Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Renovación

Lo que voy a desarrollar a continuación puede sonar teórico, pero estoy seguro que el lector atento encontrará muchas inferencias prácticas. Una de las características de buen funcionamiento de una sociedad o de una república radica en la rotación de los liderazgos. Cuando los liderazgos se eternizan, cuando logran apropiarse a perpetuidad de los lugares de influencia, la calidad democrática y la aptitud para el progreso de la sociedad en cuestión se achican considerablemente.

La renovación de los liderazgos supone un esquema institucional que no solo prevé sino que hace obligatorio que, periódicamente, esos liderazgos se tengan que poner en juego o en disputa abier- ta y formal. La filosofía que está detrás del rechazo a las reelecciones se apoya en la convicción, sumada a la experiencia acumulada, de que la rotación de los partidos en el gobierno y la rotación del poder dentro de los partidos son saludables.

Ofende este principio la práctica vigente en la generalidad de los gremios uruguayos porque, más allá de lo que digan sus estatutos, la práctica corriente ha legitimado que los dirigentes sindicales permanezcan en sus cargos mucho tiempo, neutralizando la puesta en juego de sus posiciones.

En nuestro país los liderazgos políticos se ponen en juego cada cinco años en lo que tiene que ver con cargos de gobierno o representación parlamentaria. Eso conlleva una renovación importante.

Pero no ocurre lo mismo en lo que refiere a los liderazgos internos de los Partidos. En aquellos Partidos que tienen elecciones internas auténticas los liderazgos se ponen en juego y la renovación tiene efectivamente lugar. El Partido Nacional es quien ha encarado —por necesidad o virtud, a los efectos prácticos tanto da— esta costumbre con más seriedad. En consecuencia, en su seno la renovación es algo mayor que la que tiene lugar en el Partido Colorado y mucho mayor que en el Frente Amplio, donde los liderazgos son antiquísimos.

Cabe agregar que los liderazgos, considerados desde esta perspectiva, adoptan formas y estilos de mando como consecuencia de los factores institucionales más que por las características de personalidad de los dirigentes involucrados. Dicho de otro modo: las conformaciones institucionales que prevén la rotación obligatoria producen un tipo de gobernanza determinado, más allá de lo que sean las condiciones personales del líder.

A su vez, las instituciones (sociedades, gremios, partidos políticos o repúblicas) que tienen estatutariamente previstas instancias periódicas de puesta en juego de los liderazgos, dan origen a un tipo de sociedad particular, con un mayor coeficiente democrático. Por el contrario, cuando esas instancias no están previstas o, por alguna razón, los liderazgos consiguen escamotearlas, esas sociedades, gremios, partidos o repúblicas se hacen rígidos, blindados al cambio y a la renovación.

Todo esto, que empezó como un planteo teórico y académico, al ser contrastado con la realidad nacional que el lector conoce, ayudará a valorar modos de funcionamiento mejores y peores y estilos partidarios adecuados o inadecuados para la renovación y el progreso (más allá de denominaciones que solo son licencias poético-políticas).

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