También realizó sugerencias a nivel de gags. Comienza con el Cafisho y continúa con el memorable Tenso (ambos los interpretó en Gastos Comunes).

Luego aparece su querida amiga Solange, que quien encarna desde hace 25 años en el Subterráneo Magallanes y es un éxito a nivel de química con el público. Orpi finaliza con el Sambomba, "un ser entrañable, que lo estrené en Decalegrón con Ricardo Espalter y se llamaba Yiye Goyen".

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