Javier García
Javier García

Wilsonistas

El Partido Nacional está lleno de wilsonistas, muchos y en todos lados. Es inmensa su herencia. Nos selló a fuego. En mi caso fui antes wilsonista que Blanco, debe ser lo que le pasó a buena parte de mi generación. A los 16 años, a punta de casetes clandestinos que escuchábamos en silencio sepulcral, ventanas cerradas y a bajo volumen, nos fuimos enamorando de la libertad, de todas las libertades: para el país, la que pedíamos para los presos políticos, la de prensa, la de poder decir lo que queríamos, la gremial, la de caminar por donde se nos ocurriera y escuchar la música que se nos antojara. La libertad sin excluidos, como dijimos en el Obelisco, y otros traicionaron.

El Partido Nacional tuvo, durante años, dos corrientes generadoras de ideas. Se encontraban y se distanciaban, como ondas, de acuerdo a contextos históricos. Fueron enormemente populares las dos. Tuvieron sensibilidades distintas, pero complementarias. Quién puede dudar que la política exterior del Uruguay, su inserción y sus intereses en la región y en el mundo se entienden y defienden mejor abrevando en el pensamiento de Herrera. ¿Y alguien duda que la modernización del partido, su sensibilidad social y su pensamiento descentralizador, su liberalismo político radical no tenga en Wilson su plataforma? Las dos, aunque muchas veces lo olvidamos, tienen un sello identitario en el primer gobierno Blanco, en Oribe, y el Cerrito. Ese es nuestro ADN.

Por estas horas, sin embargo, nos enroscamos a veces en repetir nuestra identificación como forma de diferenciarnos. Está muy bien porque es nuestro orgullo, pero corremos el riesgo de achicar al que queremos recordar siempre y grande. Desde el periodismo también se simplifica y se siguen usando los moldes del siglo XX para nombrar a los sectores actuales de nuestro Partido. Y dicen: están los herreristas que lidera Lacalle Pou y los wilsonistas que lidera Larrañaga. Milito en "Todos", junto a Lacalle Pou, él con su origen y yo con el mío. En el sector hay miles de wilsonistas. Cómo no señalar a Carlos Julio Pereyra o a Juan Martín Posadas, o a Diego Abal, entre muchos, como los hay en el de Larrañaga compañeros herreristas.

El Partido Nacional hace mucho que rompió esquemas rígidos, quizás desde la muerte de Wilson. La baraja está mezclada. Fue el propio caudillo que abrió esta síntesis en la década del 70 y llamó a Zumarán, a Santoro, a Oliú, entre tantos de notoria filiación herrerista a sus filas. Y de afuera del Partido vino Williman y Miguel Cecilio. El wilsonismo es lo más lejano al sectarismo de sector, es inclusivo y no clasifica a los Blancos. Si no, es solo etiqueta y no contenido. No debemos quedarnos en rueda chica, tironeando de su nombre, no es bueno. Si ponemos muros internos, no podemos pretender tirar los externos. Nadie tiene el medidor de "wilsonismo", no lo busquen que no hay y no lo admitimos. Pero además hay generaciones que nacieron después de su muerte y que no lo conocieron. Hasta por estos jóvenes que sienten la emoción al pronunciar su nombre, no merecen que lo achiquemos, que lo tengamos maniatado y preso en su propio partido. Wilson gana si gana el Partido Nacional.

Achicarlo y disputar su nombre es una pérdida de tiempo, y es injusto con él. Vamos a concentrarnos en que su Partido sea más inclusivo, más futuro, más hogar amplio y grande. Que seamos siempre más mañana que ayer.

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