Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Porvenir del Batllismo

La debacle colorada preocupa a todos los espíritus libres, adversarios incluidos.

La debacle colorada preocupa a todos los espíritus libres, adversarios incluidos.

Que desaparezcan partidos en el Uruguay no entusiasma. Topolansky se puso retozona con “la primera vez que se proclame una Junta Departamental donde no va a haber candidatos del Partido Nacional ni del Partido Colorado”. Su pronóstico falló feo; pero al refocilarse con la idea, quedó alineada con el proyecto “constitucional” de Juan M. Bordaberry -“partidos nunca más”-, quien acabó depuesto por las Fuerzas Armadas el 12 de junio de 1976.

El Batllismo, proyecto republicano, buscó unir la justicia y la libertad, ideales irreductibles a palabrejas chatas como “equidad” y “pluralismo”. Libró la religión al fuero interno de cada uno, pero afirmó el amor y no el odio de clases. Propuso elevar a los desvalidos hacia el trabajo y la educación, en vez de igualarlos hacia abajo, chapaleando el barro de la incultura. Predicó convicciones: compartidas o combatidas, nunca fue macaneo soez ni terminó en bochornos librescos calidad Mujica.

No encargó sus ideas a una agencia de publicidad. No surgió del besamanos de comensales que, por marketing, se compelieran a aplaudir lo mismo a don Chicho que a Napoleón.

Como surge del libro de Luis Hierro que glosamos 7 días atrás, no por casualidad el Partido Colorado -abierto al liberalismo europeo, garibaldino, espiritualista y laico- fue la matriz donde fructificó el Batllismo.

En estos años, perdimos la despersonalización del poder a manos de la “voluntad política” de una “mesa” que resuelve por pulseadas, sin diálogo con la oposición. Perdimos las conquistas jurídicas de las batallas contra el unicato, la objetividad de las normas, la superioridad del mando y hasta nuestra atávica resistencia a la acumulación de poder.

Por eso, más que especular sobre el futuro de La Concertación y el lema partidario en que se inserte Novick, triunfador de la hora, debemos celebrar que resucitó la espontaneidad ciudadana y venció a los aparatos ortopédicos y corsés separadores.

Pero no nos quedemos en la celebración.

Si el Partido Colorado es sólo una agrupación de desesperados por ganar, entonces se entiende el desubique de ese solitario que, despotricando contra dirigentes, alianzas y lo que fuere, enfurece a todos pero se hace llamar “amado”.

Si el Partido Colorado se reduce a la ambición y el culto del poder, entonces se comprende que haya adictos que se empeñan en analizar por qué se los vota cada vez menos y cultiven la ilusión liviana de recuperarse cambiando nombres, estrategias y ropajes.

Pero si el Partido Colorado se mide con la sensibilidad y los principios que muchas veces lo hicieron mayoritario y le mantuvieron la identidad, hasta en el llano y bajo las dictaduras de 1933 y 1973, y si se recuerda que el Batllismo fue primero en filosofía del hombre y después siembra doctrinaria, la tarea a emprender resulta mucho más vasta y alentadora.

Derrumbado el edificio, nadie llama a empapeladores ni azulejistas. Se revisan los cimientos y se calcula la estructura: tareas ásperas y no vistosas. Eso necesita la conciencia batllista, hoy difuminada en todos los lemas, para vivir el Risorgimento que precisamos para responder a las tragedias del mundo construyendo una República ideal, sin el hato de resignaciones que nos tienen ambulando entre ignorancia, basura, rapiñas y drogadictos durmientes que, a todo buen ciudadano, batllista o no, deben morderle el alma.

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