accidentes de transito: lejos del antídoto

Vivir para contarlo

Detrás de las cifras y los titulares de informativos están los sobrevivientes a los accidentes de tránsito. Tras la imagen de un auto chocado está el lesionado y el dolor de la pérdida. Están Aguiar, Cardoso, Chialvo y Furtado.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
En los últimos cinco años, murieron 2.573 personas en siniestros de tránsito. Foto: F. Ponzetto

Día, hora, imágenes, zonas, circunstancias y cifras. En general, cuando se trata de accidentes de tránsito, la información queda circunscripta al instante del siniestro y a sus consecuencias inmediatas. Tantos fallecidos, tantos lesionados. Fin. Hasta el próximo accidente.

Pero hay meses, como enero pasado, en que la cantidad de muertos es tal que amerita titulares: 20 personas fallecidas en los primeros 17 días de 2016. Horror generalizado, entrevistas parecidas a las mismas autoridades que repiten lo que todos ya sabemos. Y fin. Hasta el próximo accidente.

En los últimos cinco años, en Uruguay murieron 2.573 personas en siniestros de tránsito, según datos de la Unidad Nacional de Seguridad Vial (Unasev). Pero además, hubo otras 146.443 personas que resultaron lesionadas.

Aunque estas cifras rompan los ojos, un "lesionado" no produce el mismo impacto mediático y social que un "fallecido". ¿Pero qué tal si ese lesionado vio morir a su padre, madre, hermano, tío o pareja? ¿Cómo se mide esa vivencia? ¿Y los "lesionado graves", los que sobreviven pero con daños que les impiden ser quienes eran?

"El impacto que genera en una familia el cambio radical de situación es enorme. Es una crisis, un quiebre, un antes y un después. En toda familia y en cualquier accidente", dijo a El País Mariela Camino, psicóloga especializa- da en Psicología Médica y en Discapacidad y Familia, quien trabaja en el Centro Teletón y en el Centro de Rehabilitación Integral (Cerei) con pacientes con lesiones encefálicas y neurológicas adquiridas.

Y no solo sufre el lesionado y su familia: "Impacta también en compañeros de clase, de trabajo y, especialmente en el interior, en la comunidad. Tiene un efecto dominó", agregó.

Viven.

Una tarde Marcelo Aguiar, carpintero de 41 años, se fue de pesca con amigos a un río cercano a su casa en Santa Lucía, Canelones. Comieron asado, tomaron "unos vinos" y pasaron la noche relajados. Al día siguiente subió a su moto y partió a la ciudad a reponer provisiones. Cuando regresaba reventó la rueda de adelante, se le rompió el manillar y salió despedido. Cayó de espaldas sobre un mojón de hormigón. Aguiar pasó 76 días en coma, perdió una pierna y quedó en silla de ruedas. Fue en 2007. Iba a 130 kilómetros por hora y admite que seguía bajo los efectos del alcohol.

María José Priliac viajaba a La Paloma por la ruta 10 con su hijo y su esposo, el senador José Carlos Cardoso. Próximo al ingreso al balneario Valizas se encontraron con un "corte abrupto" por obras en la ruta, con balastro "como recién puesto". La camioneta derrapó, perdieron el control y volcaron.

El senador y su hijo quedaron inconscientes. Ella, que sufrió fractura de hombro y apertura de esternón, quedó sola en la ruta, buscando su celular para pedir ayuda. "Vi que mi esposo se me moría", relató a El País. Fue hace tres meses. Priliac y su hijo, quien estuvo en coma unos días, están bien. El senador se llevó la peor parte pero se está recuperando.

El 14 de abril de 2014, Sergio Chialvo (18) viajaba de Carmelo a Colonia como acompañante de su tío cuando en determinado momento se les atravesó un caballo. Por esquivarlo, el coche se dio contra un árbol, justo del lado derecho, donde estaba Sergio. Sufrió fractura de fémur, cadera, pelvis y costillas, más lesiones en el pulmón y el hígado.

Durante la internación tuvo cuatro infartos cerebrales y por eso hace casi un año que está en rehabilitación en el Centro Teletón por una parálisis del lado izquierdo de su cuerpo. "Estuve con 98% de probabilidad de muerte", contó el joven a El País.

Sobreviven.

Los tres relatos cobran otra dimensión cuando se pasa al capítulo rehabilitación y a la vida postsiniestro. Salvarse de la muerte es mucho, pero no es todo.

Priliac, la esposa del senador José Carlos Cardoso, prefirió no entrar en detalles. "Contar mis recuerdos personales sobre el accidente, el ver a mi esposo e hijo en el estado que se encontraban es demasiado fuerte, por lo que prefiero quedármelos", dijo. Aquel día de noviembre sintió "rabia e impotencia" pero que hoy se siente "bendecida" y "más creyente que nunca".

"El estado de salud de José Carlos, tomando en consideración la entidad de lo que sufrió y el diagnóstico médico de las lesiones, es maravilloso. A tan solo tres meses del accidente su recuperación está siendo magnífica".

Dice que el impacto "fue terrible" y que provocó muchos cambios en la vida familiar. "Pero sería muy egoísta en hablar de un nosotros sabiendo que Uruguay registra una elevada tasa de fallecidos por accidentes de tránsito, cuando los tres tenemos la oportunidad de continuar juntos y bien", agregó.

Cuando Marcelo Aguiar supo que quedaría postrado en una silla de ruedas se quebró. "Tenía más ganas de morirme que de vivir, eso no iba a ser vida ni para mí ni para nadie". Entonces vivía con su esposa e hija de cuatro años pero decidió separarse. "La relación no estaba mal pero no podía atar a una persona a vivir esta vida", cuenta.

Esta autopercepción, que en principio parece incuestionable, podría ser diferente si se trabajara otra mirada en las campañas de prevención de accidentes, explicó a El País Federico Lezama, coordinador ejecutivo de la Secretaría para la Gestión Social de la Discapacidad de la Intendencia Municipal de Montevideo.

"Hay un problema en el abordaje de la prevención de accidentes que centran su estrategia en el miedo a adquirir una discapacidad. Y ese mensaje, si bien intenta lograr un buen objetivo, dificulta el relacionamiento. La persona, cuando adquiere una discapacidad, se encuentra en el lugar de alguien que no es deseado", afirmó.

Lezama dijo que en Uruguay no están medidas las causas pero que es claro que "los accidentes de tránsito son una de las puertas de entrada al mundo de la discapacidad".

Quedar en silla de ruedas le costó el matrimonio a Aguiar y lo dejó "anclado" en su Santa Lucía natal. Si quiere movilizarse, debe contratar un servicio de transporte privado o pedir una ambulancia a Salud Pública. "No puedo subir a ningún ómnibus interdepartamental en silla de ruedas", dice sin ocultar su rabia.

Tampoco puede trabajar como albañil y, aunque lo intentó, no encuentra un tercero que lo contrate. "Tengo bien los brazos y la cabeza, pero me ponen excusas para no tomarme", dice.

A pesar de las graves heridas, después de un año de trabajos de rehabilitación en el Centro Teletón, el joven Sergio Chialvo camina ayudado por una férula. "Tengo un poco de renguera del lado izquierdo por la parálisis pero me muevo sin drama y no me da vergüenza para nada", dice.

Cada tanto sale a bailar pero ya no le interesa como antes, y retomó la práctica de remo. "Algo de movilidad tengo y con eso me basta", cuenta. Eso sí, ya no tiene la misma resistencia.

"La verdad es que después del accidente empecé a ver cosas positivas, me cambió la forma de pensar, veo el medio vaso lleno", explica. "Es lo que me tocó y me estoy recuperando. Nunca será lo mismo que antes pero se puede", agrega.

Rehabilitación.

La psicóloga Mariela Camino ha trabajado con muchas víctimas de accidentes de tránsito. Su especialidad es, justamente, la rehabilitación de pacientes.

A Camino no le gustan las generalizaciones ni la enumeración de las posibles secuelas psicológicas que enfrenta un accidentado. "Cada paciente es su historia previa, la familia en la que está inserto y su situación económico-laboral", afirma.

Además divide a los pacientes en dos tipos: con lesiones encefálicas (traumatismo de cráneo) y con lesiones medulares (en el resto del cuerpo). Muchas veces, los pacientes sufren ambos tipos de lesión.

"Cuando el paciente no tiene una lesión craneal, las secuelas son otras. Los lesionados medulares sufren otro tipo de impacto. Los primeros tienen a veces trastornos cognitivos, lo cual los protege de cierto nivel de angustia", explica.

Si se trata de alguien que sufrió una lesión encefálica, en general llegan a tratarse en un estado en el que no son "abordables" psicológicamente. "Porque está confuso o no se conecta. Entonces el trabajo empieza por la familia, para saber sobre sus conductas premórbidas (previas). Si era una persona con conductas de riesgo, en lo personal y con la sociedad", explica Camino.

La psicóloga afirma que muchas veces las familias sienten que no tienen herramientas para integrar a esta "persona diferente". "A veces les da vergüenza decir que los cansa o que les enoja. Pero es importante que la familias sepan que esos sentimientos son normales y esperables, que todos forman parte del período de adaptación".

Según su experiencia, la forma más efectiva de abordar los casos de trauma físico y psicológico es a través de un equipo multidisciplinario que abarque las áreas motora, cognitiva y emocional.

"No nos podemos olvidar que estos pacientes se rehabilitan pero que para lograrlo es necesario que cuenten con el apoyo adecuado. El proceso no termina con el alta médica sino que debe continuar", remata.

Sobrellevar la muerte de una hija y reponerse por los que quedan vivos.


Alba Furtado vivió la peor pesadilla de una madre cuyas hijas salieron a bailar: recibir una llamada apenas amanece. Atendió su pareja, Luis. "Vamos porque Silvana tuvo un accidente y parece que se lastimó", le dijo él. Era el 24 de noviembre de 2002.

"Salí sintiendo que estaba muerta, sentía fuego adentro, como que Silvana se estaba desconectando"; relata a El País Furtado, de 53 años. No se equivocó. Su hija Silvana Paulet Furtado, de 16 años, yacía muerta y tapada en la calle cuando ella llegó.

"Cuando la vi tuve que respirar. Hice yoga y meditación toda mi vida y sabía que si no lo hacía me desplomaba", recuerda esta mujer, que tiene otra hija de 28 años. "Pensé: ya no puedo hacer nada por Silvana, tengo que hacer algo por Janet".

El accidente se hizo tristemente conocido porque quien conducía el vehículo era un personaje relativamente "famoso" en el ambiente del fútbol, quien se dio a la fuga y trató de inculpar a su chofer, que más tarde confesó.

"¿Cómo te explico el impacto?", piensa Furtado. "Antes del accidente yo no estaba en nada. Era solo una madre que criaba a sus hijas. No miraba informativos y vivía en otro mundo. Luego sentí la necesidad de saber todo. Me volví abogada, periodista y jueza", explica.

A pesar de lo doloroso de la experiencia, Furtado siempre tuvo claro que no quería dejarse caer, que no podía darse ese lujo porque tenía otra hija, un compañero, un perro, plantas.

"Fue como que hice este razonamiento: puedo vivir muerta tirada en una cama, empastillada y amargándole la vida a toda mi familia hasta enfermarme y morir. O puedo vivir viva, cargar con lo que me pasó, tratar de ubicarlo y ser una madre normal, dentro de lo posible".

Tiempo después fue invitada por la Fundación Alejandra Forlán para dar charlas para prevenir accidentes a estudiantes de secundaria y, aunque no estaba convencida de la efectividad, aceptó. "Al menos que la muerte de Silvana no sea en vano".

Y reflexiona: "A los padres que tienen hijos que quedaron en silla de rueda nos les puedo aconsejar nada porque no lo viví. El caso más cercano que conozco es el de la mamá de Alejandra (Forlán) y es una madraza, lo que hace esa mujer por su hija no está escrito. Pero yo, ante un caso así me quedo sin palabras, no sé cómo hacen estos padres para salir adelante",

Furtado dice que la pérdida de un hijo "lo destruye todo". Sin embargo ella ha sido capaz de reconstruir. "Fue como que pasara un tsunami y ahí quedé yo. Luego pudimos construir, porque se puede, pero siempre será en base al dolor. Antes del siniestro construía en base al amor, a la felicidad, a cosas positivas. Después lo hice en base al dolor y a la esperanza de sentirte mejor, al hecho de que algo tenía que hacer y de que tenía otra hija. Pero nunca va a ser igual", relata, y baja la cabeza.

El tsunami también arrasó con la vida de Janet, su otra hija, quien además fue testigo de la muerte de su hermana porque habían salido juntas con el grupo de amigos de toda la vida. Dejó el liceo ese año, nunca más pudo retomar y se pasó cinco años encerrada.

"Pero ¿ves? Ahora tenemos un proyecto juntas que nace del dolor: una empresa de ropa para mascotas", cuenta Furtado y, por primera vez en la entrevista, en sus ojos hay alegría y no tristeza.

VOCES QUE DAN TESTIMONIO.


Cuando una llamada termina en morbo.


"La ruta carecía totalmente de señalización y, casualmente, ese tramo fue bituminizado al día siguiente de nuestro siniestro (…) Me arrepiento de haber llamado al 911. A escasos minutos del mismo comenzó a llamar la prensa al celular desde donde hice la llamada" . María José Priliac, esposa del senador Cardoso.

La angustia de sentirse un peso para los demás.


"Hasta el día de hoy me culpo y me arrepiento (…) Le pido a las familias que integren a la persona discapacitada a la sociedad para que tengan una vida lo más normal posible. Solo así podés mejorarte psicológicamente". Marcelo Aguiar, accidentado en 2007. Perdió una pierna y quedó en silla de ruedas.

Madurar más rápido de lo esperado.


"Los caballos sueltos en la ruta son un problema grave y nadie hace nada. Así van a seguir pasando accidentes como el mío". Sergio Chialvo, 18 años, accidentado en 2014. Hoy se recupera en Teletón y su pronóstico es positivo. Estuvo con "98% de posibilidades" de morir y ahora puede contar su historia.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)