Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

La historia se repite

Los estados no tienen alianzas permanentes, sí tienen intereses permanentes. Estos intereses incluyen la tutela de la independencia y la integridad territorial del país y la protección de su desarrollo económico y social. Una buena parte de esos intereses están dictados por la geografía. La historia de nuestro país ha sido, y es, determinada por su ubicación en la margen norte del Río de la Plata. Ello le ofrece al Uruguay un acceso directo y libre al océano Atlántico y, a través de este, con el resto del mundo.

La geografía solamente nos presenta una oportunidad. Depende de nosotros convertir esa oportunidad en resultados concretos. Para ello, se requiere consolidar un conjunto de elementos, que incluyen desde el marco jurídico (Derecho del Mar, tratados), hasta las inversiones en infraestructura y el desarrollo de las capacidades necesarias para sacar provecho de los usos y los recursos marítimos y fluviales que nos corresponden.

De poco nos valdrá tener un acceso dire

Los estados no tienen alianzas permanentes, sí tienen intereses permanentes. Estos intereses incluyen la tutela de la independencia y la integridad territorial del país y la protección de su desarrollo económico y social. Una buena parte de esos intereses están dictados por la geografía. La historia de nuestro país ha sido, y es, determinada por su ubicación en la margen norte del Río de la Plata. Ello le ofrece al Uruguay un acceso directo y libre al océano Atlántico y, a través de este, con el resto del mundo.

La geografía solamente nos presenta una oportunidad. Depende de nosotros convertir esa oportunidad en resultados concretos. Para ello, se requiere consolidar un conjunto de elementos, que incluyen desde el marco jurídico (Derecho del Mar, tratados), hasta las inversiones en infraestructura y el desarrollo de las capacidades necesarias para sacar provecho de los usos y los recursos marítimos y fluviales que nos corresponden.

De poco nos valdrá tener un acceso directo al océano si no contamos con los canales de navegación y los puertos necesarios para recibir, en forma económica y eficiente, el tráfico marítimo y fluvial.

Una de las tendencias de largo plazo del desarrollo de la industria naviera es la construcción de buques cada vez más especializados y con una capacidad de carga creciente. El Puerto de Montevideo no es ajeno a ese proceso. El tamaño promedio de los buques de carga de ultramar que hicieron escala en Montevideo aumentó de 3.257 toneladas de registro bruto en 1980 a 34.383 toneladas en el 2012.

Los buques con mayor capacidad de carga pueden operar con crecientes economías de escala, lo que se traduce en fletes más económicos. Pero, para lograr ese resultado se requiere consolidar los volúmenes de carga necesarios para llenar esos buques y hacer rentable su operación.
Lo mismo sucede con los puertos.

Estos deben modernizar su infraestructura y sus sistemas de operación para recibir a los nuevos buques. También deben atraer mayores volúmenes de carga para lograr economías de escala y, de esta manera, reducir sus costos de operación por unidad de carga.

Desde la aprobación de la Ley de Puertos (1992) nuestro país ha aplicado estrategias de desarrollo portuario sensatas que, por ejemplo, lograron que Montevideo aumente su movimiento de contenedores de 64.286 TEU en 1990, a 753.889 TEU en el 2012.

El Puerto de Montevideo maneja dos grandes tipos de embarques: los embarques generados por el comercio exterior uruguayo; y los que forman parte del comercio marítimo de terceros países (cargas en tránsito o de transbordo). Estos últimos embarques son doblemente importantes. Por una parte, constituyen una exportación de servicios portuarios que genera beneficios y empleos. Por la otra, aumentan el volumen de cargas que pasa por el puerto. Ello hace que los navieros puedan ofrecer servicios de transporte marítimo más frecuentes y económicos que los existirían si el Puerto de Montevideo solamente manejase cargas nacionales.

El progreso, en buena ley, de Montevideo y Nueva Palmira despertó los ancestrales celos porteños que se han embarcado en una política dirigida a perjudicar nuestros vitales intereses portuarios, marítimos y fluviales. Ahora, como acontece desde el siglo XVIII, debemos encontrar los caminos para superar ese desafío.

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