EDITORIAL

El fascismo "holístico"

El presidente Vázquez parece lanzado a una campaña para controlar cada aspecto de la vida de los ciudadanos, con la siempre peligrosa excusa de la salud pública.

El presidente Vázquez parece estar teniendo un vuelco espiritual. Tras haber anunciado una serie de ambiciosas (y poco realizables) medidas para profundizar su lucha contra el tabaco, aprovechó el acto conmemorativo del nacimiento de José Artigas para informar que ya se encontraría pronta una nueva normativa para limitar el consumo de alcohol. Una normativa que él mismo calificó de "holística", adjetivo que instantáneamente retrotrae a la jerga de aquellos gurús new age, tan populares en los 90.

Sin embargo, lo poco que se sabe de esa normativa parece más propio del absolutismo gubernamental, del desprecio por la inteligencia individual y de la obsesión de cierta "izquierda" por pretender arreglar el mundo a base de impuestos, que son de toda la vida.

Lo que se sabe hasta ahora es que el proyecto incluiría limitar los horarios de venta de alcohol, restringir su publicidad, y aumentar la carga tributaria como forma de desestimular su consumo, con el argumento de que habría una especie de boom del alcoholismo, que afectaría a la sociedad en su conjunto.

Este argumento, el único que justificaría que el gobierno se meta a decirle a los ciudadanos mayores de edad lo que pueden o no consumir, parece discutible. No se han exhibido estudios ni datos duros que permitan sostener este punto. Y en relación a los menores, vale recordar que su consumo de alcohol ya se encuentra sumamente regulado, aunque los resultados parecen ser de pobres a malos.

Pero lejos de limitarse a mejorar la actual regulación, o a imponerla con más rigor, el presidente parece lanzado a una campaña para controlar cada aspecto de la vida de los ciudadanos, con la siempre peligrosa excusa de la salud pública.

Y en esta nueva cruzada Vázquez cuenta con un aliado insospechado, el dirigente sindical de la bebida Richard Read. Read dijo que su gremio apoya el proyecto que, de aprobarse, establecerá "un antes y un después en el consumo de bebidas alcohólicas". No conforme con esto, el dirigente sindical sostuvo que el tema "es muy escabroso porque mueve millones de dólares al año" y que por eso "alguien siempre grita cuando se toca este negocio". Y concluyó que "hay que cambiar el paradigma del alcohol relacionado al brindis, al festejo, a la felicidad". Si hubiera que hacer un monumento al mesianismo, sin duda que esta declaración de Read debería figurar tallada en bronce al pie del mismo.

Para empezar, cree que una norma dictada por un partido que lleva el récord histórico de leyes anticonstitucionales, que ha cometido errores de diseño legal que harían sonrojar a un estudiante de segundo año de Derecho, va a solucionar desde la torre de marfil de la Presidencia nada menos que el consumo abusivo de alcohol, tema que viene acompañando a la humanidad desde hace miles de años. Por supuesto que apela al cuco del poder oculto del dinero y los intereses espurios para justificar medidas draconiananas contra la libertad individual. Y por último, se toma la libertad de sugerir cómo debe ser el vínculo cultural de la sociedad con la bebida. Todo esto basado en algunos años al frente de un sindicato que, justamente, lucra con ese elemento. Realmente una dosis de amor propio envidiable.

La realidad es que todo este discurso fascistoide tiene dos consecuencias inevitables de antemano. Para empezar, está condenado al fracaso. Desde que el hombre es hombre, ha buscado formas de alterar su consciencia, y todos los ensayos con el fin de frenar esto, desde la ley seca en EE.UU. a la guerra contra las drogas, han terminado siempre en estruendosos fracasos. Con permiso del señor Read, parece difícil que la norma desarrollada por Vázquez vaya a cambiar en algo la historia.

Segundo, es un inaceptable avance del Estado sobre el derecho individual de los ciudadanos a ser los únicos y verdaderamente legitimados custodios de su salud personal. Los sistemas constitucionales liberales como el nuestro parten de la base de que un uruguayo mayor de edad tiene derecho de hacer lo que quiera con su vida, en tanto no afecte con ello de manera directa y demostrable los derechos de otro. Y el Estado, que no puede cumplir con sus funciones básicas, no tiene nada que hacer diciéndole a la gente cómo tiene que festejar o a qué hora puede comprar una botella de vino. Si el problema son los menores, pues que se aplique la norma existente, en vez de inventar cosas exóticas.

El Uruguay tiene cientos de problemas graves que resolver, y mucho más prioritarios que el consumo de alcohol. Que el presidente se aboque a esto es tanto un reconocimiento de incapacidad al respecto, como una señal de que se busca distraer a la gente con temas absurdos.

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